Entre hambre y mariposas

Capitulo 1

Ava
El sonido de las cajas golpeando el suelo me estaba volviendo loca.
— Ava, deja eso y ven un momento — grita mi mamá desde la planta baja.
Suelto un suspiro pesado mientras observo mi nueva habitación.
Grande, demasiado grande.
Las paredes blancas, las ventanas enormes y el baño privado deberían emocionarme, pero lo único que puedo pensar es que odio este lugar. Odio la idea de vivir aquí. Odio tener que compartir casa con desconocidos.
Mi mirada recorre el espejo que está junto a mi armario.
Mis ojos recorren automáticamente mi cuerpo: mis piernas, mi abdomen, mis brazos.
Te ves horrible.
Aparto la mirada rápidamente.
Bajo las escaleras intentando ignorar la voz que me atormenta.
Entro a la cocina y me encuentro con mi mamá sonriendo junto a un hombre alto de cabello oscuro.
— Ava, déjame presentarte a Marcus — dice mi madre con una sonrisa en sus labios.
El hombre me tiende la mano junto a una sonrisa amable.
— Mucho gusto, por fin tengo el honor de conocer a la famosa Ava.
Yo le estrecho la mano y le doy una sonrisa, o bueno, un intento de sonrisa.
Entonces alguien entra a la cocina.
Cabello oscuro, ojos color miel, alto.
Desvío la mirada rápidamente.
Siento que lo conozco de alguna parte, pero no recuerdo de dónde.
— Gabriel, ella es Ava.
— La famosa hija de Hanna — dice interrumpiendo a su padre.
Él me echa un chequeo rápido antes de levantar una ceja.
— Qué interesante, parece que ahora todos vamos a ser una familia — dice con un tono sarcástico mientras me rodea para ir hacia el refrigerador.
— No es así, hermanita.
— No me vuelvas a decir hermanita. ¿Entendido?
— Siempre eres así, tan sangrona.
— ¿Disculpa? Y tú eres igual de amable, claro.
— Ya basta — nos dice Marcus con un tono muy serio —. Ahora todos vamos a vivir juntos, así que lo mejor es que aprendan a llevarse bien.
Gabriel rueda los ojos, mientras apoya sus brazos en la encimera.
— Yo sí lo estoy intentando.
— Claro, se nota muchísimo — murmuro.
Su mirada se cruza con la mía y esa pequeña sonrisa aparece en sus labios.
— Tengo que ir a desempacar, voy a subir a mi habitación — digo al mismo tiempo que me dirijo a la salida.
— Ava, vamos a ir a cenar esta noche, así que tienes que estar lista.
Cenar, no puede ser, eso no. No quiero ir a cenar, no puedo comer. Piensa en algo rápido, Ava.
— Mamá, yo tengo que desempacar y no...
— Ava — me interrumpe ella mirándome seriamente —, es para que se conozcan más. Solo será una cena; podrás terminar de desempacar luego.
Una cena, solo una cena, como si fuera tan fácil.
Mis dedos se aprietan alrededor de la manga de mi sudadera mientras siento esa ansiedad dentro de mi pecho.
— Está bien — digo al mismo tiempo que me doy la vuelta para salir por la puerta.
Subo las escaleras y cuando llego a mi habitación, me tumbo en la cama.
Esta cena no la tenía prevista; de haber sabido, habría restringido mucho más la comida los días anteriores.
Cierro los ojos con fuerza mientras mi estómago ruge en protesta.
Tengo hambre. Mucha. Pero el simple pensamiento de sentarme frente a todos y comer hace que el pecho me arda.
Me levanto y voy hacia mi armario; dentro hay un montón de vestidos, pantalones, blusas hermosas, pero estoy segura de que, por muy hermosa que sea la ropa, en mí no se vería bien.
Busco en mi nuevo armario qué ponerme, pero nada me convence. Decido que tengo que ponerme una blusa de manga larga, o las cortas se me van a notar.
Al final opto por un pantalón de tela y una blusa de manga larga color negra. Dejo la ropa en mi cama y voy hacia la ducha.
Enciendo la regadera y dejo que el agua caliente corra por todo mi cuerpo. Cuando por fin termino, me envuelvo en una toalla y salgo del baño.
Me cepillo el pelo; desde pequeña siempre me ha costado aceptar mi cabello ondulado.
Agarro la crema de peinar que está en mi tocador y me la echo en el pelo; luego agarro mi espuma para ondas y me la aplico haciendo el movimiento de definir los rizos.
Voy hacia mi maleta y saco mi difusor; desde que descubrí el difusor, las ondas me quedan mucho mejor y con volumen.
Ha sido un proceso largo aceptar que nunca seré de cabello liso, pero por lo menos ya no me molesta tanto y creo que me empieza a gustar; después de todo, es lo que me hace diferente.
Cuando las ondas ya están secas, voy hacia mi cama y me pongo la ropa. Voy hacia el espejo: grave error.
Enseguida llegan un montón de pensamientos que empiezan a atormentar mi mente.
GORDA, ESA BLUSA TE QUEDA HORRIBLE, TE VES FATAL, NO ESTÁS TAN DELGADA AÚN, TODOS SE VAN A BURLAR DE LO GORDA QUE ESTÁS.
— Ava, ¿ya estás lista? — grita mamá desde las escaleras, lo que consigue sacarme de mis pensamientos.
Agarro mi bolsa y salgo de mi habitación; ellos ya están abajo, parece que la única que faltaba era yo.
— ¡Qué guapa! — dice Marcus.
Yo le dedico una sonrisa.
