Entre Fuego y Cristal

Capítulo 2

Secretos entre el fuego

El taller ya estaba completamente despierto.

El rugido constante de los hornos llenaba cada rincón de la Vetreria Vitale, mezclándose con el sonido del vidrio al girar sobre las cañas y las voces de los maestros artesanos.

Isabella —o mejor dicho, Valerio— procuraba mantener la respiración tranquila.

No había dormido.

Desde que Alessandro la había puesto a prueba aquella mañana, una incómoda sensación la perseguía.

Había algo en la manera en que él la observaba.

No era simple curiosidad.

Era como si intentara leer pensamientos que ella llevaba años escondiendo.

—¡Valerio!

Giovanni apareció con una sonrisa.

—El señor Vitale quiere que lo acompañes.

El corazón de Isabella dio un vuelco.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

Respiró profundamente antes de dirigirse hacia el despacho principal.

Alessandro estaba de espaldas, observando la laguna desde el enorme ventanal.

No se giró cuando escuchó la puerta.

—Cierra.

Ella obedeció.

El sonido del pestillo le produjo una extraña inquietud.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—No, señor.

Él continuó mirando el agua.

—Ayer hiciste una copa perfecta.

—Solo tuve suerte.

Una sonrisa apareció en los labios de Alessandro.

—Los artesanos no creen en la suerte.

Por fin se volvió.

Vestía una camisa blanca remangada hasta los antebrazos. El calor del taller había marcado ligeramente la tela sobre su pecho.

Isabella evitó mirarlo más de un segundo.

Era peligroso.

No porque fuera su jefe.

Sino porque era un hombre extraordinariamente atractivo.

Y ella no podía permitirse distracciones.

—Ven.

La condujo hasta una mesa donde descansaba una delicada pieza de cristal.

Era una rosa.

Transparente.

Perfecta.

Pero un pétalo estaba roto.

—¿Qué ves?

Ella tomó la flor con cuidado.

La examinó contra la luz.

—No se rompió durante el enfriamiento.

Alessandro levantó una ceja.

—Continúa.

—El cristal estaba demasiado caliente cuando alguien intentó pulirlo.

Él sonrió.

—Exacto.

Por primera vez desde que la conocía, Alessandro sintió verdadera admiración.

Aquella muchacha no solo tenía talento.

Comprendía el vidrio.

Lo escuchaba.

Como muy pocos artesanos eran capaces de hacerlo.

Mientras hablaban, Isabella olvidó por unos instantes que debía interpretar un papel.

Se inclinó sobre la mesa para señalar una pequeña burbuja atrapada en el interior del cristal.

—Aquí...

Alessandro también se inclinó.

Sus rostros quedaron peligrosamente cerca.

Tan cerca que Isabella pudo sentir el calor que desprendía su piel.

El inconfundible aroma de madera, cuero y un leve toque de bergamota la envolvió.

Por un instante dejó de respirar.

Cuando levantó la cabeza...

Descubrió que Alessandro no estaba mirando la pieza.

La estaba mirando a ella.

Sus ojos grises recorrieron lentamente su rostro.

Demasiado lentamente.

Como si intentaran descubrir algo oculto bajo aquella gorra.

El silencio comenzó a hacerse insoportable.

—¿Sucede algo? —preguntó ella, intentando mantener la voz firme.

Alessandro tardó unos segundos en responder.

—Tus ojos.

Ella sintió que el estómago se le contraía.

—¿Qué pasa con ellos?

—No parecen los ojos de alguien que haya aprendido este oficio hace poco.

Durante un instante creyó que todo había terminado.

Pero Alessandro simplemente dio un paso atrás.

—Eso es todo.

Puedes volver al trabajo.

Isabella salió del despacho sin mirar atrás.

Solo cuando cruzó la puerta se permitió respirar.

Desde el otro lado del cristal del despacho, Alessandro la observó alejarse.

Aquellos ojos.

No podía quitárselos de la cabeza.

No eran los ojos de un muchacho.

Ni siquiera los de una mujer cualquiera.

Había tristeza.

Miedo.

Y una determinación que rara vez encontraba en alguien tan joven.

—¿Qué escondes? —murmuró.

Aquella noche, Isabella regresó al viejo taller abandonado.

Encendió el pequeño horno portátil.

Sacó cuidadosamente la caja de madera que siempre llevaba consigo.

Dentro descansaban varios dibujos antiguos.

Todos estaban firmados por una misma persona.

Lorenzo Bellini.

Su abuelo.

Acarició el papel amarillento con la yema de los dedos.

—Estoy cada vez más cerca...

—¿De qué?

La voz masculina resonó detrás de ella.

Isabella giró bruscamente.

Alessandro estaba apoyado en el marco de la puerta.

No parecía enfadado.

Tampoco sorprendido.

Simplemente la observaba.

Como si hubiera sabido que la encontraría allí.

El silencio se volvió insoportablemente pesado.

Ella dio un paso atrás.

Él avanzó uno.

Después otro.

Y otro más.

Hasta quedar frente a ella.

El resplandor del horno iluminaba el rostro de ambos.

Ninguno apartaba la mirada.

—¿Piensas seguir llamándote Valerio? —preguntó Alessandro en voz baja.

Isabella sintió que el mundo se detenía.

No tenía sentido seguir fingiendo.

Había sido descubierta.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde la primera noche que te seguí.

Ella cerró los ojos un instante.

Todo había terminado.

—¿Vas a despedirme?

Alessandro negó lentamente.

—No.

La respuesta la desconcertó.

—Entonces... ¿qué quieres?

Él sostuvo su mirada.

Durante unos segundos no respondió.

Después dio un paso más.

La distancia entre ambos desapareció.

Isabella podía sentir el calor de su cuerpo.

El latido acelerado de su propio corazón.

—Quiero saber por qué una mujer con tu talento decidió esconderse detrás del nombre de un hombre para entrar en mi fábrica.




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