El trayecto de regreso al castillo fue una marcha fúnebre silenciosa.
Nadie se atrevía a hablar de lo que habíamos visto en el Valle de los Huesos Rotos. El peso del terror flotaba sobre nosotros como una losa de plomo, pero lo que más me asfixiaba no era el recuerdo de la sombra ni la visión de mi antiguo amor convertido en un monstruo de alas rotas; era el silencio de Argyros.
Desde que me había atrapado en el aire, su actitud había cambiado de forma radical. Ya no estaba la ironía filosa ni el sarcasmo con el que solía escudar su orgullo. Ahora cabalgaba a mi lado con la mandíbula tensa, la mirada perdida en el horizonte gris y una rigidez en los hombros que delataba que su cuerpo le estaba cobrando cada segundo de esfuerzo en el valle. Su pierna herida y su hombro destrozado exigían un descanso que su orgullo se negaba a admitir.
Cuando cruzamos finalmente los portones de piedra de mi fortaleza, el contraste con el exterior fue brutal. Los guardias nos miraban con los ojos abiertos de par en par, sorprendidos de vernos regresar con vida de un lugar del que nadie solía volver.
Kael desmontó de un golpe, visiblemente alterado, y se acercó a mi caballo. —Xanthe, tenemos que hablar. En privado —exigió, lanzándole una mirada cargada de veneno a Argyros—. El consejo está reunido. Exigen saber qué demonios pasó allá abajo y qué relación tiene el Comandante Imperial con... con lo que sea que atacó al chico.
Miré a Kael, luego a Argyros, que apenas si se sostenía en su montura, intentando disimular una cojera sutil al tocar tierra.
—El consejo puede esperar, Kael —respondí, bajando de un salto y sintiendo cómo el cansancio de la magia oscura me pesaba en los huesos—. Ocúpate de los hombres, asegúrate de que todos reciban atención médica. Yo... tengo asuntos más urgentes que atender.
Kael abrió la boca para protestar, pero al ver la expresión en mi rostro, contuvo las palabras. Dio media vuelta con un gesto de frustración y se alejó dando zancadas pesadas.
Me volví hacia Argyros. Estaba de pie junto a su semental, respirando de forma superficial, con una mano apoyada en la silla de montar para no perder el equilibrio. La faja de su armadura estaba manchada de ceniza y sangre seca.
—A mis habitaciones —le ordené, acercándome lo suficiente para sostenerle el brazo por si las fuerzas le fallaban—. Y no acepto un "no" por respuesta, Comandante.
No discutió. Y eso, más que cualquier réplica sarcástica, me confirmó lo roto que estaba por dentro.
Caminamos por los pasillos de piedra en un silencio absoluto. Cuando cerramos la pesada puerta de mi alcoba, la burbuja de la realidad estalló.
Apenas la madera se trabó tras nosotros, Argyros dio un paso en falso, su pierna derecha cedió bajo su propio peso y se habría estrellado contra el suelo de no haberme lanzado a sostenerlo. Su cuerpo entero se desplomó contra el mío, un peso de acero y músculo que me arrastró hacia abajo, haciéndonos rodar hasta quedar apoyados contra la base de la cama.
—Mierda... —gruñó él entre dientes, apretando los ojos con fuerza mientras una línea de sudor frío le recorría la frente.
—No te muevas —le exigí, con el corazón en la garganta.
Me deshice de mi capa y de la pesada pechera con manos temblorosas. El olor a sándalo quemado, ese fantasma maldito que se había metido en mis pesadillas, parecía impregnar todavía el aire de la habitación, pero al acercarme a Argyros, el único aroma real era el de la sangre, el metal y su piel caliente.
Comencé a desabrochar las correas de su armadura superior, liberando su hombro herido. Cuando retiré la última placa de metal y levanté la tela oscura de su túnica, un nudo se me formó en la garganta. La piel alrededor del hombro estaba amoratada, inflamada por el esfuerzo y los golpes de la batalla contra los espectros.
—Eres un maldito necio —susurré, buscando un paño limpio y un cuenco con agua en la mesita de noche—. ¿Por qué no me dijiste que estabas al límite?
—Si te hubiera dicho que estaba al límite, me habrías ordenado quedarme atrás —respondió él con la voz ronca, apoyando la cabeza contra el borde de la cama, con los ojos cerrados—. Y no iba a dejarte sola frente a él. No después de ver cómo esa cosa intentaba romperte la mente.
El eco de sus palabras golpeó directo en el centro de mi pecho.
Me arrodillé a su lado, humedecí el paño y comencé a limpiar con extrema delicadeza la sangre y la ceniza de su piel. Cada vez que mis dedos rozaban las horribles cicatrices de su espalda, sentía un temblor involuntario. Él lo notaba; su respiración se alteraba y los músculos de su abdomen se contraían bajo mis manos.
—No tienes que mirarlas —murmuró de repente, abriendo los ojos para buscar los míos con una vulnerabilidad que me destrozó el alma—. Sé lo que parecen. Sé que soy un mapa de destrucción, Xanthe.
Dejé caer el paño al suelo. Ya no me importaba la herida. Me acerqué a él, acunando su rostro con ambas manos, obligándolo a sostener mi mirada. La tormenta en sus ojos grises y azules estaba desarmada, reducida a un miedo silencioso que él intentaba ocultar tras su fachada de hierro.
—Deja de hablar como si fueras un monstruo, Argyros —le exigí, con la voz quebrada por las lágrimas que me negaba a derramar—. Las cicatrices no te hacen menos. Te hacen humano. Demuestran que sobreviviste al infierno... el mismo infierno que hoy volvió para atormentarme a mí.
Él se quedó en absoluto silencio. La dureza de su mandíbula se desvaneció, y con un movimiento lento, casi dubitativo como si temiera asustarme, levantó una mano y apoyó su palma abierta contra mi mejilla. Su piel áspera y fría contrastaba con el fuego que quemaba por dentro.
—Cuando lo vi frente a ti en el valle... —comenzó a decir, y su voz se quebró por primera vez, un sonido áspero que revelaba el abismo de su terror—. Cuando vi que te estaba arrancando los sentidos y no podía hacer nada para evitarlo... sentí que preferiría mil veces volver a caer por el abismo que verte morir en mis brazos.
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Editado: 26.07.2026