CAPÍTULO 3
La llave de cristal
Murano despertaba lentamente bajo una ligera neblina.
Las góndolas cruzaban los canales con la serenidad de siempre y el aroma del café recién hecho escapaba por las ventanas abiertas de las pequeñas casas de piedra.
Pero Isabella apenas reparó en la belleza de la isla.
No había dormido.
Las palabras de Alessandro seguían resonando en su cabeza.
"Tengo la sensación de que tu historia y la mía están unidas..."
Se obligó a dejar esos pensamientos a un lado.
No había viajado hasta Murano para enamorarse del heredero de los Vitale.
Había llegado para encontrar la verdad.
Y cada minuto que pasaba aumentaba el riesgo de fracasar.
La pensión donde se alojaba era modesta.
La señora Emilia, una viuda de casi setenta años, llevaba años alquilando habitaciones a trabajadores de los hornos.
Isabella subió la estrecha escalera de madera con la intención de recoger unos documentos antes de ir al taller.
Pero al abrir la puerta de su habitación se quedó inmóvil.
Todo parecía estar en su sitio.
Demasiado en su sitio.
Su mirada recorrió lentamente el cuarto.
La silla.
La cama.
La cómoda.
La ventana.
Entonces lo vio.
La cerradura del pequeño baúl de madera estaba ligeramente girada.
No como ella la había dejado.
Sintió un escalofrío.
Se acercó despacio.
Abrió el baúl.
La ropa seguía doblada.
Los libros permanecían en el mismo lugar.
Pero el doble fondo...
Había sido movido.
Alguien había buscado allí.
Con manos temblorosas levantó la tabla oculta.
Respiró aliviada.
El cuaderno de su abuelo seguía allí.
Lo abrazó contra el pecho.
—Gracias a Dios...
Sin embargo, ya no estaba segura de una cosa.
Alguien sospechaba.
A la misma hora, Alessandro recorría el taller principal.
Los artesanos interrumpían su trabajo para saludarlo con respeto.
Pero él apenas respondía.
Pensaba en Isabella.
En la mujer que había decidido esconderse entre hombres para trabajar en un oficio que casi ninguna mujer ejercía.
Había valor en eso.
Y también desesperación.
Giovanni apareció junto a él.
—No tienes buena cara.
—No he dormido.
—¿Por culpa del nuevo aprendiz?
Alessandro soltó una sonrisa resignada.
—Empiezo a pensar demasiado en esa persona.
Giovanni lo miró divertido.
—Eso sí que es nuevo.
Cuando Isabella llegó a la fábrica, Alessandro la esperaba junto al horno principal.
No dijo una sola palabra.
Simplemente le entregó una pequeña caja de terciopelo.
Ella la observó confundida.
—Ábrela.
Dentro descansaba una delicada llave de cristal transparente.
Era hermosa.
Nunca había visto una igual.
—¿Qué significa esto?
—Es una tradición de los Vitale.
Solo los artesanos en quienes confío reciben una.
Ella levantó la vista.
—Pero apenas llevo unas semanas aquí.
—Precisamente por eso.
Sus ojos se encontraron.
—Quiero saber si puedo confiar en ti.
Aquellas palabras la golpearon con fuerza.
Si él supiera quién era realmente...
Probablemente la expulsaría de inmediato.
—Gracias...
murmuró.
Por un instante, sus dedos se rozaron cuando ella tomó la llave.
Un contacto apenas perceptible.
Pero ambos sintieron una descarga inesperada.
Ella retiró la mano primero.
Alessandro hizo como si no hubiera ocurrido.
Aunque le costó apartar la vista.
Aquella tarde trabajaron juntos durante horas.
Por primera vez, Alessandro le enseñó una técnica que solo conocían los maestros vidrieros de la familia.
La forma correcta de girar el cristal para evitar que el aire quedara atrapado en su interior.
Isabella lo observaba fascinada.
Él se colocó detrás de ella para corregir su postura.
—No sujetes la caña con fuerza.
Ella obedeció.
—Relaja la muñeca.
Su mano envolvió suavemente la de ella.
—El vidrio nunca responde a la fuerza...
Su voz sonó muy cerca de su oído.
—...solo a la paciencia.
Isabella dejó de escuchar el resto.
Podía sentir la respiración de Alessandro rozando su cuello.
El calor de su cuerpo detrás del suyo.
Un perfume limpio, con notas de madera y cítricos.
Su corazón comenzó a acelerarse.
—Así...
susurró él.
—Ahora gírala.
Ella intentó obedecer.
Pero la caña resbaló ligeramente.
La masa incandescente estuvo a punto de caer.
Alessandro reaccionó de inmediato.
La rodeó con ambos brazos para recuperar el equilibrio.
El movimiento fue rápido.
Natural.
Cuando todo volvió a la calma...
Se dieron cuenta de la posición en la que habían quedado.
Ella estaba prácticamente entre sus brazos.
Él podía sentir el latido acelerado de su pecho.
Ninguno habló.
El taller parecía haber desaparecido.
Solo existían ellos.
Muy despacio, Isabella levantó la cabeza.
Sus rostros quedaron separados por apenas unos centímetros.
Los ojos grises de Alessandro descendieron hasta sus labios.
Ella hizo lo mismo.
Por un instante, el tiempo dejó de avanzar.
Él comenzó a inclinarse.
Muy lentamente.
Hasta que...
—¡Señor Vitale!
La voz de Giovanni rompió el momento.
Ambos se separaron de inmediato.
Alessandro carraspeó.
—¿Qué ocurre?
Giovanni se acercó con expresión preocupada.
—Ha venido un abogado desde Venecia.
Dice que necesita hablar con usted.
Es urgente.
Alessandro lanzó una última mirada a Isabella antes de marcharse.
Ella permaneció inmóvil.
Todavía podía sentir el calor de sus brazos alrededor de su cuerpo.
Editado: 03.08.2026