Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

Harina navideña

Habían pasado exactamente veintiún días desde que el mundo de Clare Montgomery se quedó sin sentido. No es que se hubiera quedado sorda, sino que el ruido de la vida, ese murmullo constante de su madre trajinando en la cocina, se había apagado de golpe.

Eleanor Montgomery no era solo la dueña de la pastelería más famosa de Willow Creek; era el motor del pueblo. Había muerto de la misma forma en que vivió: con las manos manchadas de harina y el olor a manzanas asadas flotando en el aire. Un ataque al corazón, dijeron los médicos. Un final rápido para una mujer que nunca supo ir despacio.

Clare estaba ahora sola en la cocina de la parte trasera del local. Eran las cinco de la mañana y la luz azulada del amanecer de Tennessee se filtraba por los ventanales altos, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. La cocina, que siempre le había parecido el lugar más acogedor de la tierra, ahora se sentía inmensa y fría.

Se quedó mirando el gran saco de harina de cincuenta kilos que reposaba en un rincón. Su madre solía levantarlo como si no pesara nada, con esa fuerza que solo tienen las mujeres que han trabajado la tierra y el horno toda su vida. Clare, en cambio, se sentía como una extraña en su propia casa. Sus manos eran largas y finas, y aunque amaba el dulce, siempre había sido la "ayudante patosa". La que tiraba el azúcar, la que se tropezaba con el cable de la batidora y la que quemaba las galletas si se distraía mirando un pájaro por la ventana.

—Veintiún días, mamá —susurró Clare al aire. Su voz sonó pequeña, casi asustada—. No sé si puedo hacer esto. El pueblo espera tus bollos de canela y yo ni siquiera encuentro la levadura.

Se acercó a la mesa de trabajo de mármol frío. Allí estaba el cuaderno rojo de recetas de su madre. Era un libro viejo, con las esquinas desgastadas y manchas de grasa y mermelada en casi todas las páginas. Era el tesoro de la familia, el mapa que Clare debía seguir si quería que la pastelería no cerrara sus puertas para siempre. Su abuela fue pastelera y su bisabuela también.

Con un suspiro, Clare abrió el cuaderno. La letra de su madre era firme y clara, llena de notas al margen como "un poco más de sal si el día es húmedo" o "no escatimar en la canela, Clare, la gente quiere sentir el calor".

Decidió empezar por algo sencillo: los bollos de canela clásicos. Tomó un bol de cerámica azul, el favorito de su madre, y lo puso sobre la mesa. Fue a buscar la harina, pero al girarse, su pie se enganchó en el dobladillo de su delantal, que le quedaba un poco grande.

—¡Ay! —exclamó, mientras sus brazos empezaban a hacer aspavientos.

En su intento por recuperar el equilibrio, su codo golpeó el bol de cerámica. Lo vio caer en cámara lenta. El sonido del barro rompiéndose contra el suelo de baldosas fue como una explosión en el silencio de la madrugada.

Clare se quedó inmóvil, mirando los trozos azules esparcidos por el suelo. Sintió que las lágrimas, esas que había estado intentando contener para mostrarse fuerte ante el pueblo, empezaban a nublarle la vista. No era solo un bol; era el último rastro de la rutina de su madre.

Se arrodilló para recoger los pedazos, pero en su torpeza, uno de los bordes afilados le hizo un pequeño corte en el dedo índice.

—Estupendo. Simplemente perfecto —murmuró, llevándose el dedo a la boca.

Se sentó en el suelo frío, rodeada de pedazos de cerámica y restos de su dignidad. En ese momento, se dio cuenta de que Willow Creek no era solo un lugar pintoresco; era una pecera. Y ella era el pez que no sabía nadar. Sus padres habían dado su vida por ese local, y ahora ella, la hija que siempre volvía a casa con las rodillas raspadas, era la única responsable.

Pasó media hora sentada allí, escuchando cómo el pueblo empezaba a despertar. Oyó el motor del camión de la leche pasando por la calle principal y el trino de los pájaros en el gran roble del patio trasero. El duelo no era un túnel del que se salía rápido; era una niebla que te envolvía y te hacía olvidar hacia dónde ibas.

Cada día era más dificil que el anterior.La gente le había mentido. Nada era se hacía más facil con el pasar de los dias.

Eso fue una jodida mentira para sacarla del cementerio aquel día.

Su madre, Eleonor, no sufría de absolutamente nada.

Entonces ahí estaba la pregunta que torturaba a Clare...¿Por qué?

Finalmente, se puso en pie. Limpió el desastre con cuidado, se puso una tirita en el dedo y volvió a mirar el cuaderno rojo.

—No voy a dejar que se pierda, mamá. Aunque tenga que quemar mil bandejas —prometió.

Intentó concentrarse en la masa. Mezcló la leche tibia con la levadura, viendo cómo empezaba a burbujear. Era un proceso mágico, algo que siempre la había fascinado de niña. Pero su mente volvía una y otra vez al funeral, a la cantidad de gente que había ido a despedir a Eleanor y a cómo todos la miraban a ella con una mezcla de lástima y duda. "¿Podrá la pequeña Clare llevar el negocio?", susurraban en el cementerio. "Es tan distraída, pobre chica".

Clare apretó los puños y empezó a amasar. La masa estaba pegajosa y se le pegaba a los dedos, al delantal y, de alguna forma que no comprendía, hasta en el pelo. Estaba luchando con una bola de masa especialmente rebelde cuando sonó la campana de la puerta delantera.

Era demasiado temprano para clientes. Clare se limpió las manos en el delantal, dejando una estela blanca de harina, y caminó hacia la entrada.

Al abrir la puerta, se encontró con cuatro figuras que conocía de toda la vida. Eran las Damas del Jazmín: Mabel, Dorothy, Ruth y Eleanor (llamada así en honor a su madre). Estaban allí plantadas, con sus abrigos de lana y sus bolsos apretados contra el pecho, mirándola con una intensidad que daba miedo.

—¿Veintiún días son suficientes, no creéis, chicas? —dijo Mabel, la líder indiscutible del grupo, entrando en la tienda sin esperar invitación.




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