El suelo desapareció. Una explosión de energía oscura nos lanzó por los aires y, por un segundo, el mundo fue solo ruido y vacío. Cuando mis pulmones volvieron a aceptar el aire, me di cuenta de que no estaba muerta. Estaba en una cueva, rodeada de estalactitas que brillaban con una luz lila enfermiza.
Y sobre mí, estaba él.
Argyros me tenía inmovilizada contra el suelo de piedra. Su respiración era errática, caliente contra mi cuello. Su armadura de plata estaba rota, dejando ver la piel de su hombro, marcada por un tatuaje rúnico que brillaba con cada uno de sus latidos.
—Suéltame —logré decir, aunque mi voz traicionera sonó más como un ruego que como una orden.
—Si te suelto, saldrás corriendo hacia ese monstruo y te matará antes de que pueda hacerlo yo —respondió él, apretando sus manos sobre mis muñecas. Sus ojos, antes fríos, ahora eran puro fuego—. Y no voy a dejar que nadie más que yo acabe contigo, princesa.
El silencio de la cueva hizo que el sonido de nuestros corazones fuera lo único que se escuchaba. Estaban sincronizados. Un ritmo violento que gritaba lo que nuestras bocas callaban.
—¿Por qué me salvaste, Argyros? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos—. Podrías haberme dejado morir ahí fuera. Tu guerra habría terminado.
Él guardó silencio. Sus dedos se aflojaron un poco, pero no se quitó de encima. Su mirada bajó a mis labios y sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la cueva. Era ese magnetismo prohibido.
—Porque el mundo es un lugar aburrido sin alguien a quien odiar tanto como a ti —susurró, y por un microsegundo, juraría que quiso besarme.
Pero el momento se rompió. Un rugido lejano hizo que las paredes temblaran. Las sombras de "Los Olvidados" estaban buscándonos arriba.
—Tenemos que movernos —dije, empujándolo suavemente. Esta vez, me dejó levantarme—. Si esa cosa entra aquí, ni tu magia de hierro ni mi control de la luz nos servirán de nada.
Argyros se puso en pie, tambaleándose un poco. Noté una mancha roja expandiéndose en su costado. Estaba herido. Mi enemigo mortal, el hombre que quería borrar mi linaje del mapa, estaba sangrando frente a mí.
—Estás herido —di un paso hacia él.
—No me toques —gruñó, recuperando su máscara de arrogancia. Pero el dolor lo hizo hincarse de hombros.
—No seas idiota. Si te mueres desangrado, yo no podré salir de aquí sola. Necesito tu fuerza para mover la roca de la entrada y tú necesitas mi magia para cerrar esa herida.
Él me miró con una mezcla de asco y desesperación. Finalmente, se sentó contra la pared de la cueva y se desabrochó la pechera de metal.
—Hazlo rápido —dijo, cerrando los ojos—. Pero que te quede claro algo: en cuanto salgamos de aquí, volveré a intentar matarte.
Me arrodillé entre sus piernas, sintiendo el calor que emanaba su cuerpo. Mi mano tembló cuando la puse sobre su piel desnuda y caliente. Al contacto, una chispa eléctrica recorrió mi columna. No era solo magia; era algo mucho más peligroso.
Era el inicio del fin.
#1819 en Fantasía
#5932 en Novela romántica
magia, lealtad romance, romance acción drama fantasia aventura
Editado: 18.03.2026