Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 13

Dicen que las cicatrices son la prueba de que sobreviviste. Pero cuando las marcas cubren más piel de la que dejan intacta, dejan de ser un símbolo de supervivencia para convertirse en un recordatorio de que, en algún momento, el mundo te masticó y te escupió vivo.

El Valle de los Huesos Rotos hacía honor a su nombre. No era un paisaje, era un osario de dimensiones colosales. Costillas del tamaño de torres de vigilancia sobresalían de la tierra negra, formando arcos macabros bajo una niebla perpetua y ácida. Tuvimos que dejar los caballos en la entrada; los animales, aterrorizados por el hedor a magia muerta, se negaron a dar un paso más.

Avanzábamos a pie, con las armas desenvainadas y los sentidos al límite. La niebla se pegaba a la ropa como escarcha pesada. Yo iba al frente, guiando la marcha, cuando el suelo bajo mis botas emitió un crujido sordo.

—¡Al suelo! —rugió Argyros.

No me dio tiempo a reaccionar. Su cuerpo chocó contra el mío, empujándome brutalmente fuera del sendero justo cuando una fisura en la tierra estalló. Un géiser de fuego oscuro y ácido mágico salió disparado como un látigo desde el subsuelo. Caí rodando por la ceniza, ilesa, pero escuché el siseo espantoso del metal derritiéndose a mis espaldas.

Me giré de rodillas, con el corazón en la garganta. Argyros estaba agachado, maldiciendo por lo bajo. El látigo de ácido no lo había golpeado de lleno, pero había rozado su pierna derecha, y la magia corrosiva estaba devorando el acero de su greba y amenazaba con llegar a la carne.

—¡Maldición! —gruñó Lyra, corriendo hacia él, pero un grupo de sombras empezó a arremolinarse en la periferia de la niebla, atraídas por el ruido.

—¡Aseguren el perímetro! ¡Que nadie se acerque! —ordené a Kael y Lyra, mientras me arrastraba hacia Argyros.

Lo empujé hacia el interior del cráneo hueco de una bestia antigua que nos servía como refugio temporal. Argyros gruñía, intentando desabrochar las hebillas de su armadura en la pierna, pero su hombro herido —el mismo que se había destrozado por salvarme el día anterior— no le daba la fuerza necesaria. Sus dedos resbalaban sobre el metal hirviente.

—Quita las manos, te vas a quemar —le exigí.

—No necesito tu ayuda, Xanthe.

—Cállate y déjame hacerlo —repliqué con una autoridad que no admitía discusión.

Sin esperar respuesta, me arrodillé frente a él en la penumbra de la cueva de hueso. Mis guantes de cuero grueso me protegieron del calor mientras forzaba las hebillas derretidas. Con un tirón seco, arranqué la pieza de acero arruinada de su pierna derecha, junto con la tela quemada de su pantalón.

Esperaba ver sangre fresca. Esperaba ver la piel roja y en carne viva por el ácido de la trampa.

Pero lo que vi me dejó absolutamente helada.

El ácido apenas había raspado la superficie, porque debajo de la tela, la pierna de Argyros ya estaba destruida. Una red de cicatrices gruesas, retorcidas y de un tono plateado mortecino le cubría desde el muslo hasta la pantorrilla. Parecían las marcas de un fuego antinatural, como si un rayo lo hubiera partido en dos y la piel se hubiera fundido sobre el músculo en un intento desesperado por no desarmarse. Era una herida antigua, pero tan brutal y espantosa que mis manos se quedaron paralizadas en el aire. El aire abandonó mis pulmones.

Argyros notó mi parálisis. La respiración pesada que mantenía por el esfuerzo se detuvo. Miró mi rostro, leyendo el horror absoluto que, por un segundo, no pude ocultar.

Apoyó una mano en la pared de hueso, inclinándose ligeramente hacia mí. Su rostro estaba tenso, y sus ojos tormenta relampaguearon con una mezcla de orgullo herido y pura ferocidad.

—¿Te asusta, princesa? —murmuró, su voz ronca y cargada de veneno, como si quisiera empujarme lejos antes de que yo misma retrocediera.

Tragué saliva, incapaz de apartar la vista de la herida. —Es... es una carnicería. ¿Quién te hizo esto?

Él soltó una risa seca, carente de cualquier alegría, y se puso de pie frente a mí, ignorando el dolor de su pierna y su hombro. Sus ojos estaban oscuros, desafiantes.

—Si crees que eso es una carnicería, es porque toda tu vida has estado jugando a la guerra desde un castillo, Xanthe.

Llevó las manos a los cierres de su coraza. Con movimientos rápidos e iracundos, dejó caer la pechera de obsidiana al suelo y agarró el cuello de su túnica negra, pasándola por encima de su cabeza de un solo tirón.

—Mira bien —siseó.

Se dio la vuelta, dándome la espalda en la penumbra.

El grito de ahogo murió en mi garganta. Si su pierna era un mapa del dolor, su espalda era el maldito infierno. No había un solo centímetro de piel intacta. Desde la nuca hasta la cintura, su cuerpo era un lienzo de carne quemada, marcada por latigazos de fuego que se cruzaban y se superponían en una obra maestra de tortura absoluta. Algunas cicatrices eran tan profundas que deformaban la musculatura de su espalda, como si hubieran intentado arrancarle las alas a la fuerza o quemarlo vivo desde adentro.

Me tapé la boca con ambas manos.

El Imperio lo llamaba "El Carnicero". Mis lores lo llamaban el monstruo sin corazón. Pero mirando la espalda destrozada de Argyros, comprendí la verdad más aterradora de todas. No había nacido siendo un monstruo. Lo habían forjado en fuego y agonía hasta que no le quedó más remedio que volverse de acero para no morir.

Él no se giró. Se quedó dándome la espalda, vulnerable por primera vez en su vida, esperando mi reacción. Y yo, que había jurado atravesarle el corazón al inicio de todo esto, de pronto sentí el impulso irrefrenable de acercarme y protegerlo.




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