Lo que nadie debía ver
Los primeros rayos del sol comenzaron a filtrarse por los vitrales de la sala de creación.
La tormenta había desaparecido.
Murano volvía poco a poco a la vida.
Isabella seguía contemplando a Alessandro dormido sobre el viejo sofá.
La luz dibujaba sombras suaves sobre su rostro.
Dormía profundamente.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el hombre rígido e inalcanzable que dirigía la Vetreria Vitale.
Parecía simplemente...
Un hombre.
Y aquella imagen era mucho más peligrosa.
Porque podía acostumbrarse.
Muy despacio, se acercó.
Se arrodilló frente a él.
Una sonrisa involuntaria apareció en sus labios.
Había una pequeña marca de hollín sobre la mejilla de Alessandro.
Con la punta de los dedos la limpió con delicadeza.
Él abrió los ojos en ese mismo instante.
—Buenos días...
dijo con la voz aún ronca por el sueño.
Isabella retiró la mano de inmediato.
—No quería despertarte.
Él atrapó suavemente sus dedos antes de que pudiera alejarse.
—Entonces no te muevas.
Ella sintió un estremecimiento.
Aún no entendía cómo aquel hombre conseguía desarmarla con gestos tan simples.
—Si alguien nos ve...
Él sonrió.
—Nadie entra aquí sin mi permiso.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
Alessandro se incorporó lentamente.
Sin soltar su mano.
—¿Te arrepientes de anoche?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Después negó con la cabeza.
—No.
—Yo tampoco.
Aquella respuesta hizo que el corazón de Isabella latiera con fuerza.
Durante un momento olvidó los secretos.
Olvidó el apellido Bellini.
Olvidó por qué había llegado a Murano.
Solo existían ellos.
Cuando finalmente consiguieron abrir la puerta, la fábrica ya estaba completamente despierta.
El sonido de los hornos volvía a llenar el edificio.
Antes de salir, Alessandro se volvió hacia ella.
Su expresión recuperó la seriedad habitual.
—A partir de ahora...
En la fábrica seguirás siendo Valerio.
Ella comprendió enseguida.
—¿Y cuando estemos solos?
Él sostuvo su mirada.
—Cuando estemos solos...
serás Isabella.
Aquellas palabras provocaron una sonrisa imposible de ocultar.
Era la primera vez que alguien pronunciaba su verdadero nombre desde que había llegado a Murano.
Y, por alguna razón, escucharlo en labios de Alessandro hizo que sonara diferente.
Más íntimo.
Más suyo.
Durante el resto de la mañana hicieron un esfuerzo enorme por comportarse como si nada hubiera ocurrido.
Giovanni no dejó de observarlos.
Algo había cambiado.
Lo notaba en pequeños detalles.
En la manera en que Alessandro buscaba inconscientemente a Valerio con la mirada.
En cómo el aprendiz parecía sonreír más de lo habitual.
Y, sobre todo...
En los silencios.
Los silencios entre dos personas que ya no necesitaban hablar demasiado para entenderse.
A media mañana, Alessandro reunió a todos los artesanos.
—Dentro de dos semanas tendremos la visita de varios compradores franceses.
Quiero una colección completamente nueva.
El anuncio provocó murmullos.
Crear una colección en tan poco tiempo era casi imposible.
Alessandro continuó.
—Cada maestro trabajará con un aprendiz.
Hubo asentimientos.
Entonces añadió:
—Valerio trabajará conmigo.
Algunos artesanos intercambiaron miradas sorprendidas.
Era un privilegio reservado únicamente a los mejores oficiales.
Giovanni incluso levantó las cejas.
Editado: 03.08.2026