Desde que tengo memoria, siempre he sido la chica delgada que todos elogiaban por lo delgada que estaba, la niña que comía un montón y que, a pesar de eso, no engordaba.
¿Pero entonces, por qué yo no me siento así?
Claro, yo también pensé que estaba todo bien hasta que un día ya no pude más; todo se me salió de las manos. Creía que tenía todo bajo control, pero realmente estaba cayendo cada vez en un hoyo más profundo.
Sí, yo no lo quería aceptar, pero tenía un problema, y uno muy grande, que me estaba consumiendo día con día.
Había una voz que decidía todo por mí: qué tenía que comer, qué no tenía que comer, cuánto ejercicio tenía que hacer. Y claro, si comía, tenía que tomar una decisión muy importante: tenía exactamente quince minutos para tomarla.
El hambre dolía, pero la culpa dolía más.
Y el día que ya no pude más, él estuvo ahí. No para juzgarme, sino para apoyarme cuando yo estaba perdiendo la batalla contra mi propia mente. Él nunca dejó de tomar mi mano.
Y ese día entendí que la anorexia no iba a vencerme. Porque, por primera vez, yo quería ser más fuerte que ella.
Editado: 24.05.2026