El problema de la noche no es lo que esconde, sino lo que te obliga a imaginar. Y cuando la oscuridad decide jugar contigo, tu propia mente se convierte en tu peor enemigo.
El frío del campamento se volvió insoportable, calando los huesos a pesar de las grandes fogatas. Yo me frotaba los brazos, mirando hacia la línea de árboles negros que nos rodeaba, incapaz de sacudirme la sensación de que nos estaban observando.
—Deberíamos replegarnos —dijo Kael, acercándose con pasos pesados, su ballesta cargada y el ceño fruncido—. Si levantamos campamento y nos movemos rápido, podríamos alcanzar tu castillo antes del alba. No tiene sentido estar expuestos aquí como ovejas.
Argyros, que estaba afilando su espada a unos metros de nosotros, soltó una risa seca, carente de cualquier humor.
—Claro, flechero. Intenta cruzar los senderos ahora. —Levantó la vista, y la luz del fuego bailó en la frialdad de sus ojos—. La explosión de magia oscura y la tuya, Xanthe, destrozaron las barreras del paso. Hay una tormenta de magia pura y ceniza bloqueando los caminos. Si entras ahí de noche, la inestabilidad te arrancará la carne de los huesos antes de que des diez pasos. Tenemos que esperar a que el sol salga y estabilice la atmósfera para volver a nuestras fortalezas. Hasta entonces, estamos atrapados aquí.
Kael maldijo por lo bajo, apretando la mandíbula, pero no discutió. Ambos sabíamos que Argyros tenía razón.
De pronto, las llamas de todas las fogatas del campamento se apagaron al mismo tiempo.
No hubo viento. No hubo sonido. Solo la extinción absoluta de la luz, seguida de un descenso térmico tan brutal que mi aliento se cristalizó en el aire vacío.
El caos estalló en un segundo. Los soldados de ambos bandos desenfundaron el acero, el sonido metálico cortando la negrura absoluta.
—¡Posiciones defensivas! —grité, mi voz resonando mientras sacaba mi espada.
Pero el enemigo no vino de frente.
Un grito ahogado sonó a mi derecha. Uno de los hombres de Lyra salió volando por los aires, arrojado por una fuerza invisible, y se estrelló contra un carro de suministros. Lyra soltó un rugido rabioso y lanzó un tajo mortal a la nada. Su espada silbó en el aire vacío, pero un instante después, ella misma fue golpeada en el estómago, cayendo de rodillas, jadeando en busca de aire.
No nos estaban atacando para masacrarnos. Estaban jugando con nosotros.
Sentí que algo rozaba mi nuca. Un tacto helado, como dedos de escarcha buscando mi pulso. Me giré bruscamente, lanzando un corte instintivo, pero solo partí una niebla negra. De reojo, vi las sombras separándose de los troncos de los árboles. No tenían forma humana definida; eran figuras borrosas, entidades de humo denso que se movían demasiado rápido, demasiado fluido.
—¡No rompan filas! —bramó Argyros. Apareció a mi lado como una fuerza de la naturaleza, su espada brillando con esa luz azul que repelía la oscuridad momentáneamente—. Quieren que entren en pánico. Se alimentan del miedo.
Un golpe fantasma chocó contra mi brazo izquierdo, haciéndome tambalear. No era un corte, era un impacto sordo, brutal, como un mazo de hielo macizo. Kael disparó dos virotes consecutivos hacia una sombra que se abalanzaba sobre mí, pero las flechas la atravesaron sin hacerle daño, perdiéndose inútilmente en el bosque.
—¡Las armas convencionales no sirven! —gritó Kael, esquivando por los pelos un zarpazo invisible que le arrancó parte de la hombrera.
En medio del pánico, de los golpes ciegos y los cuerpos arrojados al barro, las sombras comenzaron a susurrar. No era un sonido genérico. Era una sola palabra, multiplicada desde todas direcciones.
Xanthe... Xanthe...
Las voces no venían de los árboles; venían de dentro de mi propia cabeza, arrastrando ese mismo y asfixiante olor a sándalo quemado. Mi corazón se desbocó. El ser de las alas rotas no había terminado. Su magia, su consciencia, o lo que demonios fueran estas cosas, nos estaba acorralando.
—Me están buscando a mí —jadeé, sintiendo un terror paralizante que amenazaba con congelarme en mi sitio.
Argyros se pegó a mi espalda. Sentí la solidez de su armadura y el calor irreal de su cuerpo contra el mío, un ancla firme en medio de la locura fantasmal que nos estaba cazando.
—Deja que intenten llevarte —murmuró. Su voz ronca vibró contra mí, cargada de una furia asesina que me erizó la piel—. Se ahogarán en su propia oscuridad antes de que permita que te pongan un dedo encima.
De repente, las sombras se detuvieron. Se quedaron suspendidas en el límite del campamento, como depredadores observando a su presa acorralada, deleitándose con nuestra respiración agitada y nuestra desesperación. Estaban esperando, riéndose en el silencio, recordándonos que esa noche, el mundo no era nuestro. Era de él.
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Editado: 12.05.2026