Las promesas hechas en la oscuridad tienen un peso diferente. A la luz del sol, son herejía, traición, locura. Pero bajo la tenue luz de la luna, con el aliento de tu peor enemigo chocando contra tus labios, se convierten en la única religión que te mantiene viva.
El pulgar de Argyros acariciaba mi mejilla con una lentitud tortuosa, y por un segundo que pareció durar una eternidad, cerré los ojos y me dejé sostener. Me permití olvidar la sangre que nos separaba, la corona invisible que me aplastaba el cráneo y los escuadrones que dormían a unos metros de distancia, listos para masacrarse al primer grito.
Pero el mundo real no desaparece solo porque cierres los ojos.
Di un paso atrás, rompiendo el contacto. El aire frío de la madrugada golpeó mi piel húmeda, y la ausencia de su calor se sintió como una herida nueva.
—No hagas promesas que te costarán la cabeza, Comandante —susurré, mi voz temblando por el esfuerzo de mantener la compostura—. Tu imperio no te perdonará si mueres persiguiendo a mis fantasmas.
Argyros dejó caer la mano lentamente. La vulnerabilidad de sus ojos tormenta se endureció, dando paso nuevamente a esa arrogancia letal que lo caracterizaba. Pero esta vez, no estaba dirigida hacia mí.
—Mi cabeza siempre ha tenido un precio, Xanthe —respondió, y su sonrisa fue una línea cruel, afilada como el cristal roto—. Al menos ahora sé por qué vale la pena perderla.
Me di la media vuelta antes de que pudiera ver cómo esa frase derribaba la última muralla de mi autocontrol. Caminé de regreso a mi habitación con el corazón desbocado, sabiendo que acababa de firmar mi propia sentencia. Había cruzado una línea de la que no había retorno.
El amanecer trajo consigo el infierno, pero no en forma de monstruos.
La sala del consejo de mi castillo era un hervidero de hombres viejos con túnicas pesadas, gritando exigencias y golpeando la mesa de roble. Kael estaba a mi derecha, con los brazos cruzados y una expresión que mataría a cualquiera que se atreviera a mirarlo dos veces.
—¡Es un insulto a nuestros caídos! —rugió Lord Vane, un anciano con cicatrices de batallas que ya nadie recordaba—. ¡Albergar al Carnicero del Imperio en el ala este! Exijo que se le arreste y se le ejecute antes del mediodía.
—Inténtalo, Vane, y te aseguro que él te usará para limpiar su espada antes de que tus guardias desenvainen —respondí con voz gélida, apoyando las manos en la mesa y obligando a toda la sala a callarse—. No lo traje aquí por piedad. Lo traje porque anoche, en el Paso Negro, una fuerza que no usa estandartes aniquiló a tres de mis mejores exploradores y jugó con nosotros como si fuéramos niños.
—Magia oscura... cuentos de sirvientas asustadas —escupió otro lord.
Las pesadas puertas de roble se abrieron de golpe, interrumpiendo la discusión con un estruendo que hizo temblar los tapices.
Argyros entró. No venía escoltado como un prisionero, caminaba como si él fuera el dueño del maldito castillo. Llevaba su armadura negra pulida, la espada al cinto y a Lyra cubriéndole la espalda. El silencio cayó sobre el consejo, pesado y sofocante. Ver al Comandante Imperial en el corazón de nuestra fortaleza era un golpe visual que ninguno de mis lores podía procesar sin sentir terror puro.
—Tus perros ladran muy alto cuando se esconden detrás de tus faldas, princesa —dijo Argyros, deteniéndose justo frente a la mesa. Su mirada barrió a los lores con un desprecio absoluto.
—¡Maldito bastardo! —Kael desenfundó su daga a medias, pero levanté una mano, deteniéndolo en seco.
—Habla con cuidado, Comandante —le advertí, aunque mi pulso se aceleró al recordar la noche anterior.
Argyros clavó sus ojos en los míos, y por un segundo, fuimos los únicos en la sala.
—Tus exploradores no están muertos, Vane —dijo Argyros, sin apartar la vista de mí, pero dirigiéndose al viejo lord—. Al menos, no de la forma en que creen. Encontramos a uno de los suyos esta mañana, arrastrándose hacia la puerta este.
El corazón se me detuvo. —¿Dónde está? —exigí.
Lyra se hizo a un lado y dos de mis propios guardias entraron arrastrando a un soldado. Era Elian, un chico joven de mi guardia personal. Pero no parecía humano. Su piel estaba gris, cubierta de venas negras que palpitaban con un líquido oscuro. No sangraba; escupía ceniza.
La sala estalló en gritos de pánico. Los lores retrocedieron, tropezando con sus propias sillas.
—¡Por los dioses! —susurró Kael, horrorizado.
Elian levantó la cabeza. Sus ojos estaban completamente en blanco. Y entonces, abrió la boca, pero la voz que salió de ella no era la suya. Era profunda, gutural, y llevaba consigo ese inconfundible y asfixiante olor a sándalo quemado.
—Xanthe... —El eco de la bestia resonó en las paredes de piedra, helándome la sangre—. Escondida detrás de muros de piedra... escondida detrás del hombre que odias... pero ambos saben que tienes que venir a buscarme... El Valle de los Huesos Rotos te espera, mi amor.
El soldado colapsó en el suelo, sin vida.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por mi respiración entrecortada. Todos me miraban a mí. Kael, los lores, Lyra. Pero la única mirada que sentí quemándome la piel fue la de Argyros.
Él sabía que el monstruo me había llamado "mi amor". Él sabía que el fantasma de mi pasado me estaba desafiando a ir a la peor tumba del reino.
Argyros no hizo preguntas. No pidió permiso. Desenfundó su espada con un silbido letal que cortó el pánico de la sala, clavó la punta de acero negro directamente en el centro del mapa de la mesa y me miró con la promesa de una guerra sangrienta.
—Prepara tus caballos, Xanthe. Vamos a ir a matar a un fantasma.
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Editado: 12.05.2026