El parque de Willow Creek parecía sacado de un cuadro impresionista esa tarde. Los grandes robles, que habían visto pasar generaciones de vecinos, extendían sus ramas cargadas de hojas que empezaban a teñirse de ocre y naranja. El aire era fresco, pero el sol de la tarde todavía conservaba un calor amable que invitaba a tumbarse en la hierba.
Jack estacionó la camioneta cerca de la entrada lateral. Clare bajó con cuidado, aferrando su pequeño bolso mientras Jack rodeaba el vehículo para recoger la cesta de mimbre y una manta de lana gruesa que tenía preparada en la parte trasera.
—Es el lugar perfecto —dijo Clare, mirando la cantidad de gente que ya se había congregado frente al quiosco de música de madera tallada—. Pensé que vendría menos gente, pero parece que todo el pueblo ha decidido que hoy no se cocina en casa.
—Es el último gran evento antes de que el frío se asiente de verdad —explicó Jack, guiándola entre los grupos de vecinos—. Además, corre el rumor de que el banjista de este año ha tocado en el Grand Ole Opry. En Willow Creek eso es casi como recibir la visita de la realeza.
Caminaron hasta encontrar un hueco bajo la sombra de un haya centenaria, lo suficientemente cerca del escenario para oír la música, pero lo bastante lejos para poder hablar. Jack extendió la manta con un movimiento experto, y Clare se sentó, tratando de que su vestido verde no se arrugara demasiado.
Mientras Jack se acomodaba a su lado, Clare empezó a sacar las viandas de la cesta. El pastel de pollo y puerros todavía conservaba un poco de calor, envuelto en paños de cocina limpios. El aroma era tan reconfortante que varios vecinos que pasaban cerca no pudieron evitar girar la cabeza.
—Vaya, Montgomery —dijo Jack, tomando uno de los pasteles individuales—. Si esto sabe la mitad de bien de lo que huele, voy a tener que pedirte matrimonio aquí mismo solo por la receta.
Clare se rió, sintiendo que el rubor subía por su cuello. —No es mérito mío, es la receta de mi madre. Ella decía que el secreto estaba en dejar que el puerro se caramelizara muy lentamente en mantequilla. Yo solo seguí las instrucciones... y milagrosamente no quemé la cocina.
Comieron en una atmósfera de tranquilidad absoluta. Jack le contaba anécdotas de los personajes más curiosos del pueblo: el señor Henderson, que insistía en que los alienígenas le robaban las calabazas cada octubre, o la señora Gable, que trataba a su terrier como si fuera un príncipe heredero. Clare se encontraba riendo con ganas, olvidando por completo los nervios que la habían atenazado toda la semana.
Entonces, el grupo de folk empezó a tocar. Era una música vibrante, llena de cuerdas que parecían saltar en el aire. El sonido del banjo y el violín se mezclaba con el murmullo del viento en las hojas, creando una banda sonora perfecta para el atardecer.
Cuando el sol empezó a ocultarse, tiñendo el cielo de violeta y oro, la música cambió. El violinista empezó a tocar una melodía lenta, una balada antigua que hablaba de amores que cruzan montañas y ríos. Clare sintió que el ambiente se volvía más denso, más íntimo.
Jack dejó su vaso de sidra a un lado y miró a Clare. —¿Sabes? —dijo él, bajando un poco la voz—. Mi tía Mabel me llamó tres veces esta semana. Me dijo que te estaba dando lecciones de baile "por si acaso".
Clare sintió que quería que la tierra se la tragara. —Mabel tiene la boca más grande que todo el valle de Tennessee —susurró ella, escondiendo la cara tras su taza—. Me obligó a bailar con una cuchara de madera en la cocina. Fue humillante, Jack.
Jack se puso en pie y le tendió la mano con una elegancia que no parecía propia de un Sheriff acostumbrado a lidiar con vacas fugitivas. —Bueno, sería una falta de respeto al esfuerzo de mi tía que ese entrenamiento se perdiera, ¿no crees? ¿Me concedes este baile, Clare?
Clare miró la mano de Jack. Era una mano grande, protectora. Miró a su alrededor. Otras parejas estaban empezando a levantarse en la hierba, moviéndose suavemente al ritmo del violín.
—No soy muy buena en esto, Jack. Probablemente te pise las botas.
—Tengo las puntas reforzadas, no te preocupes —bromeó él—. Vamos.
Clare se levantó y puso su mano en la suya. Jack la guió hacia un espacio un poco más despejado, bajo la luz de las linternas que empezaban a encenderse en los árboles. Puso una mano en su cintura y la otra tomó su mano derecha.
—Uno, dos, tres —susurró Clare para sí misma, concentrada al máximo.
—Olvida los números —dijo Jack, acercándola un poco más—. Solo escucha la música. Yo te guío.
Bailaron. Al principio, Clare estaba rígida como una tabla, pero poco a poco, el calor de la mano de Jack y la suavidad de la melodía hicieron que se relajara. Se movían con lentitud sobre la hierba irregular. Por un momento, Clare se sintió como en uno de esos sueños que solía tener de adolescente, donde todo era perfecto y su torpeza no existía.
Pero, por supuesto, ella era Clare Montgomery.
Justo cuando la canción llegaba a su punto más emotivo, su bota se enganchó en una raíz que sobresalía del suelo. Clare sintió el tirón familiar de la gravedad. Su cuerpo se inclinó hacia delante con una velocidad alarmante.
—¡Oh, no! —exclamó.
En lugar de caer de bruces contra el césped, chocó de frente contra el pecho de Jack. Él la sujetó con firmeza, rodeándola con ambos brazos para estabilizarla. Clare terminó con la cara hundida en su camisa de cuadros, que olía a detergente limpio y a madera.
Se quedaron así unos segundos, en un abrazo que ya no tenía nada que ver con el baile. Clare podía oír el corazón de Jack latiendo con fuerza contra su oído. Era un ritmo constante, seguro.
—Lo siento —susurró ella, sin separarse todavía—. Te dije que la gravedad me odia.
Jack no la soltó. Al contrario, la apretó un poco más contra él y apoyó su barbilla sobre la coronilla de Clare. —A veces —dijo él con una voz profunda que Clare sintió en todo su cuerpo—, la gravedad es exactamente lo que hace falta para poner a las personas donde deben estar.
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Editado: 27.02.2026