Ava
—¡No te pases, Ava! —chilla Sofí mientras agarra una almohada y se la pone en la cara—. Si yo hubiera estado en tu lugar, me dejan de funcionar las piernas con tremendo hombre… ¡papasito!
Hoy es sábado y Sofí ha venido a mi casa. Cuando entró, se quedó con la boca abierta, empezó a gritar y a decirme que esta casa era un sueño.
—Qué suerte la tuya, Ava —dijo cuando entró a mi habitación y vio mi armario.
—Como te decía, me dijo que podíamos repetir el beso.
Dani suelta un grito:
—¡Bésate con él otra vez, pero en mi presencia, porque obvio tengo que verlo con mis propios ojos!
—Estás loca, Sofía. No me voy a volver a besarme con él.
—¿Por qué no?
—Porque es el hijo del esposo de mi mamá, y si se llegan a enterar, nos matarían.
—¿Y quién dijo que se tienen que enterar? —dice Sofí, encogiéndose de hombros—. Además, yo sé que tú quieres y él también quiere. Y vida solo hay una, así que sin miedo al éxito.
Pongo los ojos en blanco. Sofía suelta una risa y le lanzo una almohada.
—Oye, qué grosera —dice al tiempo que me tira la misma almohada que le lancé.
Nos empezamos a reír tan fuerte que podría jurar que nuestras risas se escuchan hasta afuera de mi habitación.
—Ya, ya —dice Sofía entre risas mientras se acomoda el cabello—, pero admítelo: quieres volver a besarlo.
—Claro que no —miento demasiado rápido.
—Sí, y yo soy una monja.
Le lanzo otra almohada y ella vuelve a reírse.
—Pero ya dime… ¿besa bien?
—Eso no te lo voy a responder —digo al tiempo que agarro mi celular—. Mi mamá dice que bajemos para comer.
—¿Ava, aún tienes problemas con la comida? —pregunta Sofí con cuidado.
Mi cuerpo se tensa al instante. Bajo la mirada hacia la pantalla de mi teléfono, evitando sus ojos. Es obvio que Sofía sabe algo, es mi mejor amiga y prácticamente nos contamos todo.
—No, ya no, ya dejé eso —digo, intentando que no se escuche la mentira en mi voz.
—Ava…
Odio cuando dice mi nombre así, porque significa que no me cree.
—Te lo juro, estoy bien, solo fue cosa de un momento.
—Espero que así sea; no me gusta que te lastimes.
Me levanto de la cama y Sofí hace lo mismo.
—Bajemos antes de que mi mamá suba por nosotras —digo, tratando de fingir una sonrisa.
Lo cierto es que la voz en mi cabeza no deja de repetirme lo gorda que soy; cada vez que me veo al espejo, no estoy conforme con mi cuerpo.
Sofí me mira por un momento, como si quisiera decir algo más, pero al final solo asiente.
Bajamos las escaleras y, apenas entramos a la cocina, noto que todos ya están sentados en la mesa.
—Pensé que tenía que subir por ustedes —dice mamá con una sonrisa en sus labios.
—¿Qué vamos a comer? —las palabras salen muy rápido de mi boca.
—Lasaña y pan de mantequilla —dice al tiempo que empieza a servir la comida—, y de tomar hice limonada.
Perfecto: pasta, pan y queso.
La voz en mi cabeza empieza a gritar tan fuerte que apenas puedo escuchar la conversación de los demás.
Demasiadas calorías, demasiada comida, no necesitas comer eso.
Aprieto las manos debajo de la mesa mientras mamá deja un plato frente a mí.
—Se ve delicioso —dice Sofí.
Todos empiezan a comer y yo me quedo mirando la comida sin moverme.
—¿No vas a comer? —pregunta Gabriel de repente.
Levanto la vista rápidamente.
—Sí, claro que voy a comer.
Agarro el tenedor y corto un pedazo pequeño de lasaña, obligándome a llevármelo a la boca aunque siento un nudo atorado en la garganta.
Todos empiezan a conversar, pero yo no puedo prestar atención; estoy tan sumergida en los pensamientos que en este momento me ahogan. Miro la lasaña y solo pienso en la grasa, en las calorías, en que tengo que recompensar lo que estoy comiendo.
—Ava —me llama mi madre, interrumpiendo mis pensamientos.
—Sí, ¿qué pasó?
—Marcus te preguntó que si ya habían salido de vacaciones.
—Ah, sí, ya justo la semana pasada salimos.
—Ay, sí —interviene Sofí—. Ya era hora, ya me estaba empezando a estresar.
—¿Estresarte tú? —pregunto soltando una pequeña risa—. Si ni siquiera estudiaste para los exámenes finales.
—Porque soy naturalmente inteligente, cariño; aparte, el que estudia duda de sus conocimientos.
—Te pasas, Sofía.
Marcus suelta una carcajada y Gabriel sonríe un poco.
Las conversaciones continúan entre risas y bromas hasta que, poco a poco, los platos empiezan a vaciarse.
—Estuvo deliciosa la comida —dice Sofí mientras se recuesta en la silla.
Mi mamá empieza a recoger algunos platos mientras todos siguen hablando de cualquier cosa sin importancia.
—Mi mamá ya vino por mí —dice Sofí.
—¿Tan rápido?
—Es que tenemos que ir a ver a mi tía. Gracias por invitarme a comer —dice al tiempo que se levanta de la silla para despedirse de mi mamá con un abrazo.
Me levanto para acompañarla a la puerta mientras ella toma su bolso.
—Me cuentas si el guapote de Gabriel y tú se besan otra vez.
—¡Sofía! —grito, y ella se empieza a reír.
Cuando abre la puerta, todavía se está riendo, y antes de salir me guiña un ojo.
La puerta finalmente se cierra y el silencio invade la casa otra vez, pero la tranquilidad no dura mucho.
Mi mirada baja automáticamente hacia mi estómago y siento cómo la culpa vuelve a instalarse dentro de mí.
Todo empieza a sentirse pesado en mi cuerpo, como si pudiera notar cada caloría recorriéndome por dentro. Aprieto los puños intentando respirar con normalidad.
Tengo que hacer algo para bajar todo lo que comí. El problema es que últimamente he vomitado mucho, así que por más que intento, ya no me sale el vómito.
Entonces recuerdo la máquina de correr que está en el pequeño gimnasio de la casa.
Tal vez si corro lo suficiente pueda deshacerme de todo lo que comí.
Camino hacia el gimnasio y, cuando entro, ahí está la máquina de correr, esperándome. Sonrío al verla. Sin pensarlo demasiado, camino directo hacia ella. Mis dedos tiemblan un poco mientras aprieto los botones y la banda comienza a moverse bajo mis pies.
Editado: 28.08.2026