Entre espadas y la muerte

CAPÍTULO 18

La madrugada avanzó consumida por el calor de nuestra tregua improvisada, pero el frío del exterior no tardó en recordarnos que la guerra seguía viva.

Cuando los primeros rayos de un sol pálido y ceniciento comenzaron a filtrarse por los ventanales de piedra, Argyros ya se había puesto en pie. Lo encontré de espaldas frente a la mesa de mapas, terminando de ajustar las correas de su armadura sobre su hombro herido con una mueca de dolor que intentó ocultar en cuanto sintió mis pasos.

—No deberías forzarte tanto —le dije, deteniéndome a unos pasos de él, envuelta todavía en las sábanas de la cama.

Él se giró lentamente, evaluándome con esa mirada analítica que parecía pesar cada uno de mis movimientos.

—El ejército imperial no tardará en notar mi ausencia si me demoro demasiado, Xanthe —respondió con voz firme, aunque el tono carecía de la arrogancia de antaño—. Y los lores de tu consejo ya deben estar conspirando para ver cómo nos decapitan a los dos mientras dormíamos.

Tenía razón. El peligro no solo venía de la criatura del Valle de los Huesos Rotos; el enemigo también estaba dentro de nuestras propias murallas, alimentado por el miedo y el rencor de años de masacres.

Unos nudillos golpeando con fuerza la puerta de la alcoba interrumpieron la tensión.

—¡Comandante! —la voz de Kael sonó a través de la madera, tensa y urgente—. Tenemos problemas. Lord Vane ha reunido a la guardia del sello. Dicen que si no les entregas al Comandante Imperial en este preciso instante, abrirán las puertas a los emisarios del emperador para negociar nuestra rendición. ¡Están hablando de traición abierta!

Me quedé helada. La ira reemplazó de golpe el cansancio en mis venas. Llevé la mano a la empuñadura de mi espada, dispuesta a salir a enfrentar a los cobardes del consejo, pero una mano de acero se posó firmemente sobre mi muñeca, deteniéndome.

Argyros se inclinó un poco hacia mí, su rostro a centímetros del mío, con una calma que rozaba lo peligroso.

—Déjalos que vengan, princesa —susurró, y una sonrisa torcida, letal y absolutamente magnética cruzó sus labios—. Vamos a darles un buen motivo para temernos.

Salí de la alcoba con el paso firme de una reina dispuesta a quemar su propio reino antes de entregarlo, flanqueada por el hombre que todos querían ver muerto, sabiendo que la verdadera batalla por nuestro destino apenas estaba comenzando.




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