Entre Fuego y Cristal

Capítulo 4

La habitación de los secretos

La lluvia comenzó poco antes del anochecer.

En Murano, las tormentas llegaban sin previo aviso. El viento agitaba el agua de los canales mientras los primeros relámpagos iluminaban las fachadas centenarias de las cristalerías.

Los últimos trabajadores abandonaban la Vetreria Vitale con prisa.

Giovanni apareció junto al horno principal.

—Todos a casa. La tormenta será fuerte.

Los artesanos comenzaron a recoger sus herramientas.

Isabella también se dispuso a marcharse.

Entonces Alessandro habló.

—Valerio...

Ella levantó la vista.

—Quiero que me acompañes.

Los demás intercambiaron miradas curiosas.

Nadie discutía una orden del señor Vitale.

Caminaron en silencio hasta el ala más antigua de la fábrica.

Era un edificio al que casi nadie entraba.

Las paredes estaban cubiertas por fotografías en blanco y negro de antiguos maestros vidrieros.

El aire olía a madera envejecida y cristal.

Alessandro abrió una pesada puerta de nogal.

—Entra.

La habitación era amplia.

Una enorme mesa ocupaba el centro.

Sobre las paredes descansaban bocetos, moldes antiguos y vitrinas llenas de piezas únicas.

Isabella quedó maravillada.

—¿Qué es este lugar?

—Mi abuelo lo llamaba "la sala de creación".

Cerró la puerta detrás de ellos.

El sonido de la lluvia quedó amortiguado.

—Aquí nacieron todas las colecciones importantes de la familia Vitale.

Ella caminó lentamente entre las vitrinas.

Había jarrones imposibles.

Esculturas transparentes.

Animales hechos de cristal que parecían respirar.

—Nunca había visto algo así...

Alessandro la observaba.

No estaba mirando las piezas.

La estaba mirando a ella.

Le fascinaba la forma en que sus ojos brillaban.

Como si aquel lugar despertara recuerdos que ni siquiera comprendía.

—¿Por qué me has traído aquí?

Él tardó unos segundos en responder.

—Porque quería ver tu reacción.

—¿Y qué esperabas encontrar?

—La verdad.

Ella sonrió con ironía.

—Sigues creyendo que escondo algo.

—Lo sé.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Fuera, un trueno hizo vibrar los cristales de las ventanas.

Isabella se detuvo frente a un viejo boceto.

Lo reconoció al instante.

Su respiración se cortó.

Era uno de los diseños de su abuelo.

Lo había visto cientos de veces en el cuaderno que guardaba oculto.

Intentó disimular.

Pero Alessandro ya había advertido el cambio en su expresión.

—¿Conoces ese dibujo?

Ella negó demasiado rápido.

—No.

—Has mentido.

—No lo conozco.

Él dio un paso hacia ella.

—Tus ojos dicen otra cosa.

Ella retrocedió.

La mesa quedó a su espalda.

Ya no podía alejarse más.

Alessandro quedó frente a ella.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

El sonido de la lluvia desapareció.

Solo existía el silencio.

Y sus respiraciones.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ella en voz baja.

Él sostuvo su mirada.

—Porque cada vez que intento entenderte...

Hizo una pausa.

—...termino con más preguntas.

Isabella tragó saliva.

Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo.

El leve aroma de cedro y bergamota volvía a envolverla.

Él levantó una mano lentamente.

Ella no se movió.

Sus dedos se acercaron hasta su rostro.

Con infinita delicadeza retiró una pequeña mota de polvo de cristal que había quedado sobre su mejilla.

El roce fue apenas un suspiro.

Pero Isabella sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Ninguno apartó la mirada.

—No deberías hacer eso... —murmuró ella.

—¿Qué cosa?

—Acercarte tanto.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en los labios de Alessandro.

—¿Te incomoda?

Ella quiso responder.

Pero las palabras no salieron.

Porque, por primera vez en mucho tiempo...

No era miedo lo que sentía.

Era algo mucho más peligroso.

Deseo.

Retrocedió un paso instintivamente.

Su espalda chocó contra la mesa de trabajo.

Alessandro apoyó una mano sobre la madera, a un lado de ella.

No la tocó.

No la atrapó.

Simplemente permaneció allí, mirándola como si quisiera memorizar cada uno de sus gestos.

—Podrías despedirme ahora mismo —susurró Isabella.

—Podría.

—Entonces... ¿por qué no lo haces?

Él sonrió.

—Porque desde que entraste en mi fábrica...

Bajó la voz.

—...no he dejado de pensar en ti.

Ella cerró los ojos un instante.

Aquella confesión la desarmó.

Cuando volvió a abrirlos, Alessandro seguía allí.

Tan cerca que podía distinguir el color plateado escondido entre el gris de sus ojos.

Durante un largo segundo ninguno de los dos habló.

El tiempo pareció detenerse.

Muy despacio...

Ella levantó la mano.

Sus dedos rozaron el antebrazo de Alessandro.

Fue un contacto mínimo.

Pero suficiente para que ambos sintieran cómo el aire entre ellos cambiaba.

Entonces...

Un estruendo sacudió todo el edificio.

La puerta se cerró de golpe por efecto del viento.

El viejo mecanismo de hierro cayó con un fuerte chasquido.

Los dos giraron al mismo tiempo.

Alessandro intentó abrir.

La puerta no cedió.

Empujó con más fuerza.

Nada.

—Parece que el pestillo se ha trabado —dijo con calma.

Isabella lo miró sorprendida.

—¿Estamos encerrados?

Él volvió a intentar abrir.

La madera apenas se movió.

Afuera, la tormenta arreció.

Los truenos hicieron temblar las ventanas.

Alessandro soltó el picaporte y se volvió hacia ella con una media sonrisa.

—Me temo que sí.

Por primera vez desde que se conocieron...




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