Ava
El sonido de las cajas golpeando el suelo me estaba volviendo loca.
— Ava, deja eso y ven un momento — grita mi mamá desde la planta baja.
Suelto un suspiro pesado mientras observo mi nueva habitación.
Grande, demasiado grande.
Las paredes blancas, las ventanas enormes y el baño privado deberían emocionarme, pero lo único que puedo pensar es que odio este lugar. Odio la idea de vivir aquí. Odio tener que compartir casa con desconocidos.
Mi mirada recorre el espejo que está junto a mi armario.
Mis ojos recorren automáticamente mi cuerpo: mis piernas, mi abdomen, mis brazos.
Te ves horrible.
Aparto la mirada rápidamente.
Bajo las escaleras intentando ignorar la voz que me atormenta.
Entro a la cocina y me encuentro con mi mamá sonriendo junto a un hombre alto de cabello oscuro.
— Ava, déjame presentarte a Marcus — dice mi madre con una sonrisa en sus labios.
El hombre me tiende la mano junto a una sonrisa amable.
— Mucho gusto, por fin tengo el honor de conocer a la famosa Ava.
Yo le estrecho la mano y le doy una sonrisa, o bueno, un intento de sonrisa.
Entonces alguien entra a la cocina. Cabello oscuro, ojos color miel, alto. Desvío la mirada rápidamente.
Siento que lo conozco de alguna parte, pero no recuerdo de dónde.
— Gabriel, ella es Ava.
— La famosa hija de Hanna — dice interrumpiendo a su padre.
Él me echa un chequeo rápido antes de levantar una ceja.
— Qué interesante, parece que ahora todos vamos a ser una familia — dice con un tono sarcástico mientras me rodea para ir hacia el refrigerador.
— No es así, hermanita.
— No me vuelvas a decir hermanita. ¿Entendido?
— Siempre eres así, tan sangrona.
— ¿Disculpa? Y tú eres igual de amable, claro.
— Ya basta — nos dice Marcus con un tono muy serio —. Ahora todos vamos a vivir juntos, así que lo mejor es que aprendan a llevarse bien.
Gabriel rueda los ojos, mientras apoya sus brazos en la encimera.
— Yo sí lo estoy intentando.
— Claro, se nota muchísimo — murmuro.
Su mirada se cruza con la mía y esa pequeña sonrisa aparece en sus labios.
— Tengo que ir a desempacar, voy a subir a mi habitación — digo al mismo tiempo que me dirijo a la salida.
— Ava, vamos a ir a cenar esta noche, así que tienes que estar lista.
Cenar, no puede ser, eso no. No quiero ir a cenar, no puedo comer. Piensa en algo rápido, Ava.
— Mamá, yo tengo que desempacar y no...
— Ava — me interrumpe ella mirándome seriamente — es para que se conozcan más. Solo será una cena; podrás terminar de desempacar luego.
Una cena, solo una cena, como si fuera tan fácil.
Mis dedos se aprietan alrededor de la manga de mi sudadera mientras siento esa ansiedad dentro de mi pecho.
— Está bien — digo al mismo tiempo que me doy la vuelta para salir por la puerta.
Subo las escaleras y cuando llego a mi habitación, me tumbo en la cama.
Esta cena no la tenía prevista; de haber sabido, habría restringido mucho más la comida los días anteriores.
Cierro los ojos con fuerza mientras mi estómago ruge en protesta.
Tengo hambre. Mucha. Pero el simple pensamiento de sentarme frente a todos y comer hace que el pecho me arda.
Me levanto y voy hacia mi armario; dentro hay un montón de vestidos, pantalones, blusas hermosas, pero estoy segura de que, por muy hermosa que sea la ropa, en mí no se vería bien.
Busco en mi nuevo armario qué ponerme, pero nada me convence. Decido que tengo que ponerme una blusa de manga larga, o las cortadas se me van a notar.
Al final opto por un pantalón de tela y una blusa de manga larga color negra. Dejo la ropa en mi cama y voy hacia la ducha.
Enciendo la regadera y dejo que el agua caliente corra por todo mi cuerpo. Cuando por fin termino, me envuelvo en una toalla y salgo del baño.
Me cepillo el pelo; desde pequeña siempre me ha costado aceptar mi cabello ondulado.
Agarro la crema de peinar que está en mi tocador y me la echo en el pelo; luego agarro mi espuma para ondas y me la aplico haciendo el movimiento de definir los rizos.
Voy hacia mi maleta y saco mi difusor; desde que descubrí el difusor, las ondas me quedan mucho mejor y con volumen.
Ha sido un proceso largo aceptar que nunca seré de cabello liso, pero por lo menos ya no me molesta tanto y creo que me empieza a gustar; después de todo, es lo que me hace diferente.
Cuando las ondas ya están secas, voy hacia mi cama y me pongo la ropa. Voy hacia el espejo: grave error.
Enseguida llegan un montón de pensamientos que empiezan a atormentar mi mente.
GORDA, ESA BLUSA TE QUEDA HORRIBLE, TE VES FATAL, NO ESTÁS TAN DELGADA AÚN, TODOS SE VAN A BURLAR DE LO GORDA QUE ESTÁS.
— Ava, ¿ya estás lista? — grita mamá desde las escaleras, lo que consigue sacarme de mis pensamientos.
Agarro mi bolsa y salgo de mi habitación; ellos ya están abajo, parece que la única que faltaba era yo.
— ¡Qué guapa! — dice Marcus.
Yo le dedico una sonrisa.
— Bueno, vamos, que se nos hace tarde y no queremos perder la reservación.
Mi mamá y Marcus salen agarrados del brazo, lo que hace que nos quedemos solos yo y su hijo.
Él no aparta la vista de mí.
— ¿Se te perdió algo?
— Nada, colocha — me hace un gesto con la mano para que pase.
Pongo los ojos en blanco al tiempo que camino para ir hasta donde está el auto.
Me subo en la parte trasera del vehículo. Marcus enciende el motor.
— ¿Gabriel no vendrá con nosotros? — pregunto.
— Él se irá en su auto — dice con un tono amable.
Volteo la cabeza hacia la ventana y dejo que el aire fresco me acaricie.
Me siento abrumada; no quiero llegar, no quiero sentarme y tener que comer. Me clavo las uñas en las manos para calmar la ansiedad. Mi mamá y Marcus están sumergidos en una conversación a la cual no presto atención.
Editado: 28.08.2026