El día del mercado en Willow Creek no era un evento cualquiera; era el corazón del pueblo. Antes de que el sol terminara de salir por las colinas de Tennessee, el aire ya olía a cuero, a verduras frescas y a la madera vieja de los puestos que los granjeros armaban en la plaza. Para Clare, sin embargo, ese día se sentía como una condena.
Eran las siete de la mañana y la pastelería Montgomery estaba llena de movimiento, aunque casi todo eran las Damas del Jazmín dándole órdenes distintas a Clare.
—¡Clare, los roles de canela necesitan más glaseado! —gritaba Ruth desde el mostrador—. Si la gente no se ensucia los dedos, es que no tienen suficiente azúcar.
—¡Ni se te ocurra, Ruth! —respondía Mabel desde la cocina—. El glaseado debe verse bien, no ser una inundación. Clare, usa la manga pastelera con cuidado. No queremos que parezca que un pájaro ensució la bandeja.
Clare suspiró, apretando la manga con tanta fuerza que un chorro de crema blanca salió disparado hacia atrás y le cayó directo en el hombro.
—Estupendo —masculló Clare—. Ahora soy un pastel con patas.
—No te preocupes, querida —dijo Dorothy, acercándose con un trapo húmedo—. El amarillo de tu delantal combina con el blanco. Parece que lo hiciste a propósito.
Clare sabía que Dorothy mentía, pero agradeció el gesto. Estaba muy nerviosa. Había logrado sacar tres bandejas de roles y dos de galletas de avena sin quemar nada, lo cual ya era un récord para ella. Pero el verdadero reto era salir allá afuera, enfrentar a los vecinos que la conocían desde bebé y, lo peor de todo, ver a Jack Miller.
Desde que Mabel mencionó que el Sheriff andaba preguntando por ella, Clare no dejaba de pensar en él. Jack era tres años mayor que ella. Recordaba que en la escuela él era el capitán del equipo de fútbol americano, el chico que siempre tenía una sonrisa tranquila y que sabía qué hacer en cada situación. Mientras ella era la chica que se quedaba encerrada en el laboratorio de química o la que se caía por las escaleras de la biblioteca, Jack era el ejemplo de la seguridad.
—Clare, saca la bandeja de galletas al mostrador de la ventana —ordenó Mabel—. El mercado está por empezar y necesitamos que el olor atraiga a los clientes.
Clare tomó la bandeja de metal. Estaba caliente, pero ella usaba unos guantes gruesos que la hacían sentir con manos de gigante. Caminó hacia el frente de la tienda, esquivando las cajas de harina y los sacos de azúcar que todavía estaban en el suelo.
Estaba a solo tres pasos de la vitrina cuando pasó.
La puerta de la pastelería se abrió con fuerza, haciendo sonar la campana con un ruido fuerte. Un perro pequeño, un terrier inquieto de la señora Gable, entró corriendo entre las piernas de quien acababa de entrar.
—¡¡Cuidado!! —gritó Clare.
Sus pies, que siempre la traicionaban, se enredaron con el perro. Clare sintió que el suelo desaparecía. La bandeja de galletas de avena voló por los aires como un platillo volador. Ella cerró los ojos, esperando el golpe contra el suelo de madera, pero en lugar de eso, sintió unos brazos firmes que la agarraban por la cintura.
El golpe seco no fue de su cuerpo, sino de la bandeja cayendo sobre el mostrador de mármol con un estruendo metálico.
—Vaya —dijo una voz profunda y calmada justo arriba de su cabeza—. Veo que la ley de gravedad sigue siendo tu peor enemiga, Montgomery.
Clare abrió un ojo. Estaba flotando a pocos centímetros del suelo, sostenida por Jack Miller. Él llevaba su uniforme de Sheriff, con la camisa azul oscuro perfectamente planchada y la estrella de metal brillando en su pecho. Olía a café y a recien duchado.
Sus ojos eran de un azul intenso y su rostro estaba afeitada. Hacía años que no le veía. Desde que ella había decidido irse a New York a intentar construirse una vida.
Tres años despues, volvía a su pueblo con el rabo entre las piernas para que un mes despues de volver, su madre muriera de repente.
—Jack... —tartamudeó ella, tratando de ponerse derecha mientras su cara se ponía roja—. Yo... el perro... la bandeja...
Jack la puso de pie con mucha suavidad, asegurándose de que sus piernas no temblaran antes de soltarla.
—El perro de la señora Gable debería tener una multa por exceso de velocidad —dijo él, con una sonrisa que hizo que a Clare se le olvidara cómo respirar por un segundo—. ¿Estás bien? No te quemaste, ¿verdad?
—Solo mi dignidad, como siempre —respondió Clare, sacudiéndose el delantal y dándose cuenta de que tenía harina hasta en las pestañas—. Gracias por evitar que terminara estampada en el piso.
Jack soltó una risita.
—He tenido mucha práctica contigo, Clare. ¿Te acuerdas del baile de graduación cuando te enredaste con el cable del ponche?
Clare se tapó la cara con las manos.
—Por favor, no me lo recuerdes. Todavía tengo pesadillas con ese vestido rosa manchado de jugo.
—A mí me pareció que te veías bien de rosa —dijo Jack, y por un momento, su voz se puso más seria—. Siento mucho lo de tu madre, Clare. No pude venir al funeral porque estaba en un curso, pero Eleanor era una mujer increíble. El pueblo no es el mismo sin ella.
Clare bajó las manos. El dolor de la pérdida volvió a aparecer, pero la presencia de Jack lo hacía un poco más fácil de llevar.
—Gracias, Jack. Está siendo... difícil. La pastelería es mucho más grande de lo que recordaba.
—Bueno, si alguien puede con esto, eres tú. Tienes la fuerza de los Montgomery —él miró hacia el mostrador—. Y esas galletas de avena se ven muy bien, aunque casi terminan en mi placa. ¿Me das una docena? Los muchachos en la oficina tienen hambre.
Clare asintió con ganas, agradecida por tener algo que hacer con las manos. Empezó a meter las galletas en una bolsa de papel café, pero sus dedos todavía temblaban por el susto.
—Me contaron que las Damas del Jazmín se instalaron aquí —comentó Jack, apoyando un codo en el mostrador mientras la miraba—. Ten cuidado, esas mujeres tienen más planes que el gobierno. Especialmente mi tía Mabel.
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Editado: 17.01.2026