Entre hambre y mariposas

Capitulo 2

Gabriel

Estoy hablando con mi padre y Hanna sobre cómo se conocieron. Cuando mi papá me dijo que había conocido a alguien, me sentí feliz por él. Desde que él y mi madre se separaron, no lo había visto tan feliz; lleva una sonrisa que irradia luz, y aunque no me haga especial ilusión que Hanna y su hija se fueran a vivir tan rápido con nosotros, no me queda más que apoyar a mi padre, así como él lo hace conmigo.
Ava ya lleva rato que se fue al baño y no ha vuelto; esa chica me intriga. Miraba el plato de comida con una expresión que no logro descifrar.
Justo cuando Hanna estaba diciendo que Ava ya se había tardado mucho, aparece y nos dedica una pequeña sonrisa mientras se sienta en la silla.
— ¿Por qué tardaste tanto? — dice Hanna con un tono serio.
— Perdón, el baño estaba ocupado y tuve que esperar a que salieran.
Hanna asiente. La conversación vuelve poco a poco a los temas anteriores.
Desvío la mirada hacia abajo y veo que Ava se está apretando las manos. Me le quedo viendo unos segundos; está nerviosa, lo puedo sentir.
Ava voltea a verme.
— ¿Qué? — dice disimulando los nervios.
— Nada — respondo encogiéndome de hombros.
Pero no dejo de observarla. Hay algo en su mirada que no me termina de gustar, como si estuviera aquí sin estarlo del todo.

— Sí que tienes suerte, amigo — dice Robin desde el otro lado de la pantalla —. ¿Ella se acuerda de ti?
— No, no me reconoció y creo que es mejor así.
— ¿Quién iba a decir que te habías besado con tu ahora hermanastra?
Me tenso al oír esa última palabra. Lo cierto es que aquel día, en esa fiesta, ella y yo nos besamos jugando a la botella, pero nunca me imaginé que sería la hija de la esposa de mi padre.
Es un beso que no me lo he podido sacar de la mente; han pasado tres semanas y aún no logro sacármelo de la cabeza.
Se me hizo raro cuando me vio y no me reconoció, o tal vez sí lo hizo y fingió no hacerlo. Es una chica bastante atractiva: tiene el pelo teñido de color rojo borgoña, sus ojos cafés grandes y con unas pestañas gruesas y largas. No es tan alta pero tampoco tan bajita; calculo que mide alrededor de un metro sesenta.
— ¿Estás ahí? — dice Robin interrumpiendo mis pensamientos.
— Sí, sí… aquí estoy — respondo, intentando volver a la conversación.
— ¿Y entonces qué vas a hacer? ¿Vas a hablar con ella?
— Lo mejor es que se queden las cosas como están. No necesito más problemas, y supongo que mi papá me mataría si se enterara de que besé a la hija de su esposa.
— Buen punto — dice Robin con una expresión seria.
— Me tengo que ir, hablamos después — digo mientras me despido y corto la llamada.
La pantalla del móvil se apaga, pero yo sigo mirándola unos segundos más, como si esperara que la conversación aún estuviera ahí.
Suelto un suspiro bajo y me paso una mano por el rostro. El silencio de la habitación se siente más pesado de lo normal.
Apoyo el móvil sobre la mesa y me quedo quieto, intentando ordenar mis pensamientos… aunque ninguno parece querer quedarse en su lugar.
Me levanto, salgo de mi habitación y bajo las escaleras. Entro en la cocina y, para mi mala suerte, ahí está ella: sentada viendo videos en su teléfono, tiene un vaso con agua a la par.
Ella levanta la mirada y sus ojos se posan en mí, pero inmediatamente los baja otra vez hacia su móvil.
— ¿Te comió la lengua el ratón? — digo mientras voy hacia la nevera y saco la jarra de agua fría que está dentro.
— No — responde al fin, con un tono seco que me molesta.
Sirvo agua en un vaso y cierro la nevera con el pie, apoyándome un segundo en la encimera.
— Ajá… claro — murmuro, con una ligera sonrisa, aunque todavía la observo de reojo.
— Sabes, siento que ya te he visto antes, pero no en dónde — dice posando nuevamente la mirada en mí.
— ¿En serio no lo recuerdas?
— ¿Recordar qué? — dice con una expresión de incredulidad.
— Podría decirte, pero creo que mejor te tendrás que quedar con la duda — respondo mientras tomo un sorbo de agua.
— No me puedes dejar con la duda.
— Estoy haciendo que tu mente piense y pueda recordar, colocha.
— No me digas colocha.
— Está bien, colocha — digo con una sonrisa en mis labios.
Ella me observa unos segundos, como intentando descifrarme, pero al final solo suspira y vuelve a su teléfono.
— ¿Qué ves?
— Historias paranormales — voy a decir algo, pero antes de que hable ella me interrumpe —. Sí, me encantan ver historias paranormales, me parece entretenido, y antes de que digas algo, sí, te soy sincera: no me importa tu opinión.
— Yo no iba a decir nada — digo con expresión de falsa inocencia.
Ella vuelve a posar su mirada en mí.
— ¿Ya me vas a decir de dónde te conozco?
— Déjame pensar… creo que no — respondo, encogiéndome de hombros mientras dejo el vaso en la encimera.
Frunce el ceño, claramente frustrada.
— Eres imposible — murmura, bajando la vista a su teléfono otra vez.
Suelto una leve exhalación por la nariz, como una risa contenida.
— Puede ser — digo simplemente.
Ella se levanta de su asiento y va directo hacia la puerta.
— No te preocupes, no me digas nada, ya lo averiguaré yo sola.
Y con estas últimas palabras desaparece por la puerta de la cocina.
Me quedo en silencio, observando el lugar por donde salió. La tensión se queda flotando en el aire, como si su ausencia hubiera dejado algo sin cerrar del todo.




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