Entre hambre y mariposas

Capitulo 4

Ava

¡No te pases, Ava! —chilla Sofí mientras agarra una almohada y se la pone en la cara—. Si yo hubiera estado en tu lugar, se me dejan de funcionar las piernas con tremendo hombre… ¡papasito!
Hoy es sábado y Sofí ha venido a mi casa. Cuando entró, se quedó con la boca abierta, empezó a gritar y a decirme que esta casa era un sueño.
—Qué suerte la tuya, Ava —dijo cuando entró a mi habitación y vio mi armario.
—Como te decía, me dijo que podíamos repetir el beso.
Dani suelta un grito:
—¡Bésate con él otra vez, pero en mi presencia, porque obvio tengo que verlo con mis propios ojos!
—Estás loca, Sofía. No me voy a volver a besar con él.
—¿Por qué no?
—Porque es el hijo del esposo de mi mamá, y si se llegan a enterar, nos matarían.
—¿Y quién dijo que se tienen que enterar? —dice Sofí, encogiéndose de hombros—. Además, yo sé que tú quieres y él también quiere. Y vida solo hay una, así que sin miedo al éxito.
Pongo los ojos en blanco. Sofía suelta una risa y le lanzo una almohada.
—Oye, qué grosera —dice al tiempo que me tira la misma almohada que le lancé.
Nos empezamos a reír tan fuerte que podría jurar que nuestras risas se escuchan hasta afuera de mi habitación.
—Ya, ya —dice Sofía entre risas mientras se acomoda el cabello—, pero admítelo: quieres volver a besarlo.
—Claro que no —miento demasiado rápido.
—Sí, y yo soy una monja.
Le lanzo otra almohada y ella vuelve a reírse.
—Pero ya dime… ¿besa bien?
—Eso no te lo voy a responder —digo al tiempo que agarro mi celular—. Mi mamá dice que bajemos para comer.
—¿Ava, aún tienes problemas con la comida? —pregunta Sofí con cuidado.
Mi cuerpo se tensa al instante. Bajo la mirada hacia la pantalla de mi teléfono, evitando sus ojos.
—No, ya no, ya dejé eso —digo, intentando que no se escuche la mentira en mi voz.
—Ava…
Odio cuando dice mi nombre así, porque significa que no me cree.
—Te lo juro, estoy bien, solo fue cosa de un momento.
—Espero que así sea; no me gusta que te lastimes.
Me levanto de la cama y Sofí hace lo mismo.
—Bajemos antes de que mi mamá suba por nosotras —digo, tratando de fingir una sonrisa.
Lo cierto es que la voz en mi cabeza no deja de repetirme lo gorda que soy; cada vez que me veo al espejo, no estoy conforme con mi cuerpo.
Sofí me mira por un momento, como si quisiera decir algo más, pero al final solo asiente.
Bajamos las escaleras y, apenas entramos a la cocina, noto que todos ya están sentados en la mesa.
—Pensé que tenía que subir por ustedes —dice mamá con una sonrisa en sus labios.
—¿Qué vamos a comer? —las palabras salen muy rápido de mi boca.
—Lasaña y pan de mantequilla —dice al tiempo que empieza a servir la comida—, y de tomar hice limonada.
Perfecto: pasta, pan y queso.
La voz en mi cabeza empieza a gritar tan fuerte que apenas puedo escuchar la conversación de los demás.
Demasiadas calorías, demasiada comida, no necesitas comer eso.
Aprieto las manos debajo de la mesa mientras mamá deja un plato frente a mí.
—Se ve delicioso —dice Sofí.
Todos empiezan a comer y yo me quedo mirando la comida sin moverme.
—¿No vas a comer? —pregunta Gabriel de repente.
Levanto la vista rápidamente.
—Sí, claro que voy a comer.
Agarro el tenedor y corto un pedazo pequeño de lasaña, obligándome a llevármelo a la boca aunque siento un nudo atorado en la garganta.
Todos empiezan a conversar, pero yo no puedo prestar atención; estoy tan sumergida en los pensamientos que en este momento me ahogan. Miro la lasaña y solo pienso en la grasa, en las calorías, en que tengo que recompensar lo que estoy comiendo.
—Ava —me llama mi madre, interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, ¿qué pasó?
—Marcus te preguntó que si ya habían salido de vacaciones.
—Ah, sí, ya justo la semana pasada salimos.
—Ay, sí —interviene Sofí—. Ya era hora, ya me estaba empezando a estresar.
—¿Estresarte tú? —pregunto soltando una pequeña risa—. Si ni siquiera estudiaste para los exámenes finales.
—Porque soy naturalmente inteligente, cariño; aparte, el que estudia duda de sus conocimientos.
—Te pasas, Sofía.
Marcus suelta una carcajada y Gabriel sonríe un poco.
Las conversaciones continúan entre risas y bromas hasta que, poco a poco, los platos empiezan a vaciarse.
—Estuvo deliciosa la comida —dice Sofí mientras se recuesta en la silla.
Mi mamá empieza a recoger algunos platos mientras todos siguen hablando de cualquier cosa sin importancia.
—Mi mamá ya vino por mí —dice Sofí.
—¿Tan rápido?
—Es que tenemos que ir a ver a mi tía. Gracias por invitarme a comer —dice al tiempo que se levanta de la silla para despedirse de mi mamá con un abrazo.
Me levanto para acompañarla a la puerta mientras ella toma su bolso.
—Me cuentas si el guapote de Gabriel y tú se besan otra vez.
—¡Sofía! —grito, y ella se empieza a reír.
Cuando abre la puerta, todavía se está riendo, y antes de salir me guiña un ojo.
Y sé que tengo que hacer algo para bajar todo lo que comí.
La puerta finalmente se cierra y el silencio invade la casa otra vez, pero la tranquilidad no dura mucho.
