Ava
Me enjuago la boca con agua, miro mi reflejo, parezco cansada, cada vez me aparecen más ojeras.
Hoy después de haber cenado, subí a mi cuarto e intenté provocarme el vómito; sorprendentemente esta vez sí funcionó, y eso me hizo sentir aliviada.
Salgo del baño y voy directo hacia el espejo, empiezo a recorrer mi cuerpo, a medirme las muñecas, a ver mi abdomen. Veo el pantalón de pijama que tengo, me queda un poco flojo; estos días he intentado evitar la comida lo más que puedo. Le digo a mamá que si puedo comer en mi cuarto o intento dormirme en las tardes para saltarme el almuerzo y solo hacer una comida al día. Es complicado porque ahora que estoy de vacaciones ya no tengo la excusa de que regreso cansada del colegio, pero supongo que ya me volví profesional mintiéndole, porque ella no parece sospechar nada.
Me veo en el espejo y aunque vea que mis pantalones me quedan flojos, no es suficiente, nunca es suficiente.
Voy directo hacia mi mesita de noche y abro el primer cajón y saco un frasco blanco.
“Control de apetito” dice la etiqueta. Agarro una y tomo agua, ignorando el vacío en mi estómago. Las pastillas ayudan a que casi no sienta hambre y, por un momento, eso me da tranquilidad. Como si estuviera haciendo algo bien. Como si tener el estómago vacío fuera una especie de logro.
Últimamente todo gira alrededor de la comida: controlar lo que como, controlar mi cuerpo, hacer cosas compensatorias si es que ingiero comida.
Y lo peor es que mi mente ya empieza a verlo como algo normal. Como una rutina silenciosa que nadie más nota. Me dejo caer sobre la cama, agotada, cansada física y mentalmente.
El techo borroso sobre mi cabeza, el cuerpo pesado, la garganta todavía ardiendo un poco.
Cierro los ojos intentando descansar, pero mi cabeza no se calla. Nunca se calla. Pienso en las calorías de la cena, en si debí comer menos, en que mañana tendré que comer porque es el cumpleaños de mi tía.
Y entre todos esos pensamientos aparece la voz de Gabriel, preguntando sobre mis libros, cuáles eran mis cosas favoritas, escuchándome como si realmente le interesara cada palabra que decía. Aprieto los ojos con fuerza.
Porque odio que, incluso en medio de todo este desastre, pensar en él consiga hacerme sentir un poco más tranquila.
Cierro los ojos y intento descansar. La habitación está en silencio, pero mi mente no. Los pensamientos siguen moviéndose rápido, desordenados.
Me acomodo mejor entre las sábanas y abrazo una almohada contra mi pecho, intentando concentrarme solo en respirar.
Poco a poco el cansancio empieza a pesar más que todo lo demás, y al final logro quedarme dormida.
Me despierto con el sonido molesto de mi alarma resonando por toda la habitación.
Suelto un quejido y estiro el brazo hasta encontrar el teléfono sobre la mesa de noche para apagarla. Por unos segundos me quedo inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y el cansancio. Mi cuerpo sigue pesado y tengo la garganta seca; parpadeo varias veces mientras observo la luz tenue que entra por la ventana.
La misma sensación incómoda en el pecho aparece apenas soy consciente de mí misma otra vez.
Pienso en comida antes incluso de levantarme de la cama. En qué excusa voy a usar hoy; suspiro y me siento lentamente al borde de la cama, pasando una mano por mi rostro.
Quedamos en ir a almorzar hoy para celebrar el cumpleaños de mi tía, así que voy hacia el baño y me pego una ducha rápidamente. Salgo envuelta en una toalla dejando al descubierto las marcas que tengo en los brazos.
Mi madre me mostró el vestido, y claro, es bonito, pero en el fondo yo sé que no se vería bien, no tengo el cuerpo para lucirlo. Aparte, el vestido no era de mangas largas, eso significa que las marcas de mi brazo quedarían visibles.
Paso los dedos por mi antebrazo casi por reflejo, como intentando comprobar que siguen ahí, aunque sé perfectamente que sí.
Me da pena no usarlo porque mi mamá lo compró con tanta ilusión, pero… Saco el vestido de mi clóset y lo tiendo en mi cama; me quedo observándolo un momento.
Porque quiero usarlo, quiero sentirme bonita con algo así, quiero verme al espejo sin encontrar defectos de inmediato. A veces me pregunto en qué momento empecé a odiar tanto mi propio cuerpo. En qué momento verme al espejo dejó de ser algo normal y se convirtió en una batalla diaria.
Bajo la mirada y suspiro despacio. Tal vez mamá vea un vestido bonito, pero yo solo veo todas las razones por las que no debería ponérmelo. Vuelvo a mirar el vestido y cierro los ojos un momento.
Tal vez no me guste cómo se me verá, pero sé que mi mamá lo compró con tanta ilusión que me da pena no ponérmelo.
Suelto un suspiro y vuelvo a tomar el vestido entre mis manos; supongo que puedo soportarlo por algunas horas.
Voy hacia mi clóset otra vez y busco una chaqueta; ya que el vestido no tiene mangas, voy a tener que usar una chaqueta para ocultar las marcas de mis brazos. Después de unos minutos encuentro una que combina más o menos y la dejo sobre la cama junto al vestido. No es exactamente como quería verme, pero al menos me hace sentir un poco más tranquila.
Una vez termino de arreglarme el pelo, procedo a maquillarme un poco; amo maquillarme, amo hacerme las pestañas, aunque a veces me estreso porque no quedan como me gustaría.
—Por favor, cooperen hoy… —murmuro acercándome más al espejo.
Después de unos intentos finalmente quedan lo suficientemente bien como para dejar de pelear conmigo misma. Me observo unos segundos en el espejo; el maquillaje ayuda, hace que las ojeras se noten menos, que mi rostro parezca un poco más despierto.
Y aunque la inseguridad sigue ahí, escondida debajo de todo, por un instante logro sentirme un poco bonita.
Voy hacia mi cama para coger mi ropa y cambiarme, tomo el vestido con cuidado y por un momento vuelvo a quedarme quieta observándolo entre mis manos.
Editado: 28.08.2026