Es fácil odiar a un monstruo que te ataca de frente, con la espada desenvainada y la intención de matarte. Lo verdaderamente jodido es cuando el monstruo se sienta a tu lado en la oscuridad, te ofrece una tregua y te das cuenta de que prefieres su compañía a la de los santos.
El campamento estaba dividido por una línea invisible de puro rencor. A un lado, mis hombres afilaban sus armas con la mirada fija en el enemigo; al otro, las tropas de Argyros hacían exactamente lo mismo. El silencio era tan denso que casi podías cortarlo.
Yo estaba sentada sobre un tronco caído cerca de una fogata que apenas daba calor. Kael estaba frente a mí, con el ceño fruncido y una venda manchada en las manos, intentando limpiar el corte de mi cuello.
—Estás jugando con fuego, Xanthe —murmuró Kael, aplicando presión con demasiada fuerza. Siseé de dolor y le aparté la mano de un manotazo.
—Estoy intentando que no nos maten a todos —repliqué, bajando la voz para que nadie más escuchara—. Esa sombra… Kael, no era magia normal. Jugaba con nosotros. Nos leía. Si nos dividíamos, nos iba a tragar vivos.
Kael suspiró, pasándose una mano por el cabello lleno de ceniza. Sus ojos, que normalmente brillaban con una arrogancia relajada, ahora estaban oscuros por la preocupación. Él me conocía mejor que nadie; habíamos crecido juntos, sobrevivido juntos.
—No me preocupa la sombra ahora mismo —dijo, clavando su mirada detrás de mí—. Me preocupa él. La forma en que te mira no es la de un general a punto de ejecutar a su prisionera. Te mira como si quisiera devorarte, y no estoy seguro de si es para matarte o para otra cosa. Y lo peor, Xanthe… es que tú le devuelves la mirada.
—No digas idioteces —espeté, apartando la vista hacia el fuego, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas.
—Tu chico tiene las manos demasiado pesadas, princesa. Si te sigue apretando así, terminará el trabajo que la sombra empezó.
La voz grave de Argyros llegó desde las sombras antes de que pudiera verlo. Salió de la oscuridad como si le perteneciera, moviéndose con una elegancia letal que me ponía los nervios de punta. Se detuvo junto a nuestra fogata. Llevaba una túnica negra suelta; se había quitado parte de la armadura, dejando a la vista los vendajes en su propio hombro, donde la quimera… no, donde su propia magia había impactado cuando me protegió.
Kael se puso de pie de un salto, la mano en la empuñadura de su espada.
—Largo de aquí. No tienes permiso para acercarte a la comandante.
Argyros ni siquiera lo miró. Sus ojos tormenta estaban fijos en mi cuello, en la fina línea de sangre que Kael no había logrado limpiar del todo.
—Kael, déjanos —ordené en voz baja.
—Xanthe, no puedes hablar en serio… —protestó él, incrédulo.
—He dicho que nos dejes. Es una orden.
Mi amigo me lanzó una mirada que era pura advertencia, una mezcla de decepción y miedo. Sin decir una palabra más, se dio la media vuelta y se alejó hacia el perímetro de nuestro lado del campamento.
Me quedé a solas con mi peor enemigo.
Argyros dio un paso al frente y se sentó en la roca vacía que Kael acababa de dejar. Estaba tan cerca que el calor de su cuerpo rivalizaba con el de la fogata. Sacó un pequeño frasco de cristal de su cinturón. El líquido en su interior brillaba con un tenue fulgor plateado.
—No voy a dejar que me pongas eso —le advertí, tensándome.
—Si quisiera envenenarte, no lo haría frente a cien de tus soldados —respondió, destapando el frasco—. Además, sería una lástima estropear un cuello tan bonito con una infección.
La frase fue casual, casi aburrida, pero el impacto en mi pecho fue brutal. No me dio tiempo a rechistar. Sus dedos, callosos por el manejo de la espada, tomaron mi barbilla con una firmeza que no admitía réplicas y me obligaron a inclinar la cabeza. El tacto frío del líquido mágico al entrar en contacto con mi piel ardiente me hizo soltar un suspiro involuntario.
—¿Qué era esa cosa? —pregunté, mi voz sonando mucho más frágil de lo que pretendía, mientras él esparcía el ungüento con una suavidad aterradora.
—No lo sé —murmuró. Su mirada bajó de mi herida a mis ojos. Estábamos a centímetros de distancia—. Pero no estaba cazando a ciegas. Iba a por ti.
El recuerdo del frío, de la parálisis y de ese olor a sándalo quemado volvió a golpearme. Me estremecí.
—Sentí que me conocía —confesé, y ni siquiera supe por qué le estaba diciendo la verdad—. Cuando me envolvió… no quería destrozarme. Quería llevarme.
Los ojos de Argyros se oscurecieron hasta volverse casi negros. El pulgar que descansaba en mi mandíbula acarició mi piel por una fracción de segundo, un movimiento tan íntimo e instintivo que me cortó la respiración.
—Sobre mi cadáver —sentenció, y cada sílaba estaba cargada de una promesa letal.
Nos quedamos en silencio, atrapados en una gravedad que no podíamos controlar. Éramos fuego y pólvora, destinados a destruirnos mutuamente, y sin embargo, en medio del fin del mundo, él era el único lugar donde me sentía a salvo.
Dicen que debes mantener a tus amigos cerca y a tus enemigos más cerca aún. Pero nadie te prepara para el infierno que es darte cuenta de que la única persona dispuesta a arder el mundo por ti, es la misma que juraste destruir.
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Editado: 12.05.2026