Entre hambre y mariposas

Capítulo 3

Ava

—¿Y está guapo? —pregunta Sofía; a través de la pantalla puedo ver esa sonrisa pícara que me dedica.

—No lo sé —digo con aburrimiento—. Sabes, se me hace conocido, pero no sé de dónde. Al principio creí que estaba loca y que me lo estaba imaginando, pero luego él me lo confirmó, solo que no quiso decirme de dónde nos conocíamos.

—Mándame una foto de él o dame su Instagram y yo lo busco.

Le doy el usuario a Sofía; obvio tenía que investigarlo, y más sabiendo que él y yo ya nos hemos visto. Intenté hacer memoria, pero nada, no recordaba dónde lo había visto.

Sofía lo busca, está compartiendo pantalla —siempre lo hace cuando investigamos a alguien o me quiere enseñar algo—. Se mete a su perfil y busca una foto.

—Madre mía, qué guapo y qué cuerpazo tiene.

—Sofía —grito mientras suelto una risa.

—Mmm, sabes, a mí también se me hace conocido —dice mientras sigue bajando para ver las demás fotos. Se detiene en una donde aparece él en una fiesta con dos chicos más, muy guapos también.

—Ava, Ava, creo que ya sé quién es —dice con un tono de susto en su voz—. No vayas a entrar en pánico, es solo una suposición, creo.

—Dime ya, Sofi.

—¿Te acuerdas cuando fuimos a la fiesta del amigo de Mauricio?

—Sí, ¿cómo olvidarlo?

—Supongo que también recuerdas cuando jugamos a la botella, ¿no es así?

—Sííí —respondo mientras intento descifrar a dónde va todo esto.

—Bueno, pues a ti te tocó besar a un chico, y yo creo que es él.

Repaso en mi mente las escenas de aquel día, como piezas desordenadas de un recuerdo que de pronto encaja demasiado bien… el ruido de la música, las risas, el giro de la botella… y ese beso, ese beso tan bueno.

—¿Crees que sea posible que yo…? —ni siquiera termino la frase.

—Yo creo que sí —responde Sofi con calma, como si estuviera completamente segura—. Pero ve el lado bueno; al menos no son tan desconocidos, porque ya compartieron saliva.

Me quedo en silencio.

La miro sin entender si está bromeando o si realmente está hablando en serio. El comentario me cae pesado, como si de pronto todo lo de aquella noche se hubiera vuelto más grande de lo que debería.

—No es gracioso —murmuro al fin, apartando la mirada.

Sofi suspira y cruza los brazos.

—No lo estoy intentando hacer gracioso. Solo digo lo que es.

El ambiente cambia. Ya no suena a conversación ligera, sino a algo que empieza a incomodar de verdad.

Trago saliva, intentando ordenar mis pensamientos otra vez… pero ese recuerdo vuelve a interrumpirlo todo, insistente, imposible de ignorar.

De pronto, unos golpes suenan en mi puerta.

—¿Puedo pasar? —pregunta mamá, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sí, pasa.

Mamá entra en mi habitación y va justo hasta donde estoy.

—Ah, Sofía, ahí estás —dice mamá, saludándola con la mano.

—Hola Hanna, ¿cómo va todo? —dice Sofi con una sonrisa en los labios.

—Súper bien —contesta mamá, devolviéndole la sonrisa mientras mira alrededor de la habitación—. Solo vine a ver cómo estaban y a decirte Ava si puedes bajar para ayudarme a cocinar unas galletas.

Lo que me faltaba: cocinar.

—Sí, claro, ahora bajo.

Mamá se despide de Sofi y sale de mi habitación.

—Oye, y cambiando de tema, ¿cómo vas con el tema de la…? —no dejo que termine esa pregunta.

—Sofía, no quiero hablar de eso, y lo mejor es que baje a ayudar a mi mamá. ¿Te parece si hablamos luego?

Sofía asiente y me dedica una mirada de preocupación. Me despido de ella y cierro mi computadora, me levanto de la silla y voy hacia la puerta para bajar las escaleras.

Cuando entro a la cocina, veo a Marcus y Gabriel platicando y sonriendo; por lo poco que he podido ver, creo que sí son cercanos.

Ellos levantan la mirada hacia donde estoy.

—Ava, qué bueno que bajaste.

Le dedico una media sonrisa. Voy directamente hacia donde está mi mamá, que ya tiene la masa lista para las galletas.

—¿En qué te ayudo? —digo mientras repaso con la vista todos los ingredientes.

—Ayúdame a hacer bolitas con la masa y a echarles chispitas de chocolate.

Chispitas de chocolate. Esa palabra resuena en mi cabeza y los pensamientos vienen a mí demasiado rápido.

«Las chispitas de chocolate tienen demasiada azúcar; estarían mejor si no les echáramos las chispitas. ¿Cuántas calorías tendrá una sola galleta?»

Bajo la mirada hacia el tazón, intentando concentrarme en lo que estoy haciendo, pero mi mente no coopera.

Aprieto la masa entre los dedos con más fuerza de la necesaria y me obligo a respirar hondo, como si eso pudiera callar el ruido en mi cabeza.

Empiezo a hacer las bolitas y las coloco en una bandeja. Mientras tanto, Marcus y Gabriel aún siguen hablando de cómo les ha ido en la universidad y un sinfín de cosas más.

Minutos más tarde, cuando ya tenemos todas las bolitas de masa hechas, mi mamá las mete en el horno.

El calor empieza a expandirse poco a poco por la cocina.

—Ahora solo hay que esperar —dice ella, limpiándose las manos con un trapo.

—Voy a subir a mi habitación.

—¿No vas a esperar a que estén las galletas? —pregunta mamá.

—No, luego bajo por ellas —digo, a la vez que me doy la vuelta para salir de la cocina y encaminarme hacia mi habitación.

Cuando llego a mi habitación, agarro mi móvil y entro al perfil de Gabriel. ¿Debería hablar con él sobre este tema o dejarlo pasar y hacer como si no recordara nada?

¿Él se acordará del beso? Obvio que sí; si se acuerda de mí, supongo que también de ese beso. No quiero ni imaginarme en los problemas en los que nos podemos meter si nuestros padres llegan a enterarse.

Voy hacia mi estantería y saco el libro que me estoy leyendo; lo primero que desempaque fueron mis libros y los acomodé en el estante que pusieron en mi cuarto. Amo demasiado leer, es mi pasatiempo favorito; me encanta perderme en las páginas y en mundos diferentes, sumergirme en las historias de amor tan hermosas y soñar con que algún día algo así me pase a mí.




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