Bajo la tormenta
La lluvia golpeaba los cristales con una fuerza que parecía empeñada en borrar el mundo exterior.
Dentro de la antigua sala de creación solo se escuchaba el viento colándose por las rendijas de las ventanas y el débil crepitar del viejo hogar de leña que Alessandro acababa de encender para combatir el frío.
La puerta seguía inmóvil.
Habían intentado abrirla varias veces.
Sin éxito.
Isabella apoyó la espalda contra la pared y soltó un largo suspiro.
—Supongo que tendremos que esperar hasta que alguien venga por la mañana.
Alessandro dejó escapar una sonrisa.
—No es la peor compañía que podría tener.
Ella intentó ocultar la sonrisa que amenazaba con aparecer.
—Siempre tan seguro de ti mismo.
—No.
La miró con una sinceridad inesperada.
—Contigo no.
Aquellas palabras la sorprendieron más que cualquier otra cosa que él hubiera dicho.
El hombre que todos describían como frío e inalcanzable acababa de mostrar una grieta en su armadura.
Por primera vez.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
No era incómodo.
Era el silencio de dos personas que comenzaban a escucharse sin necesidad de hablar.
Alessandro se acercó lentamente a una de las vitrinas.
Sacó dos copas de cristal transparente.
Las colocó sobre la mesa.
Después abrió una pequeña botella de vino que permanecía olvidada entre los antiguos diseños.
—Mi abuelo decía que cada buena idea comenzaba con una conversación honesta.
Sirvió el vino.
Le ofreció una copa.
Isabella la aceptó.
Durante varios minutos hablaron de cosas que nunca habían compartido con nadie.
Él le contó cómo había perdido a su madre siendo muy joven.
Cómo aquella ausencia lo había convertido en un hombre incapaz de confiar plenamente en los demás.
Ella habló de su abuelo.
De las tardes en que observaba el vidrio transformarse en arte.
No mencionó su apellido.
Pero en su voz había una nostalgia imposible de fingir.
Cuando terminaron el vino, ninguno de los dos recordaba cuánto tiempo había pasado.
La tormenta seguía rugiendo afuera.
El mundo parecía haberse reducido a aquella habitación.
—¿Sabes cuál es el problema? —preguntó Alessandro.
Ella negó con la cabeza.
—Que cuanto más intento descubrir quién eres...
...más me interesa la mujer que intentas esconder.
Isabella bajó la mirada.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué?
—Porque todo esto terminará mal.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—¿O solo intentas convencerte?
Ella levantó lentamente los ojos.
Estaban demasiado cerca.
Podía distinguir las pequeñas motas plateadas escondidas en el iris gris de Alessandro.
Sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—No compliques las cosas...
susurró.
—Llegaste demasiado tarde a mi vida.
Él sonrió con tristeza.
—Tal vez llegué justo cuando debía.
Muy despacio, levantó una mano.
Esta vez no retiró una mota de polvo.
Simplemente acarició con el dorso de los dedos la mejilla de Isabella.
Ella cerró los ojos por un instante.
No recordaba la última vez que alguien la había tocado con tanta delicadeza.
Cuando volvió a abrirlos, Alessandro seguía allí.
Esperando.
Sin obligarla.
Sin apresurarla.
Como si quisiera darle la oportunidad de marcharse.
Pero ella no se movió.
Fue Isabella quien acortó la última distancia.
Rozó apenas sus labios con los de él.
Un beso tímido.
Casi una pregunta.
Alessandro respondió con la misma suavidad.
El segundo beso ya no tuvo dudas.
Ni preguntas.
Editado: 03.08.2026