La semana que siguió al café del domingo fue una verdadera prueba de paciencia para Clare. Willow Creek era el tipo de lugar donde si alguien estornudaba en la iglesia, para el almuerzo ya todos sabían qué marca de pañuelos usaba. Así que el rumor de su cita con Jack Miller se esparció como pólvora. Clare se sentía observada cada vez que cruzaba la calle. En Nueva York, podía caminar diez cuadras llorando o con un vestido de gala y nadie le dirigía la mirada; allí era libre de ser invisible. En Willow Creek, su vida era propiedad pública.
El lunes, el cartero se quedó cinco minutos de más en el mostrador, bloqueando la fila, solo para decirle que Jack era "un buen partido" y que ya era hora de que alguien cuidara de ella. El martes, el carnicero le dio un corte de carne extra "por cuenta de la casa", guiñándole un ojo y diciéndole que debía estar fuerte para el viernes. Clare le agradeció con una sonrisa forzada, pero por dentro sentía una mezcla de asfixia y ternura. Esa era la dualidad del pueblo: te asfixiaban con sus chismes, pero te cuidaban con su comida.
Sin embargo, la verdadera presión estaba dentro de su propia cocina. Las Damas del Jazmín se habían tomado la cita como un proyecto estatal. El miércoles por la tarde, después de cerrar la pastelería, Clare pensó que finalmente podría descansar, pero las cuatro mujeres ya estaban allí, con tazas de té y planes de batalla. Mabel decidió que Clare debía estar preparada para bailar, por si acaso.
—¡Uno, dos, tres! ¡Mueve los pies, Clare! —gritaba Mabel, marcando el ritmo con una cuchara de madera contra la mesa de trabajo.
—¡Mabel, si me miro los pies me voy a tropezar con el saco de harina! —protestó Clare, tratando de girar en el espacio reducido de la cocina.
—Bailar es como hacer pan, hija —dijo Dorothy desde su taburete, observando con calma—. Si fuerzas la masa, el pan sale duro. Si fuerzas el paso, te vas a ver tiesa. Tienes que dejar que el cuerpo sienta la música, no pensar tanto.
Clare se detuvo, con el pelo alborotado y la cara roja del esfuerzo. Se apoyó en el mostrador de mármol frío y suspiró profundamente.
—Jack no me va a pedir que baile —dijo Clare con firmeza—. Vamos a un concierto de música folk en el parque. La gente se sienta en el pasto, come sándwiches y escucha los banjos. Nadie baila un vals en el césped, Mabel. Es ridículo.
—Nunca se sabe —replicó Ruth, que estaba hojeando el cuaderno de recetas de Eleanor—. Jack es un chico chapado a la antigua. Su abuelo era el mejor bailarín del condado y él tiene ese mismo aire. Si tocan una canción lenta y sale la luna sobre los robles, no querrás quedarte ahí parada como un poste de luz, ¿verdad?
Clare las miró y se dio cuenta de que no iba a ganar. Pero lo que más le molestaba no era el baile, sino la sensación de que todos pensaban que ella seguía siendo la misma niña indefensa que se fue hace tres años. En Nueva York, Clare había aprendido a navegar el metro a medianoche, a vivir en un departamento del tamaño de un armario y a trabajar diez horas diarias bajo presión. Había cambiado su forma de ver el mundo; ya no creía en cuentos de hadas, creía en el trabajo duro y en la independencia. Pero al volver a casa, el pueblo la obligaba a ponerse otra vez el disfraz de la "pequeña Montgomery" que necesitaba que la llevaran de la mano.
—Está bien —cedió Clare, enderezando la espalda—. Una vez más, pero guarden la bendita cuchara. Me pone de los nervios.
Mientras repetía los pasos, su mente se escapó hacia Jack. Se preguntaba qué estaría pensando él. Jack nunca se había ido de Willow Creek, excepto por entrenamientos cortos. Él representaba la estabilidad, la raíz. Ella, en cambio, se sentía como una planta que habían arrancado y vuelto a plantar, y cuyas raíces todavía no terminaban de agarrarse a la tierra. Le daba miedo que Jack solo estuviera con ella por lástima, por ser la hija de Eleanor que se quedó sola.
El jueves, la "operación cita" pasó a la comida. Ruth sentenció que un hombre se conquista por el estómago y que nada de sándwiches simples de jamón y queso.
—Vas a preparar tu pie de pollo y puerros —ordenó Mabel—. Y de postre, algo que lo deje pensando en ti toda la noche.
Clare sugirió tartaletas de fruta, pero Dorothy las descartó porque el chocolate se derretía con el calor y las frambuesas manchaban los dientes. Al final, decidieron que los "besos de merengue" eran la mejor opción. Eran ligeros, dulces y llevaban mucha vainilla.
Esa noche, Clare se quedó sola en la cocina hasta las once. El silencio era total, y por primera vez en la semana, se sintió en paz. Hacer los merengues era un proceso delicado. El merengue es temperamental: si hay humedad en el aire, no sube; si bates de más las claras, se corta. Era una buena metáfora de su relación con el pueblo en ese momento: un equilibrio frágil.
Cuando sacó la bandeja del horno, los merengues estaban perfectos. Blancos, brillantes y firmes. Los probó y sintió el crujido exterior seguido del centro suave.
—Ya ves, mamá —susurró Clare mirando al techo—. No se me ha olvidado todo.
Se sentó a la mesa de mármol y se miró las manos. Tenían algunas marcas de quemaduras pequeñas y restos de harina, pero se sentían fuertes. Por primera vez desde que regresó, no sentía que la pastelería fuera una carga demasiado pesada. Estaba empezando a apropiarse del lugar, a meter sus propias ideas entre las recetas de su madre.
El viernes por la mañana, Clare trabajó como un robot. Atendía a los clientes, cobraba y empacaba pan mientras evitaba las preguntas indiscretas. A las tres de la tarde, Mabel apareció con una energía arrolladora y cerró la tienda.
—Sube a bañarte —le ordenó—. Tienes dos horas. Nosotras armamos la canasta del picnic.
Arriba, en su baño viejo de tina con patas, Clare usó unas sales de lavanda que le habían regalado. Se puso el vestido verde bosque que habían elegido entre todas. Le quedaba bien, resaltaba su piel pálida y tenía una falda con el vuelo suficiente para, efectivamente, bailar si llegaba el caso. Se miró al espejo y se soltó el pelo, dejando que las ondas cayeran sobre sus hombros. Ya no se veía como la ayudante torpe. Se veía como una mujer.
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Editado: 19.01.2026