Mis dedos rozaron su piel caliente y, por un segundo, el mundo entero se desvaneció. No fue solo magia. Fue una sacudida eléctrica que me recorrió la columna, una atracción tan violenta que mis labios buscaron los suyos por puro instinto. Estábamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaban, cargadas de una tensión que quemaba más que las llamas de la batalla.
—Concéntrate... —susurró él, aunque sus ojos estaban fijos en mi boca, traicionando sus propias palabras.
Cerré los ojos y dejé que mi luz fluyera hacia su herida. Pero entonces, el dolor de Argyros se volvió mío. En medio del trance, su voz sonó rota, despojada de toda esa arrogancia que tanto odiaba.
—No es por el trono... Elara —murmuró con la mirada perdida—. Mi padre... él tiene a los niños del Norte. Yo solo quería... salvarlos de la purga.
Mi corazón se detuvo. ¿Salvarlos? ¿El carnicero de la Estirpe de Hierro estaba haciendo esto por piedad? La duda se instaló en mi pecho como un puñal. Si él no era el villano que yo creía, entonces todo mi mundo era una mentira.
Un rugido ensordecedor sacudió la cueva. Los Olvidados estaban encima de nosotros. El aire se volvió pesado, gélido, anunciando su llegada.
—Están aquí —dije, entrando en pánico.
Argyros se puso en pie, ignorando el dolor. Me tomó de la cintura y me pegó a su pecho, arrastrándome hacia el rincón más oscuro de la gruta.
—Apaga tu luz. Ahora —ordenó.
La oscuridad fue total. Nos quedamos inmóviles, piel contra piel, sintiendo cada latido, cada músculo tenso del otro. Yo apenas me atrevía a respirar; el aroma a acero y tormenta de su piel me estaba volviendo loca. Su mano me rodeaba el cuello con una firmeza que no era agresiva, sino protectora. Estábamos tan pegados que podía sentir el calor de su cuerpo filtrándose en el mío, borrando las líneas entre enemigos y amantes.
Pasaron minutos que parecieron siglos hasta que el eco de los monstruos se alejó. Argyros me soltó de golpe, como si mi contacto le quemara el alma.
—Tenemos que salir de aquí. Hay un túnel que lleva directamente a los límites de tu bosque —dijo, evitando mi mirada.
Caminamos en silencio, con la tensión cortando el aire. Al llegar a la salida, el sol comenzaba a teñir el cielo de un rojo sangriento. Él se detuvo justo antes de la línea de los árboles, donde mi ejército lo ejecutaría sin dudar si lo veían.
Se giró hacia mí. Sus ojos volvían a ser de hielo, pero por dentro... por dentro todavía veía esa vulnerabilidad que me mostró en la oscuridad.
—Vete, princesa —dijo con voz ronca—. Regresa a tu trono y olvida lo que viste. Mañana volveremos a ser los monstruos del otro.
—Argyros... —di un paso hacia él, pero él retrocedió, subiendo a las sombras de los riscos.
—Nos volveremos a ver, Elara —me lanzó una última mirada, una que prometía fuego y destrucción, pero también una nostalgia que me partió el alma—. Asegúrate de que tu espada esté afilada... porque la próxima vez no habrá cuevas para escondernos.
Y sin decir más, desapareció entre las sombras, dejándome sola con un secreto que pesaba más que mi corona.
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Editado: 18.03.2026