Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 08

Sobrevivir a la noche no significa que hayas ganado. A veces, la luz del día solo sirve para iluminar la trampa en la que acabas de meterte, y te obliga a caminar directo hacia ella con los ojos bien abiertos.

El amanecer no trajo calor, solo una claridad grisácea y enferma que se filtró a través del techo de ceniza. En el instante en que el primer rayo de sol pálido tocó la tierra quemada, las sombras que nos habían mantenido en vilo toda la madrugada se deshicieron como humo negro llevado por el viento. No hubo un ataque final. Se marcharon en un silencio sepulcral, dejándonos con los nervios destrozados y el eco de mi nombre vibrando en el ambiente.

Bajé la espada, sintiendo que el arma pesaba cien kilos. Mis músculos ardían por la tensión acumulada, y el campamento entero parecía respirar por primera vez en horas.

Me giré hacia Argyros. Había permanecido a mi espalda toda la noche, una muralla inamovible de acero y calor. Su armadura estaba cubierta de escarcha negra por los impactos espectrales que había bloqueado, pero su postura seguía siendo tan recta y arrogante como siempre.

—La barrera de los caminos se ha disipado —anunció Kael, acercándose al trote. Tenía ojeras profundas y una herida superficial en la mejilla, pero sus ojos estaban fijos en la ruta que se abría hacia el este—. El paso está despejado. Podemos movernos.

Miré hacia el sendero que llevaba a mis tierras. La decisión técnica era obvia, pero la política era un suicidio. Respiré hondo, sintiendo el peso de la corona invisible que llevaba sobre la cabeza.

—Levanten el campamento —ordené, elevando la voz para que mis hombres y los de Argyros me escucharan—. Nos marchamos de inmediato. Todos.

Kael asintió, aliviado. —Enviaré jinetes por delante para que preparen las puertas. Estaremos en nuestro castillo antes del mediodía, a salvo de...

—Ellos vienen con nosotros —lo interrumpí, señalando a Argyros y a su comandante, Lyra.

El silencio que cayó sobre el campamento fue más pesado que el de las sombras. Lyra soltó una carcajada áspera e incrédula, mientras su mano volaba a la empuñadura de su espada.

—¿Entrar en la capital enemiga? —escupió la guerrera, mirando a Argyros—. Señor, es una emboscada. En cuanto crucemos sus murallas, nos degollarán.

—Xanthe, te has vuelto loca —siseó Kael, agarrándome del brazo antes de que pudiera evitarlo—. ¡Es el Comandante Imperial! ¡Llevamos años intentando matarlo! ¿Y ahora quieres abrirle las puertas de nuestra propia fortaleza? Los lores del consejo te colgarán por traición.

Me zafé del agarre de Kael con un tirón seco.

—Anoche algo intentó cazarnos, Kael. Algo que no obedece a tronos ni a imperios. Si nos dividimos ahora, seremos presa fácil. Además... —bajé la voz, asegurándome de que solo él me escuchara—, prefiero tener a mi mayor enemigo bajo mi propio techo, donde puedo vigilar cada uno de sus malditos movimientos.

Argyros dio un paso al frente. El sonido de sus botas contra la piedra atrajo todas las miradas. No miró a Lyra ni a Kael. Sus ojos tormenta, cansados pero letales, se clavaron directamente en los míos.

Sabía lo que estaba pensando. Sabía que entrar en mi territorio era entregarme su cuello en bandeja de plata. Era la vulnerabilidad táctica perfecta.

—Iremos a tu fortaleza, princesa —dijo finalmente Argyros, y su voz profunda cortó el aire frío como una navaja—. Pero que quede algo claro. No voy como tu prisionero. Voy porque esa cosa que se arrastra en la oscuridad te está buscando a ti... y prefiero enfrentar a todo tu consejo de cobardes antes que dejarte expuesta.

La confesión, soltada frente a ambos escuadrones con una naturalidad insultante, hizo que Kael se quedara mudo. Yo apreté los dientes, sintiendo cómo el corazón me daba un vuelco traicionero en el pecho.

—Monten a caballo —ordené con frialdad, dándole la espalda a Argyros para ocultar el impacto que sus palabras habían tenido en mí—. Y recen a los dioses para que mis arqueros en las murallas no decidan dispararles antes de que yo dé la orden de abrir las puertas.

El viaje hacia la fortaleza fue un ejercicio de tortura silenciosa.

Cabalgamos a un ritmo frenético, con los dos bandos flanqueándose mutuamente, esperando el menor pretexto para iniciar una masacre. Yo lideraba la marcha junto a Kael, pero podía sentir la mirada de Argyros clavada en mi nuca a cada instante. Era una presencia abrasadora, una advertencia constante de que la línea entre el odio absoluto y la necesidad desesperada se estaba volviendo peligrosamente delgada.

Cuando los imponentes muros de piedra negra de mi hogar se alzaron en el horizonte, no sentí el alivio habitual. Sentí que estaba a punto de meter al lobo en la jaula de los corderos. Y lo peor de todo, es que la única persona de la que realmente no quería separarme, era el lobo.




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