Mi mirada baja automáticamente hacia mi estómago y siento cómo la culpa vuelve a instalarse dentro de mí.
Todo empieza a sentirse pesado en mi cuerpo, como si pudiera notar cada caloría recorriéndome por dentro. Aprieto los puños intentando respirar con normalidad.
Tengo que hacer algo para bajar todo lo que comí. El problema es que últimamente he vomitado mucho, así que por más que intento, ya no me sale el vómito.
Entonces recuerdo la máquina de correr que está en el pequeño gimnasio de la casa.
Tal vez si corro lo suficiente pueda deshacerme de todo lo que comí.
Camino hacia el gimnasio y, cuando entro, ahí está la máquina de correr, esperándome. Sonrío al verla. Sin pensarlo demasiado, camino directo hacia ella. Mis dedos tiemblan un poco mientras aprieto los botones y la banda comienza a moverse bajo mis pies.
Empiezo con una velocidad baja y, poco a poco, la voy subiendo hasta que estoy corriendo lo más rápido que puedo.
Necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí, necesito quemar todo lo que comí.
La frase se repite una y otra vez dentro de mi cabeza como un eco imposible de apagar. El aire empieza a faltarme, pero no me detengo.
—Ava, tranquila, te vas a caer —dice Gabriel acercándose a la caminadora.
Ni siquiera lo oí entrar; estaba tan concentrada en seguir corriendo que el mundo a mi alrededor desapareció.
—Ey, ey… baja la velocidad, Ava.
—Déjame en paz —espeto entre respiraciones agitadas.
Él niega con la cabeza y baja un poco la velocidad desde el panel. Pero apenas lo hace, vuelvo a subirla.
—Ava…
—Que me dejes.
La caminadora acelera otra vez y siento cómo mis pies golpean la banda con fuerza desesperada. Gabriel me observa unos segundos, como si estuviera decidiendo qué hacer, hasta que de pronto aprieta el botón rojo y la máquina se detiene.
—¿Qué demonios te pasa? —exclamo furiosa. El tiempo que había puesto en el cronómetro aún no ha sonado, lo que quiere decir que todavía no he quemado lo suficiente.
Intento prender otra vez la caminadora, pero Gabriel no me lo permite.
—¿Qué te pasa? —dice serio—. Estás corriendo desesperadamente, Ava.
—No me pasa nada, solo déjame, no he terminado de correr.
—No, ya fue suficiente. Si sigues así te vas a desmayar.
Me rodea con su brazo por la cintura y me baja de la caminadora; lo hace tan rápido que ni siquiera me da tiempo de apartarlo de mí.
—¡Suéltame! —exclamo intentando alejarme, pero mis piernas tiemblan apenas tocan el suelo.
Gabriel me sostiene con más firmeza al notar que casi pierdo el equilibrio.
—¿Ves? —dice con el ceño fruncido—. Apenas puedes mantenerte de pie.
Mi pecho sube y baja rápidamente mientras intento recuperar el aire.
—Estoy bien.
—Deja de decir eso cuando claramente no lo estás.
Sus palabras salen más suaves esta vez: menos molestas y más preocupadas.
—Ya me voy a mi cuarto —digo mientras me doy la vuelta y agarro mi teléfono.
Pero Gabriel se mueve rápido y se pone frente a mí, impidiéndome pasar.
—¿No me vas a decir qué te pasa?
—No me pasa nada, y si me pasara algo, no tengo por qué decírtelo a ti. Déjame en paz.
Lo rodeo para poder salir del gimnasio y subo las escaleras para entrar a mi habitación.
Ahora que lo pienso, qué bueno que fue él quien me vio y no mi mamá; ya me imagino todas las preguntas que me hubiera hecho.
Voy hacia el espejo y me levanto la blusa; mis dedos recorren mi cintura, mi abdomen, buscan defectos que probablemente nadie más nota, pero que para mí son muy evidentes.
Trago saliva y aparto la mirada antes de acercarme al armario. Abro una de las puertas y saco la pesa que escondo entre unas cajas al fondo; la sostengo entre mis manos por unos segundos mientras la culpa vuelve a apretarme el pecho.
La dejo con cuidado en el suelo y la enciendo. La pantalla se ilumina de inmediato.
Subo lentamente a la pesa y bajo la mirada hacia los números, sintiendo cómo mi corazón empieza a latir cada vez más rápido mientras espero que aparezca el resultado.
48.1
48.1
48,1
Ese número empieza a sonar como eco en mi cabeza. No, no, no, no, no, no, no, no, no puede ser, eso es mucho, tengo que bajar más.
Vuelvo hacia el espejo y me agarro del abdomen desesperadamente, mientras la voz de mi cabeza empieza a sonar:
Inútil.
Gorda.
Fea.
No servís para nada.
Cierro los ojos con fuerza y aprieto la mandíbula, intentando hacer que se calle, pero solo se vuelve más fuerte, más cruel.
Siento un nudo formarse en mi garganta mientras sigo mirándome al espejo, incapaz de reconocer algo bueno en mi propio reflejo. Cierro los ojos con fuerza y siento cómo las lágrimas bajan por mis mejillas.
Tengo que restringir más la comida, no puedo subir de peso, tengo que bajar más, voy a bajar más.
Me dejo caer lentamente al suelo, abrazando mis piernas contra mi pecho mientras intento controlar la respiración, pero no importa cuánto llore, no importa cuánto me esfuerce. Nunca parece ser suficiente para mí misma.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.