Entre flores y sombras, el destino de Mei Ling

Bajo los pétalos del destino

La primavera había desplegado su manto completo sobre la Ciudad Imperial. Los ciruelos estaban en flor, los cerezos teñían el aire de rosa pálido, y hasta los estanques más antiguos del palacio reflejaban los cielos como espejos encantados. Era la época perfecta para celebrar el Gran Banquete de Primavera, una tradición ancestral en la corte, donde el heredero del trono solía hacer anuncios importantes: ascensos militares, reformas sociales… y en ocasiones, compromisos matrimoniales.

Este año, sin embargo, todos sabían que el príncipe Zhen no anunciaría un simple compromiso. La fecha de su boda con Mei Ling, hija del renombrado Ministro Xuan, uno de los hombres más sabios y leales al trono, era lo que todo el reino aguardaba escuchar. La noticia de su compromiso, revelada semanas atrás, había sacudido los cimientos de las casas nobles. Algunos se habían opuesto en silencio, esperando que fuera un capricho pasajero. Otros lo veían como el inicio de una nueva era.

Pero aquella noche, todas las dudas serían disipadas.

Los jardines imperiales fueron transformados en un paraíso viviente. Faroles de seda flotaban como luciérnagas gigantes, pendiendo de ramas y pérgolas. Largas mesas con manteles bordados en hilos dorados ofrecían delicias de cada rincón del imperio: pato lacado del norte, rollos de arroz de las regiones del sur, vinos florales y postres perfumados con jazmín y té blanco. Una orquesta de instrumentos tradicionales ejecutaba melodías suaves, tan etéreas como el ambiente.

En el centro del salón exterior se erguía una plataforma adornada con flores blancas y dragones dorados. Allí se sentarían los emperadores y los protagonistas de la noche.

Mei Ling llegó del brazo de Zhen. Llevaba un vestido de brocado blanco con reflejos perla, bordado con pétalos de loto y aves fénix. Su cabello, recogido en un moño alto, estaba adornado con horquillas de jade y plata. Pero más allá de su atuendo, lo que más resaltaba era su porte: firme, sereno, digno. Ya no era la mujer que despertó confundida en una habitación. Era la futura emperatriz.

Zhen, por su parte, llevaba una túnica negra con bordados escarlata, símbolo del equilibrio entre la fuerza y la sabiduría. Su rostro era solemne, pero sus ojos brillaban cada vez que miraba a Mei Ling.

Los nobles se inclinaron con respeto cuando ellos cruzaron los jardines, tomando asiento junto al emperador y la emperatriz, quienes observaban con orgullo y una pizca de emoción silenciosa.

Los brindis comenzaron, seguidos de poemas y canciones compuestas especialmente para los prometidos. Algunas damas jóvenes miraban a Mei Ling con una mezcla de admiración y envidia apenas disimulada. Los ministros cuchicheaban, analizando las implicaciones políticas. Pero nadie se atrevía a cuestionar públicamente lo evidente: Zhen estaba profundamente enamorado, y Mei Ling se había ganado el respeto de todos.

—He oído que la hija del Ministro Xuan escribe poesía —comentó una dama joven, mientras la orquesta tocaba una melodía suave—. Dicen que sus versos hacen llorar incluso a los calígrafos imperiales.

—No solo escribe —añadió otra—. También estudió filosofía y protocolo en la Casa de los Mil Libros. Una muchacha refinada, sin duda… pero ¿será capaz de soportar el peso de la corte?

Los murmullos continuaron, pero ninguno alcanzó a tocar a Mei Ling. Ella, sentada al lado de Zhen, mantenía el porte de quien conoce su valor, aunque en su interior, una leve inquietud revoloteaba como una mariposa atrapada.

“No soy comandante, ni guerrera, ni hija de una casa militar”, pensó. “Pero mi voz, mi presencia, mi voluntad… son tan dignas como las de cualquiera.”

Cuando el último plato fue retirado y la música cesó, el emperador se puso de pie. Su voz, aunque envejecida, retumbó como un gong sagrado entre los presentes.

—Esta noche, celebramos la unión de dos almas que han superado tormentas, heridas y silencios. Mi hijo, el príncipe heredero Zhen, y la señorita Mei Ling, hija del honorable Ministro Xuan, han elegido compartir su destino. Como emperador de este imperio, es mi honor anunciar que la boda se celebrará el día veintisiete del próximo mes, bajo la luna llena, en el Templo de las Diez Mil Bendiciones.

Hubo un silencio de asombro, seguido de una ovación medida pero significativa. Aquella fecha no era cualquiera. Era el día donde, según los antiguos astrólogos, el yin y el yang alcanzaban su mayor equilibrio. Una elección simbólica. Perfecta. Inapelable.

Mei Ling respiró hondo al oírla. Zhen deslizó su mano discretamente sobre la suya, bajo la mesa, y ella apretó con suavidad, sin apartar la mirada del frente. Se sentía expuesta, sí. Observada por todos. Pero ya no temía. Porque él estaba a su lado.

—Te verás radiante ese día —susurró Zhen, cuando caminaron juntos hacia el pabellón de los sauces para un momento más privado.

—¿Ese día? —preguntó ella, alzando una ceja—. ¿Y esta noche no me veo así?

Zhen se rió bajo.
—Me superas con tus palabras. No tengo defensa contra ti.

—Mejor así. No pienso pelear por amor. Solo aceptarlo.

Se detuvieron junto al estanque. Las linternas reflejaban luces ondulantes sobre el agua. El reflejo de Mei Ling parecía flotar entre los pétalos de cerezo caídos.

—¿Estás feliz, Mei Ling? —preguntó él con seriedad repentina.

Ella no respondió de inmediato. Miró su reflejo junto al de él, y por primera vez, sintió que no estaban separados. No había distancia entre su sombra y la de Zhen.

—Estoy… en paz. Contigo. Y eso es más de lo que alguna vez soñé.

Zhen se inclinó, y por un momento, las reglas se disolvieron. La besó con dulzura, apenas rozando sus labios. Fue un gesto breve, furtivo, pero tan cargado de emoción que Mei Ling cerró los ojos incluso cuando el contacto terminó.

—Quiero pasar mi vida contigo —susurró él—. No como príncipe. No como gobernante. Como hombre. Como tuyo.

—Entonces, a partir del veintisiete… —dijo ella con una sonrisa suave— serás mío. Por completo.




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