Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 12

El miedo es un veneno curioso. En los hombres débiles, congela la sangre y los obliga a esconderse. Pero en los monstruos, enciende la necesidad absoluta de quemar el mundo hasta los cimientos.

La sala del consejo se convirtió en un manicomio. Lord Vane gritaba pidiendo a la guardia, los demás lores retrocedían asqueados del cadáver de Elian, y Kael… Kael me miraba como si fuera una completa desconocida.

—¿Te acaba de llamar "mi amor"? —susurró Kael. Su voz apenas fue un hilo sobre el clamor de la sala, pero tuvo el peso de un mazo aplastándome el pecho—. Xanthe, ¿qué maldita locura es esta?

—¡Es hechicería del Imperio! —rugió Vane, apuntando con un dedo nudoso hacia Argyros—. ¡Vienen a destruirnos desde adentro! ¡Guardias, córtenle la cabeza!

El sonido metálico de una docena de espadas desenvainándose resonó en la piedra. Los soldados del castillo avanzaron, pero Lyra ya tenía su acero en alto, lista para masacrar al primero que diera un paso en falso.

—¡Atrás! —Mi voz estalló, cargada con una furia fría que cortó el caos de raíz. Golpeé la mesa con la empuñadura de mi propia espada, haciendo temblar el mapa—. ¡El primero que toque al Comandante se las verá conmigo!

Vane me miró, boquiabierto. —Está embrujada… ha perdido el juicio.

—Lo que he perdido es la paciencia —escupí, caminando hacia la cabecera de la mesa. Clavé mi mirada en cada uno de los lores cobardes que lideraban mis tierras—. El Valle de los Huesos Rotos está a medio día de viaje. Es una trampa, sí. Es un suicidio táctico, también. Pero si no voy, esa cosa no se detendrá. Venenará a cada soldado, a cada niño y a cada anciano de este castillo hasta que el sándalo y la ceniza nos asfixien a todos.

—No irás sola —sentenció Argyros.

No fue una petición ni una oferta de alianza. Fue un mandato absoluto. Su espada seguía clavada en el centro del mapa, justo sobre las coordenadas del Valle.

—Es un asunto de mi reino, Comandante —le advertí, aunque mi sangre ardía ante la idea de cabalgar hacia el infierno sin él a mi lado.

Argyros arrancó su espada de la madera con un tirón brutal y la envainó. Sus ojos tormenta bajaron hasta los míos, oscuros, letales y posesivos.

—Esa cosa te reclamó frente a mí, princesa. Acaba de convertir esto en un asunto personal.

El ambiente en la armería era tan denso que costaba respirar.

Kael se había negado a hablarme. Estaba reuniendo a veinte de nuestros mejores jinetes en el patio, preparándose para cabalgar a una muerte casi segura con el ceño fruncido y el corazón roto por mi falta de respuestas.

Yo estaba ajustando las correas de cuero de mi armadura negra, asegurando las dagas en mis muslos, cuando la temperatura de la habitación descendió de golpe. No necesité girarme para saber que él estaba ahí.

Argyros apoyó el hombro contra el marco de la puerta de piedra. Ya tenía el yelmo bajo el brazo y la capa negra cayendo sobre su espalda como alas de cuervo.

—El hombre que viste morir —dijo, sin preámbulos. Su voz profunda rebotó en las paredes llenas de armas—. El que te enseñó a volar antes de estrellarse contra el fondo de un abismo. ¿Era él?

Cerré los ojos, sintiendo un nudo en la garganta. Apretar las correas de mi armadura se volvió una tarea imposible cuando mis manos empezaron a temblar.

—Sí.

El silencio que siguió fue insoportable. Esperaba que se burlara, que usara esa información como una debilidad táctica, que cuestionara mi capacidad para liderar. Pero cuando abrí los ojos, Argyros estaba de pie justo frente a mí. Había cruzado la habitación sin hacer un solo ruido.

Levantó las manos y, con una delicadeza que no encajaba con el Carnicero del Imperio, tomó las correas de cuero de mi coraza que yo no podía ajustar. Tiró de ellas, asegurando mi armadura con firmeza, rozando sus nudillos contra mis costillas.

—Vas a ir a buscar a un muerto, Xanthe —murmuró, con los ojos clavados en mi barbilla.

—Voy a ir a matarlo —corregí, alzando la vista para encontrarme con su mirada.

Argyros detuvo sus movimientos. La proximidad de su cuerpo era intoxicante. Olía a acero limpio y a la tormenta que precedía a la guerra. Su mandíbula se tensó, y una oscuridad feroz, casi animal, brilló en sus pupilas.

—Más te vale —susurró, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron los míos—. Porque si no tienes el valor de atravesarle el corazón cuando lo veas... juro por los malditos dioses que lo haré yo. Y esta vez, me aseguraré de que no vuelva a salir de su tumba.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. No era miedo; era adrenalina pura.

Cuando salimos al patio central, el cielo gris parecía un presagio. Las puertas del castillo se abrieron con un crujido agónico. Kael, Lyra, Argyros y yo liderábamos una columna de jinetes que cabalgaba hacia el silencio.

El Valle de los Huesos Rotos no era solo un campo de batalla del pasado. Era un cementerio de gigantes, un lugar donde la magia se había podrido. Y mientras mi caballo cruzaba el umbral de las puertas de mi hogar, supe que estábamos cabalgando directamente hacia el lugar donde todas las mentiras morirían... y donde la verdad podría destrozarnos para siempre.




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