— Bueno, vamos, que se nos hace tarde y no queremos perder la reservación.
Mi mamá y Marcus salen agarrados del brazo, lo que hace que nos quedemos solos yo y su hijo.
Él no aparta la vista de mí.
— ¿Se te perdió algo?
— Nada, colocha — me hace un gesto con la mano para que pase.
Pongo los ojos en blanco al tiempo que camino para ir hasta donde está el auto.
Me subo en la parte trasera del vehículo. Marcus enciende el motor.
— ¿Gabriel no vendrá con nosotros? — pregunto.
— Él se irá en su auto — dice con un tono amable.
Volteo la cabeza hacia la ventana y dejo que el aire fresco me acaricie.
Me siento abrumada; no quiero llegar, no quiero sentarme y tener que comer. Me clavo las uñas en las manos para calmar la ansiedad. Mi mamá y Marcus están sumergidos en una conversación a la cual no presto atención.
Minutos más tarde llegamos al restaurante. Es un lugar lujoso, demasiado elegante. Las enormes lámparas de cristal iluminan todo con una luz cálida y las mesas perfectamente acomodadas hacen que el lugar parezca sacado de una revista.
Trago saliva.
Una mesera nos guía hasta nuestra mesa mientras siento un nudo formándose en mi estómago. El aroma de la comida invade el ambiente y, por un instante, el hambre golpea con fuerza.
La mesera nos entrega las cartas con una sonrisa amable. Tomo la mía entre las manos, pero apenas puedo concentrarme en las palabras.
Empiezo a ojear la carta: demasiados platillos. Demasiadas calorías. Voy hacia la sección de ensaladas. Sí, una ensalada es la mejor opción.
— ¿Ya saben lo que van a pedir?
— Yo quiero la carne asada — dice Gabriel mientras cierra la carta y se recuesta ligeramente en la silla.
— ¿Y tú, Ava?
— Yo una ensalada de pollo — digo mientras cierro la carta y la hago a un lado.
— Pero hay muchos platillos, Ava; puedes escoger otra cosa.
— Lo sé, pero quiero una ensalada de pollo.
Mamá me mira con una expresión de cansancio; por otra parte, yo fijo mi atención en el mantel perfectamente acomodado sobre la mesa.
La mesera anota nuestras órdenes rápidamente antes de alejarse con una sonrisa amable.
El silencio se instala por unos segundos en la mesa. Marcus y mamá vuelven a conversar entre ellos, mientras Gabriel juega distraídamente con el vaso de agua frente a él.
Yo solo intento controlar la ansiedad que crece poco a poco dentro de mí.
Minutos después, la mesera regresa equilibrando varias bandejas.
El aroma de la comida llena el aire inmediatamente.
Coloca la carne asada frente a Gabriel, el plato de pasta para Marcus y mi mamá —que pidieron lo mismo—, y finalmente deja mi ensalada de pollo frente a mí.
Mi respiración se corta por un instante: no se ve tan pequeña como pensé.
Todos agarran sus cubiertos para empezar a comer, menos yo, que aún sigo viendo mi plato de comida.
Gabriel corta un pedazo de carne antes de mirarme de reojo.
— ¿Pasa algo? — dice Gabriel casi en un murmullo, por lo que estoy segura de que nuestros padres no escucharon.
— ¿Por qué pasaría algo? — digo al tiempo que agarro los cubiertos.
Tú puedes, Ava; yo sé que puedes.
Agarro mi tenedor y empiezo a tomar bocados de comida.
Uno, luego otro, otro más... y entonces esa voz regresa a mí.
“Ava, te vas a poner gorda. Después tendrás que hacer algo para sacar todo lo que comiste, porque no puedes darte el lujo de engordar”.
Las palabras se repiten una y otra vez dentro de mi cabeza hasta hacerme sentir mareada.
— Entonces, ¿cómo va la universidad? — pregunta mamá mirando a Gabriel.
— Bien, aunque este semestre ha sido pesado — responde él antes de darle un sorbo a su bebida —. Casi muero haciendo un proyecto que nos dejaron.
— Eso porque Gabriel hizo todo a última hora.
Ellos continúan hablando entre bromas y conversaciones que apenas logro escuchar. Yo solo asiento de vez en cuando, fingiendo prestar atención mientras empujo la comida alrededor del plato.
Finalmente termino la ensalada y dejo mi tenedor en el plato.
Tengo que sacar todo lo que comí.
— Voy al baño, ya regreso — digo con una sonrisa.
Mamá asiente y me pongo de pie para empezar a caminar hacia el baño. Cuando por fin llego y entro, siento alivio. Me arrodillo frente a la taza del inodoro e introduzco dos dedos en la boca. Empiezan a producirse arcadas hasta que por fin sale todo lo que comí; sigo vomitando hasta que me arde la boca del estómago, y ya no me sale nada más.
Me quedo unos segundos apoyada contra la pared, intentando recuperar el aire. Todo me da vueltas y siento el cuerpo débil.
Con esfuerzo, me incorporo un poco y bajo la llave del inodoro. Voy hacia el lavamanos y tomo un poco de agua con la mano; levanto la vista y veo mi reflejo en el espejo: tengo los ojos ligeramente llorosos y estoy un poco roja.
Me quedo ahí unos segundos, sin saber qué hacer, solo intentando recuperar el aire mientras el mundo parece demasiado grande y yo demasiado pequeña dentro de él.




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