Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 10

El olor a sándalo siempre me recordaba a la paz. Estábamos sentados en el borde de la muralla este, con los pies colgando hacia el abismo y la luz del atardecer bañando su rostro en oro. Él me miró con esa sonrisa clara, libre de la oscuridad que ahora lo devoraba todo.

—Te prometo que algún día, Xanthe, tocaremos las nubes —me dijo, entrelazando sus dedos con los míos. No había armaduras, ni sangre, ni guerras. Solo éramos nosotros.

—Los humanos no vuelan —le respondí, apoyando la cabeza en su hombro.

—Entonces dejaré de ser humano, solo para poder llevarte conmigo.

Y entonces, el recuerdo se rompió.

El cielo dorado se volvió rojo fuego. El olor a sándalo se pudrió, asfixiado por el hedor a carne quemada y sangre. El calor de su mano en la mía se volvió un agarre desesperado.

—¡No me sueltes! —grité, mis rodillas raspando la piedra ensangrentada mientras él colgaba al borde del abismo. Una flecha negra sobresalía de su pecho.

Él no gritó de dolor. Solo me miró. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora eran pozos de agonía. Su sangre me manchaba los dedos. Tosió, y la poca fuerza que le quedaba lo abandonó. Su mano resbaló de la mía con lentitud tortuosa, arrancándome la piel, arrancándome el alma. El sándalo, la sangre y el eco de su cuerpo estrellándose contra las rocas del fondo...

Abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire desesperada, como si me acabaran de sacar del fondo de un lago helado. El techo de piedra de mi habitación estaba sumido en penumbras. Me llevé una mano temblorosa al rostro, sintiendo el sudor frío resbalar por mis sienes mientras el corazón me martilleaba contra las costillas.

Ojalá fueran pesadillas. Lamentablemente, son recuerdos.

La sombra de anoche no tenía rostro, pero sabía exactamente cómo destruirme. Por eso olía a sándalo. Por eso susurraba mi nombre con ese tono. No era una simple bestia; era un monstruo que hurgaba en mi mente y usaba la tumba del único hombre al que amé para paralizarme.

Me pasé las manos por el cabello, incapaz de soportar el encierro y el nudo en mi garganta. Me puse una túnica oscura, até la vaina de mi espada a mi cintura y salí a los pasillos en penumbra. Quería ir a las murallas, necesitaba aire puro que no oliera a fantasmas, pero mis pies me llevaron en dirección al ala este. Al territorio enemigo.

No tuve que llegar tan lejos para encontrarlo.

En uno de los grandes balcones que daban al patio de armas, bañado por la pálida luz de la luna, estaba él.

Argyros no llevaba su armadura. Vestía una camisa suelta de lino negro que dejaba a la vista los vendajes de su hombro, allí donde la magia había impactado por salvarme. Tenía los antebrazos apoyados en la baranda, mirando hacia el bosque.

—Tus guardias tienen un punto ciego en la torre norte —dijo, sin siquiera girar la cabeza. Su instinto era escalofriante—. Si yo fuera tú, pondría dos arqueros más antes del amanecer.

—Si tú fueras yo, estarías muerto —respondí, acortando la distancia a paso lento. Mi voz sonó rasposa, delatando el pánico del que venía huyendo.

Argyros soltó una risa áspera que vibró en el silencio. Se giró lentamente, apoyando la espalda contra la piedra del balcón. Su mirada burlona se detuvo un segundo en mi espada, pero luego subió a mi rostro... y la burla desapareció al instante.

El general arrogante se esfumó. Se acercó un paso, eliminando la distancia con esa energía magnética e insoportable. Alargó una mano, dudando una fracción de segundo, hasta que sus dedos rozaron suavemente la humedad que aún quedaba bajo mis ojos. No me había dado cuenta de que estaba llorando.

—Estás temblando —murmuró, su voz bajando a un susurro ronco, peligrosamente íntimo—. ¿Qué te hizo esa cosa ahí afuera, Xanthe? ¿Qué viste?

El roce de su piel contra la mía fue una descarga eléctrica, un ancla al presente. Tragué saliva, sintiendo que mis defensas se derrumbaban ante la furia contenida que veía en los ojos del Comandante Imperial.

—No vi nada —confesé, mi voz quebrando la quietud de la noche—. Usó mi mente. Olía como él... olía al día en que vi morir al único hombre que me importaba. Me obligó a revivir cómo se me escurría de las manos hacia el abismo. Esa sombra no quiere matarme, Argyros. Quiere destrozarme desde adentro.

El aire se congeló entre los dos. Argyros cerró los ojos un segundo, y cuando los volvió a abrir, la tormenta en ellos era absoluta, oscura y posesiva. El pulgar que descansaba en mi mejilla acarició mi piel con una devoción feroz.

—Entonces esa sombra acaba de cometer su último error —sentenció Argyros, cada sílaba cargada de una promesa de masacre—. Porque voy a cazarla, Xanthe. Y voy a hacerla arder pedazo a pedazo, hasta que olvides cómo se siente perder algo en esta vida.




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