Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 05

El rescate en la Torre Negra fue un descenso directo al infierno, pero encontrar a Argyros, malherido y encadenado pero aún manteniendo esa arrogancia inquebrantable en su mirada, me devolvió el aliento. Estaba vivo, y eso era lo único que importaba en ese momento. Sin embargo, la tregua del escape duró poco. Justo cuando emprendíamos el camino de regreso, cruzando los límites del territorio enemigo, el aire se congeló. Una presencia negra y viscosa, algo que no pertenecía a este mundo, emergió de las sombras para cerrarnos el paso. Sentimos esa negrura absoluta acechando, un dios oscuro que nos obligó a blandir el acero hombro con hombro antes de que el mundo estallara en cenizas.

Sobrevivir a la oscuridad tiene un precio: te obliga a mirar a la luz y darte cuenta de lo mucho que te ciega.

El humo negro no se disipó; se replegó hacia la tierra como si la misma tierra se lo tragara, dejando a su paso un rastro de escarcha negra y un olor que me golpeó el pecho. Olía a petricor, a hierro y… a un perfume de sándalo quemado que, por un microsegundo, hizo que un recuerdo borroso destellara en mi mente. Un recuerdo de antes de la guerra. Sacudí la cabeza. Estaba alucinando.

Mi espada cayó al suelo con un ruido sordo. Mis rodillas amenazaban con ceder, pero antes de que pudiera tocar el lodo, una mano envuelta en un guantelete de cuero y acero me agarró del brazo con una fuerza posesiva.

—No te atrevas a caer ahora, Xanthe —la voz de Argyros era un gruñido ronco, a escasos centímetros de mi oído.

Me giré bruscamente, zafándome de su agarre, aunque el contacto dejó mi piel ardiendo. Estaba cubierto de ceniza, con un corte sangrando sobre la ceja que solo lograba hacerlo ver estúpidamente más atractivo. Su pecho subía y bajaba con la misma respiración errática que la mía.

—No necesito que me sostengas —escupí, levantando la barbilla—. Hace diez minutos intentabas atravesarme el corazón.

—Hace diez minutos no teníamos a un dios oscuro intentando devorarnos a los dos —replicó él, dando un paso hacia mí. Su altura me obligó a alzar la vista—. Eres terca hasta la médula. Estabas a punto de dejar que esa cosa te arrastrara.

—¡Lo tenía bajo control!

—¡Sangras por el cuello, maldita sea! —estalló.

La furia en sus ojos tormenta se rompió por un segundo. Sin pedir permiso, su mano libre subió hasta mi garganta. El instinto me gritó que lo golpeara, pero el roce de sus dedos fríos contra mi piel caliente, rozando justo el pulso acelerado de mi cuello, me paralizó. Me limpió un rastro de sangre que no me había dado cuenta de que tenía, y por un instante infinito, el campo de batalla desapareció. Solo estábamos él, su respiración chocando contra mis labios y la electricidad insoportable entre los dos.

—¡Comandante! —El grito rompió la burbuja.

Una docena de jinetes emergió de la bruma. A la cabeza venía Kael, mi segundo al mando. Su armadura plateada estaba manchada de barro y traía la ballesta cargada, apuntando directamente a la cabeza de Argyros.

—¡Aléjate de ella, escoria imperial! —bramó Kael, saltando de su caballo antes de que este se detuviera por completo.

Al mismo tiempo, del otro flanco, los soldados de Argyros irrumpieron con las espadas desenvainadas. Liderándolos estaba Lyra, la teniente de Argyros, una mujer con cicatrices en el rostro y una mirada que prometía una muerte lenta a cualquiera que me atreviera a mover un músculo.

—Atrévete a disparar, flechero, y te haré tragar esa ballesta —siseó Lyra, poniéndose frente a Argyros como un escudo humano.

El caos estalló. Insultos, armas chocando, el odio de dos bandos que llevaban años masacrándose mutuamente a punto de reiniciar el baño de sangre. Yo cerré los puños, lista para gritar una orden, pero Argyros se adelantó.

—¡Bajen las armas! —El rugido de Argyros resonó con una autoridad que hizo retroceder a sus propios hombres. Lyra lo miró, incrédula.

—¿Señor? —preguntó ella, sin bajar la espada.

—He dicho que las bajen. —Argyros se giró hacia mí, y luego hacia Kael—. La guerra por el trono se suspende. Hay algo peor allá afuera, y si nos seguimos matando entre nosotros, no quedará reino que gobernar.

Kael me miró, buscando mi confirmación, con la desconfianza marcada en cada línea de su rostro.

—Xanthe, dime que no le estás creyendo a este infeliz. ¿Una tregua? ¿Con él? Mató a la mitad de nuestra guardia en la frontera.

Tragué saliva. Miré a Argyros. Veía el odio, la rivalidad y la arrogancia que tanto detestaba en él. Pero también vi al hombre que, apenas unos minutos antes, había puesto su cuerpo entre la sombra y el mío.

—Bajen las armas, Kael —ordené, mi voz sonando mucho más firme de lo que me sentía—. El comandante tiene razón. Acamparemos juntos esta noche. El que derrame una gota de sangre, responderá ante mí.

El silencio que siguió fue denso, cargado de veneno. Las armas bajaron lentamente, pero las miradas asesinas se mantuvieron.

Mientras nuestros escuadrones comenzaban a organizar un campamento tenso y dividido, Argyros pasó por mi lado. Su hombro rozó el mío, a propósito.

—Acampar juntos —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara—. Trata de no apuñalarme mientras duermo, princesa.

—No prometo nada —respondí, sin mirarlo, aunque una sonrisa involuntaria tiró de la comisura de mis labios.

Me alejé hacia mi tienda, pero al respirar el aire frío de la noche, ese maldito olor a sándalo quemado volvió a acariciar mi nariz. La sombra. Me abracé a mí misma, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la guerra. Había algo en esa oscuridad que conocía. Algo que, muy en el fondo, me aterraba descubrir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.