Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

El ingrediente que falta y el Sheriff entrometido

La emoción del mercado se fue apagando con el atardecer. Clare terminó con los pies hinchados y la espalda molida. Vendieron hasta la última migaja de los roles de canela y la caja registradora —esa de metal pesado que su mamá nunca quiso cambiar por una digital— estaba más llena de lo que Clare había visto en años. Pero el silencio que quedó en la pastelería cuando las Damas del Jazmín por fin se fueron a sus casas era distinto. Ya no se sentía un vacío triste, sino una especie de espera.

Clare estaba en la cocina lavando una olla enorme. El agua caliente y el jabón de limón le ayudaban a pensar, pero las palabras de Mabel seguían dándole vueltas: "Te miró con ternura".

—Tonterías —murmuró Clare, tallando con fuerza una mancha de caramelo quemado—. Jack Miller es un Sheriff profesional. Me mira con la misma ternura con la que miraría a un ciclista sin casco o a un perro perdido. Soy una responsabilidad para él, nada más.

Se secó las manos en el delantal, que a esas alturas parecía un mapa de manchas de grasa y mermelada. Al mirar el cuaderno rojo de su mamá en la parte de "Postres especiales", vio la receta del Pie de Limón con merengue. Era el favorito de Jack cuando eran adolescentes. Recordaba que él siempre pasaba por la tienda después de entrenar y su mamá, que lo sabía todo, siempre le tenía una rebanada lista.

En eso, la puerta trasera se abrió y Mabel asomó la cabeza. No se había ido; estaba en el calleón "revisando la basura", una excusa para quedarse vigilando.

—Todavía estás aquí, querida —dijo Mabel, entrando decidida—. Pensé que ya estarías preparando el pastel de agradecimiento.

Clare suspiró y bajó los hombros. —¿Pastel de agradecimiento? Mabel, ya le di una bolsa de galletas gratis. Creo que con eso ya pagué que me salvara de una caída ridícula.

Mabel se acercó y cerró la llave del agua que goteaba. —Una bolsa de galletas se le da al cartero, Clare. A un hombre que te agarra en sus brazos frente a todo el pueblo se le da algo con más... peso. Algo que demuestre que valoras su ayuda.

—¡No fue heroísmo, fueron reflejos! —protestó Clare, aunque su corazón saltó al recordar la fuerza de los brazos de Jack—. Además, estoy muerta de sueño. Mañana tengo que hornear antes de que salga el sol.

—Por eso mismo lo vas a hacer ahora —sentenció Mabel, sacando una bolsa de limones de su bolso—. Mañana Jack tiene el turno de noche. Si le llevas un Pie de Limón recién hecho a la oficina temprano, le alegrarás el día. Y quizás él decida invitarte a ese café del que todo el mundo habla en el correo.

Clare miró los limones y luego el cuaderno de su mamá. Sabía que no iba a ganar esta pelea. Las Damas del Jazmín tenían un plan y ella era la protagonista, quisiera o no.

—Está bien, haré el Pie —cedió Clare—. Pero lo llevaré yo sola. Sin escoltas, sin sombreros raros y sin que ninguna de ustedes se esconda en los arbustos de la comisaría para espiar.

Mabel sonrió satisfecha. —Trato hecho, pajarito. Yo me voy a casa, pero mañana quiero un informe completo. Y me refiero a qué cara puso cuando probó el primer bocado.

Cuando Mabel por fin se fue, Clare se quedó sola con los limones. Hacer el Pie fue como una terapia. Ralló la cáscara y el olor llenó la cocina. Exprimió el jugo y lo mezcló con el azúcar y las yemas a fuego lento.

Pero claro, la "Clare torpe" apareció pronto. Mientras batía las claras para el merengue, la batidora falló. Clare intentó arreglarla sin apagarla y terminó con una nube de merengue pegada en la mejilla y en el pelo.

—Genial —dijo, mirándose en el vidrio de la ventana—. Ahora parezco un Santa Claus a medio terminar.

Se limpió como pudo, pero el merengue es pegajoso. A pesar de los problemas, el Pie salió del horno increíble. El merengue tenía picos dorados y el relleno brillaba con un amarillo intenso. Clare lo puso en una caja bonita, le puso un lazo azul (el color de los ojos de Jack) y se fue a dormir nerviosa.

Al día siguiente, el domingo amaneció gris y lluvioso. Clare se puso su impermeable amarillo, tomó la caja con las dos manos y caminó hacia la comisaría, que estaba a tres cuadras.

Cada paso era una lucha contra sus nervios. "¿Y si no está? ¿Y si piensa que estoy loca? ¿Y si me resbalo en un charco y el Pie termina en el cofre de su patrulla?".

Al llegar a la puerta, se detuvo para tomar aire. Por el vidrio vio a Jack sentado en su escritorio. No llevaba la gorra y tenía el pelo despeinado. Parecía cansado, mirando unos papeles, pero aun así se veía muy bien.

Clare empujó la puerta con el hombro. Jack levantó la vista y su cara de cansancio cambió por una de sorpresa total.

—¿Clare? —dijo, poniéndose de pie—. ¿Qué haces aquí bajo la lluvia? No me digas que el perro de la señora Gable te volvió a corretear.

Clare caminó hacia el mostrador, cuidando de no tropezar con el tapete. —No, no... el perro está encerrado. Yo... bueno, Mabel me dijo que hoy tenías un turno largo y me acordé de que te gustaba el Pie de Limón de mi mamá. Es como un... agradecimiento oficial. Por lo de ayer. Por no dejar que me rompiera el cuello.

Dejó la caja sobre el mostrador. Jack miró la caja y luego a Clare. Se quedaron en silencio un momento, uno de esos silencios que en las películas significan algo, pero que en la vida real son muy incómodos.

—¿Hiciste esto para mí? —preguntó Jack, con una voz suave que hizo que Clare sintiera calor a pesar del frío.

—Bueno, yo... sí. La receta es de mamá, así que sabe bueno, aunque la pastelera sea un poco distraída.

Jack abrió la caja. El olor a limón y azúcar tostada llenó la oficina. —Huele justo como lo recordaba —dijo él, mirándola a los ojos—. Gracias, Clare. De verdad. No tenías por qué molestarte.

—Era lo mínimo —respondió ella, empezando a caminar hacia atrás para irse—. Bueno, te dejo con tus... cosas de Sheriff. No quiero interrumpir la justicia.




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