Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 15

El mundo dejó de girar. El choque del acero, los gruñidos de Kael y el siseo del ácido se desvanecieron en un eco lejano. Todo se redujo a él. A su rostro. Al hombre que yo había llorado hasta quedarme vacía, de pie frente a mí, envuelto en la oscuridad que amenazaba con devorar nuestro mundo.

Mi espada cayó al lodo con un sonido sordo. Mis rodillas temblaron. Quise gritar su nombre, quise correr hacia él o atravesarlo, pero mi cuerpo dejó de pertenecerme.

—Mírame, Xanthe...

Su voz no sonó en el aire, resonó directamente dentro de mi cráneo. Y con sus palabras, la realidad se fracturó.

Fui arrastrada a un trance violento. De pronto, ya no estaba en el Valle de los Huesos Rotos. Estaba bañada por la luz dorada de nuestro pasado. Sentí el calor de sus manos sosteniendo las mías, escuché su risa clara vibrando en mi pecho, vi su sonrisa prometiéndome que tocaríamos las nubes. Era un espejismo tan hermoso y real que se me llenaron los ojos de lágrimas.

Pero la luz duró solo un segundo.

El cielo dorado se volvió negro. Sentí el viento rugiendo en mis oídos, la sensación de vacío absoluto en el estómago. Estaba cayendo. Él estaba cayendo. Su recuerdo se incrustó en mi sistema nervioso con una violencia inimaginable. Sentí el terror de la caída, el impacto contra el fondo del abismo que le destrozó los huesos, y entonces... el rayo.

Una energía negra y crepitante cayó del cielo, perforando su espalda, destrozando su columna, obligando a la carne muerta a tejerse con magia oscura para crear esa aberración de ala rota.

—¡Ah! —Un grito ahogado intentó escapar de mis labios, pero mi mandíbula estaba bloqueada.

El dolor no era un recuerdo; era físico. Me estaba transfiriendo cada segundo de la agonía que él había sufrido para mantenerse con vida. Mi mente trabajaba a mil por hora, atrapada en una prisión de carne que ardía desde adentro. Era un fuego antinatural que me derretía los huesos. Sentí un líquido cálido deslizarse por mi rostro. El dolor era tan inmenso que mi cuerpo comenzó a colapsar: gotas de sangre espesa brotaron de mi nariz, corrieron por las comisuras de mis labios y se deslizaron como lágrimas rojas desde mis ojos.

Incluso mis oídos sangraban, silenciando casi por completo el caos exterior.

Pero a través de la neblina roja de mi agonía, lo vi.

Argyros.

El Comandante Imperial había perdido cualquier rastro de control. Estaba a pocos metros de mí, convertido en una bestia salvaje. Una docena de espectros negros formaban un muro de escudos entre él y yo. Argyros bramaba mi nombre con una desesperación feroz, su espada azul destrozando fantasmas a diestra y siniestra. Recibía zarpazos, su armadura se abolla, su pierna quemada sangraba, pero no retrocedía. Estaba dispuesto a dejarse matar con tal de alcanzarme.

Pero los fantasmas se multiplicaban, bloqueándole el paso justo cuando la figura de la armadura negra avanzó hacia mí.

Mi antiguo amor se detuvo a centímetros de mi rostro. Yo no podía mover un solo músculo. Estaba paralizada, llorando sangre, ahogándome en el dolor de su resurrección.

Él alzó una mano enguantada en metal y apartó un mechón de cabello de mi rostro empapado. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora eran pozos de una devoción oscura y enfermiza. Me miró como si yo fuera lo único real en un mundo de ceniza.

—Todo esto... lo soporté por ti —susurró en mi mente, su voz acariciando mis pensamientos destrozados.

Se inclinó lentamente. El olor a sándalo y sangre me envolvió. Cerró los ojos y presionó sus labios fríos contra mi frente en un beso suave, casi reverencial. Un contraste enfermizo con la tortura que me estaba infligiendo.

En el instante en que sus labios abandonaron mi piel, el dolor desapareció de golpe.

El fuego en mis venas se extinguió, dejándome vacía y exhausta. La parálisis se rompió. Mis rodillas finalmente cedieron y caí hacia adelante.

No llegué a tocar el lodo.

El monstruo de alas rotas se disolvió en humo negro, desapareciendo en la niebla junto con todos sus espectros. Y antes de que pudiera golpear el suelo, dos brazos envueltos en acero me atraparon en el aire, apretándome contra un pecho firme que subía y bajaba con una respiración desesperada.




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