Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 09

El crujido del hierro y la madera masiva al elevarse sonó como el quejido de un animal moribundo. Doscientos arcos se tensaron al unísono en lo alto de las almenas, la cuerda rozando el cuero de los guantes de mis soldados en un siseo mortal. Doscientas flechas con punta de acero apuntando directamente al pecho del hombre que cabalgaba a mi lado.

—Una orden, Xanthe —susurró Kael, con el caballo inquieto dando pasos cortos a mi izquierda—. Solo di la palabra y convertiremos al Comandante Imperial en un maldito acerico. Nadie te culpará. Dirán que fue una emboscada táctica. Eres una heroína si lo haces.

Tragué saliva, sintiendo el sudor frío resbalar por mi nuca. Miré de reojo a Argyros. Estaba montado en su semental negro, con la espalda recta, la mandíbula tensa y una calma tan absoluta frente a la muerte que resultaba insultante. Lyra y el resto de sus hombres tenían las manos en las empuñaduras, listos para morir masacrando a todo el que pudieran llevarse por delante.

—Abran las malditas puertas y bajen las armas —grité, mi voz rompiendo la tensión del valle.

Un murmullo de indignación recorrió las murallas. El capitán de la guardia asomó la cabeza entre las almenas, el rostro deformado por la furia y la incredulidad.

—¡Comandante! ¡Ha traído al Carnicero a nuestra casa! ¡Derramó la sangre de nuestros hermanos!

—¡He dicho que bajen las armas! —rugí, tirando de las riendas para que mi caballo avanzara un paso amenazador—. ¡Cualquiera que dispare una flecha responderá ante mi espada!

A regañadientes, los arcos bajaron. El rastrillo terminó de subir, revelando el inmenso patio de adoquines negros de mi fortaleza. El aire allí dentro solía oler a pino y a hogar; hoy solo apestaba a traición.

Entramos. El eco de los cascos resonó como tambores fúnebres. Cientos de mis súbditos y soldados nos rodeaban, formando un pasillo de odio puro. Escupían al suelo al paso del escuadrón enemigo. Los insultos volaban por lo bajo, palabras cargadas de veneno y de viudas que su imperio había dejado.

—Tus súbditos son encantadores —comentó Argyros, con una ironía tan afilada que casi me corta—. Qué cálida bienvenida.

—Cierra la boca si quieres salir de aquí con la cabeza pegada al cuello —siseé, sin mirarlo, manteniendo la vista al frente mientras nos dirigíamos al torreón principal.

Desmontamos frente a las grandes puertas de roble de la guardia central. Kael se interpuso inmediatamente entre Argyros y yo, con la mano apoyada en la daga de su cinturón.

—Se alojarán en el ala este. Custodiados. Lyra y tus hombres no podrán portar acero fuera de sus aposentos —dictaminó Kael, asumiendo su rol con una ferocidad que rara vez mostraba.

Argyros finalmente le dirigió una mirada. Fue una evaluación lenta, pesada, de arriba abajo, que dejó claro que consideraba a mi segundo al mando poco más que una molestia temporal.

—Mi acero se queda conmigo, flechero. Y mis hombres no son prisioneros.

—Están en nuestro castillo, bastardo arrogante... —comenzó Kael, dando un paso al frente.

—¡Basta! —Me abrí paso entre ambos, empujando el pecho de Kael para hacerlo retroceder—. Kael, ubica a las tropas en el ala este. Dales comida y fuego, mantenlos separados de la guardia principal. Argyros... tú vienes conmigo.

—¿A dónde? —preguntó Lyra, dando un paso protector hacia su comandante.

—Al mapa. Necesito respuestas, y las necesito ahora.

Caminamos por los pasillos de piedra de mi propio hogar, pero por primera vez en mi vida, me sentí como la intrusa. Los guardias nos miraban con una mezcla de terror y asco. Argyros caminaba a mi lado, tan cerca que nuestros brazos se rozaban con el vaivén de los pasos. Su presencia llenaba el corredor, asfixiando mis defensas, desarmando la fortaleza de mi mente pieza por pieza.

Entramos en la sala de guerra. Cerré la pesada puerta detrás de nosotros con un portazo que hizo temblar los tapices y apagó el ruido del castillo. Estábamos solos.

Me giré para encararlo, lista para exigirle explicaciones sobre la sombra, sobre la estupidez que acabábamos de hacer. Pero antes de que pudiera articular una palabra, él avanzó, arrinconándome contra la mesa de roble macizo.

No fue un ataque. Fue un asedio. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, a cada lado de mis caderas, atrapándome. Su respiración agitada chocó contra mi rostro, su aroma a acero, sudor y magia invadiendo mis sentidos. Mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que temí que él pudiera escucharlo.

—Todos en este maldito castillo quieren verme muerto, Xanthe —murmuró, su voz ronca bajando de tono hasta convertirse en una vibración que me recorrió la columna vertebral—. Y tú los detuviste.

—Lo hice porque te necesito vivo para entender a qué nos enfrentamos —mentí, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello, delatándome.

Él se inclinó un centímetro más, sus ojos tormenta oscurecidos por algo mucho más incontrolable que la guerra.

—Mientes fatal.

Me quedé sin aire. Pensé que habíamos dejado al monstruo de las alas rotas allá afuera, perdido en la oscuridad del bosque. Pero al sentir el calor de su cuerpo, entendí mi mayor error. El verdadero peligro no acechaba en las sombras; acababa de entrar a mi casa, y yo misma le había abierto la puerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.