Hay instintos mucho más antiguos que el odio.
Di un paso hacia él, acortando la distancia en esa sofocante prisión de hueso. Mi mente me gritaba que retrocediera, que estaba frente a la máquina de matar más letal del continente, pero mi mano se alzó por voluntad propia.
Cuando las yemas de mis dedos rozaron la gruesa y retorcida piel de su omóplato, Argyros se tensó como si le hubiera clavado un puñal.
Era la reacción instintiva de un animal acorralado, de alguien que solo conocía el contacto físico como la antesala del dolor. Esperaba que me apartara con asco. Esperaba el rechazo. Pero no lo hice. Dejé mi mano apoyada sobre la peor de sus cicatrices, ejerciendo una presión suave, transmitiéndole un ancla en medio de su propio infierno personal.
Él dejó escapar una respiración inestable y cerró los ojos. El gran Comandante Imperial, el Carnicero que hacía temblar a los reyes, estaba paralizado bajo el toque de una sola mano.
—No puedes salvar a un hombre que ya ardió, Xanthe —murmuró, su voz rasposa rompiendo la penumbra.
—Mírame intentarlo —susurré. Retiré la mano lentamente, sintiendo el frío golpear mis dedos de inmediato—. Ponte la armadura. Antes de que salga de esta cueva y empiece a masacrar a quien sea que te haya hecho esto.
Argyros se giró despacio. Sus ojos tormenta chocaron contra los míos. No había burla ni arrogancia en ellos, solo una intensidad cruda y devoradora que me robó el aliento.
Un grito desesperado nos devolvió a la realidad como un latigazo.
—¡Nos flanquean! —rugió Kael desde afuera, seguido por el estridente choque del acero de Lyra.
Argyros tomó su túnica y aseguró la pechera de su armadura en tiempo récord, ignorando por completo la greba derretida y la carne viva de su pierna. Su rostro volvió a ser una máscara de hielo letal, pero cuando pasó por mi lado hacia la salida, su hombro rozó el mío a propósito. Un pacto de sangre sellado sin palabras.
Salimos a la niebla. El Valle de los Huesos Rotos se había convertido en un campo de matanza.
Las sombras ya no eran solo niebla; habían tomado la forma de sabuesos demacrados hechos de fuego negro y ceniza. Lyra estaba acorralada contra una inmensa costilla, bloqueando zarpazos desesperados, mientras Kael recargaba su ballesta a ciegas, con la armadura llena de arañazos.
—¡A mí! —rugí, desenvainando mi espada y corriendo hacia la línea de defensa.
Un sabueso de humo se abalanzó hacia el lado derecho de Argyros, directo a su pierna herida. Antes de que él pudiera girarse, me deslicé frente a él. Apreté los dientes y lancé un tajo ascendente que partió a la bestia de ceniza en dos.
Argyros me miró de reojo mientras decapitaba a otra sombra a su izquierda.
—Te dije que podía cuidarme solo, princesa —gruñó, aunque el tono de su voz delataba una oscura fascinación.
—Y yo te dije que te callaras y me dejaras hacerlo —grité, pateando el cadáver de humo antes de que se disolviera en el aire tóxico.
Peleábamos espalda con espalda. Mi acero y su magia azul se entrelazaban en una danza letal, cubriendo cada punto ciego, cada flanco abierto. Ya no éramos dos comandantes de bandos enemigos. Éramos una sola fuerza de destrucción masiva.
Y entonces, el campo de batalla cambió.
Los sabuesos dejaron de atacar. Retrocedieron hacia la bruma, gimiendo, sometiéndose ante una presencia aplastante. El hedor a magia muerta fue barrido por un aroma denso y nauseabundo a sándalo quemado. Era tan fuerte que me nubló la vista por un segundo.
La niebla se abrió en el centro del cementerio de huesos. Y desde la oscuridad, caminó hacia nosotros.
No era humo. No era una bestia etérea. Era un hombre envuelto en una armadura forjada de noche pura. A su espalda, un ala negra inmensa se extendía con majestuosidad, pero la otra... la otra era una monstruosidad de huesos astillados y plumas marchitas que se arrastraba por el lodo ácido con un crujido repugnante.
Mi espada tembló en mis manos, amenazando con caer al suelo.
El hombre se detuvo a escasos metros de nuestra formación. Levantó el rostro, dejando que la pálida luz del valle iluminara sus facciones marcadas por la oscuridad. El corazón se me detuvo en el pecho. El aire escapó de mis pulmones y el mundo entero, con su guerra, sus imperios y sus coronas, dejó de tener sentido.
El tirano de los cielos. El monstruo. Me estaba mirando con los mismos ojos que, años atrás, me habían mirado con adoración antes de que yo misma lo viera caer al abismo.
—Veo que trajiste compañía, Xanthe —dijo la sombra. La voz de mi pasado, esa que había llorado tantas noches hasta quedarme seca, resonó en el valle con una crueldad que me congeló la sangre—. Qué decepción. Esperaba que vinieras sola a saludar a tu viejo amor.
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Editado: 12.05.2026