Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

Merengue, celos y un festival para el recuerdo

Cuando Clare regresó a la pastelería, el mundo se veía con colores más brillantes, aunque seguía lloviendo en Willow Creek. Sus pies, que siempre se sentían pesados y torpes, ahora casi no tocaban el suelo. Jack Miller, el Sheriff que le gustaba desde que tenía quince años, le había pedido tomar un café. No era una inspección ni una pregunta de trabajo; era un café, a las cuatro, con ella.

Pero en cuanto entró y escuchó la campana de la puerta, la realidad la golpeó. No estaba sola.

En la mesa del fondo estaban las cuatro Damas del Jazmín. Parecían un tribunal esperando para juzgarla. Mabel habló primero, sin dejar que Clare se quitara siquiera el impermeable amarillo que goteaba en la entrada.

—Por esa sonrisa que traes, o te ganaste la lotería o el Sheriff cayó en la trampa —dijo Mabel, alzando una ceja.

—No es ninguna trampa, Mabel —respondió Clare, tratando de verse seria mientras peleaba con el cierre de su abrigo, que se había atascado—. Solo va a venir a las cuatro a tomar un café.

Hubo un silencio corto y luego todas empezaron a hablar emocionadas al mismo tiempo.

—¡A las cuatro! —gritó Ruth mirando su reloj—. ¡Faltan menos de seis horas! Clare, mírate. Tienes harina hasta en las cejas y ese delantal parece que sobrevivió a una guerra.

—Tenemos mucho que hacer —añadió Dorothy, levantándose rápido—. La primera cita requiere que todo esté perfecto. No vamos a dejar que Jack te encuentre trapeando suelos.

—No es una cita —insistió Clare, aunque por dentro sentía que sí—. Solo es un café. Somos conocidos. Además, tengo que preparar el pan para mañana. No puedo parar todo solo por Jack.

Mabel se levantó y la tomó de los hombros con fuerza. —Escúchame bien, pajarito. Tu mamá pasó treinta años esperando que tú y Jack se dieran cuenta de lo que todo el pueblo ya sabía. No voy a dejar que arruines esto por un poco de pan. Nosotras cuidamos la tienda. Tú sube a tu casa, báñate y busca algo de ropa que no tenga manchas de chocolate.

Clare miró a las cuatro y supo que no podía ganarles. Con un suspiro, aceptó y subió las escaleras hacia su departamento, arriba de la pastelería. Mientras subía, oía cómo las señoras daban órdenes para limpiar los vidrios y poner manteles blancos.

Arriba, Clare se sentó en la cama. El silencio de la casa, que antes la ponía triste por la falta de su madre, ahora la ayudaba a calmar los nervios. Se miró en el espejo. Tenía ojeras por no dormir y su pelo castaño siempre estaba despeinado, por más que intentara acomodarlo.

—Es solo Jack —se dijo, aunque le temblaban las manos—. El mismo Jack que me ayudó a bajar de un árbol cuando quise rescatar a un gato que ni siquiera quería que lo bajaran.

Se metió a bañar y dejó que el agua caliente la relajara. Pensó en su mamá. Eleanor siempre decía que el amor era como la levadura: si le dabas mucho calor se moría, y si se enfriaba, no subía. Había que hallar el punto medio.

—Espero que estés mirando, mamá —susurró Clare—. Porque voy a necesitar mucha ayuda para no tirarle el café encima.

Pasó dos horas probándose ropa. No tenía nada de modelo; solo suéteres de lana, jeans y vestidos de flores. Al final eligió un vestido de punto azul marino que hacía que sus ojos resaltaran y unos botines cafés. Se soltó el pelo y, después de pelear con el cepillo, logró que se viera bien.

Cuando bajó a la tienda a las tres y media, se quedó con la boca abierta.

Las Damas del Jazmín habían transformado el lugar. Todo brillaba, había flores frescas en las mesas y el olor a canela era delicioso. Pero no había ni un solo cliente.

—¿Dónde está la gente? —preguntó Clare, viendo la calle vacía.

—Pusimos el cartel de "Cerrado por inventario" —explicó Mabel con una sonrisa—. Pero dejamos la puerta sin seguro para Jack. Queremos que tengan privacidad.

—¿Privacidad? —Clare se puso roja—. Mabel, el pueblo va a pensar que pasó algo malo.

—El pueblo sabe perfectamente qué está pasando y todos están de acuerdo —dijo Ruth, terminando de limpiar una cuchara—. Ahora, nosotras nos vamos a la cocina. Estaremos "limpiando", no haremos ruido.

—¡Ni se les ocurra espiar! —amenazó Clare.

—¡Qué desconfiada eres! —dijo Dorothy, aunque miró a las otras con culpa.

Las cuatro señoras se escondieron en la cocina justo cuando el reloj marcó las cuatro. Clare se quedó sola, con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que se escucharía en la calle.

Entonces vio la patrulla de Jack. Él bajó, sacudió su gorra para quitarle el agua y entró a la tienda. El sonido de la campana pareció un trueno en el silencio del local.

—¿Clare? —preguntó Jack con cuidado—. Vi el cartel, ¿llegué en mal momento?

Clare salió de atrás del mostrador, tratando de caminar bien. —No, no... es que las señoras decidieron que hoy necesitábamos un descanso. Pasa, Jack. Te estaba esperando.

Jack se quitó la gorra y miró a Clare. Se quedó callado un segundo, mirándola de arriba abajo.

—Estás... estás muy guapa, Clare —dijo él, con la voz algo ronca—. Ese azul te queda muy bien.

—Gracias —respondió ella, sintiendo que la cara le ardía—. Siéntate. Preparé café nuevo y guardé unos roles de canela.

Jack se sentó junto a la ventana. El ruido de la lluvia contra el vidrio los hacía sentir en una burbuja. Clare sirvió el café con mucho cuidado para no derramar nada.

—Gracias —dijo Jack tras un sorbo—. Este es el mejor café del condado. El de la oficina sabe horrible.

Clare se rió y eso ayudó a calmar los nervios. —Mi mamá decía que el secreto es no tener prisa. Que si el agua hierve muy rápido, se quema el sabor.

—Tu mamá siempre tenía una frase para todo —sonrió Jack—. A veces, cuando paso por aquí de noche, todavía espero verla en la ventana con su delantal.

—Yo también la espero —admitió Clare en voz baja—. A veces olvido que ya no está y empiezo a contarle lo que soñé.

Jack acercó su mano en la mesa, como si fuera a tocar la de ella, pero luego se arrepintió. —Debe ser muy duro estar aquí sola con todo el trabajo.




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