En el exterior aún brilla el sol, pero aquí adentro no logra colarse ni un solo rayo de su alegría. A la gente no parece importarle; están aquí precisamente para olvidarse del mundo de afuera.
Más personas entran, acomodándose en los asientos tras pagar y recibir su entrada. Todos están ansiosos por ver un espectáculo que promete ser fuera de lo común, algo que no se presenta de manera convencional, y eso es lo atractivo.
El acto comienza sin presentaciones ni discursos del director; todos están expuestos a la primera impresión sin anticiparse. Las luces bajan y el silencio se hace palpable, interrumpido solo por los susurros y las respiraciones pesadas. Eso se acentúa con el crujido de cadenas arrastrándose y el sonido de una rueda girando con evidente dificultad debido al óxido. Luego, las luces se encienden de repente y el escenario ya está repleto.
Donde antes no había nadie, ahora todos los intérpretes del circo han aparecido, y tras esa presentación, se mimetizan con la oscuridad y las cortinas del escenario para dejar el lugar libre y que comience la función.
El rugido feroz de una bestia siendo domada por un látigo no logra opacar las bocinas de un pequeño auto de payasos, de donde sale una docena de personas delgadas, pero vestidas con enormes botargas de colores brillantes. La lógica dictaría que son suficientemente flexibles para entrar todos en ese pequeño espacio, pero sigue siendo una ilusión convincente que un niño no cuestionaría. Sin embargo, aquí no hay niños…
Los malabares con espadas de fuego hacen que las primeras filas se inclinen hacia delante, solo para que el león se erija sobre sus patas traseras y se apoye en el borde del escenario, obligándolos a retroceder de nuevo.
Los tragadores de fuego, en una lucha visualmente espectacular, intercambian proyectiles ardientes mientras esquivan con maestría acrobática. Y luego está él…
El equilibrista, tan discordante y, al mismo tiempo, tan acoplado al entorno caótico. Sus movimientos son tan gráciles que parece que tiene todo un prado para caminar en lugar de una simple cuerda tensada. Realiza acrobacias que presumen su agilidad. No parece preocupado de que, a sus pies, no haya una malla protectora, sino que, si cae, lo esperan púas extendidas en una cama de metal apuntando hacia arriba. Si cae, no será un final rápido y simple…
Pero qué sorpresa brinda la vida: la forma más obvia de morir, frente a la realidad de las cosas, se convierte en la más simple y absurda.
En un momento preciso, en el centro de los soportes, suspendido entre sedas colgantes, intenta mantenerse en el aire mientras da vueltas, confiando solo en la fuerza de sus manos… No creo que la potencia de su agarre haya sido el problema; quizás sus manos resbalaron de sudor, la seda cedió y, en ese segundo crucial, perdió el equilibrio. Pero ante los ojos de cientos de espectadores, ese hombre ágil y talentoso cae.
No en picada, sino rodando entre las telas hasta enredarse; de manera horrible, no lo dejan tocar el suelo y, de alguna forma, terminan atadas a su cuello… Columpiándose débilmente al terminar de forcejear con el destino, deja más preguntas que respuestas entre los espectadores.
Ese fue el fin del acto macabro…
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romance oscuro toxico obsesivo, él vive muerte y mata por ella, crímenes suspenso y misterio
Editado: 17.09.2026