Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

Las nubes dulces

El sábado por la mañana en Willow Creek comenzó con una niebla espesa que trepaba desde el río, envolviendo las casas de madera en una sábana blanca y fría. Para Clare, la mañana tenía el sabor agridulce de lo que pudo ser y no fue. Mientras preparaba la masa para los cruasanes, sus dedos se movían con una memoria propia, pero su mente seguía anclada en el parque, bajo la luz de las linternas, sintiendo el calor del pecho de Jack contra su mejilla.

Se tocó el lugar donde él la había besado antes de salir corriendo hacia el accidente del camión. Fue un roce breve, casi casto, pero para alguien que pasaba la mayor parte del tiempo hablando con sacos de harina, aquello había sido un terremoto emocional.

—Concéntrate, Clare —se regañó a sí misma, golpeando la masa contra el mármol con más fuerza de la necesaria—. Tienes dos encargos de tartas de manzana y el horno número dos está haciendo un ruido que suena a jubilación anticipada. No tienes tiempo para fantasías románticas.

A las ocho en punto, las Damas del Jazmín hicieron su entrada triunfal. Sin embargo, algo era diferente hoy. Normalmente, Mabel entraba dando órdenes y Ruth empezaba a revisar la limpieza de los estantes con el dedo índice levantado. Pero hoy, las cuatro caminaban en un silencio tenso, intercambiando miradas rápidas y cargadas de una gravedad que hizo que a Clare se le erizara el vello de la nuca.

Se instalaron en la mesa del rincón, la más alejada del mostrador. Clare, que estaba terminando de colocar las pastas de té en la vitrina, fingió estar muy ocupada con el orden de las etiquetas, pero agudizó el oído. Su madre siempre decía que las Damas del Jazmín eran mejores que la CIA para obtener información, pero mucho peores para guardarla.

—No podemos decírselo —susurró Dorothy, inclinándose tanto sobre la mesa que su collar de perlas casi toca el té—. Acaba de empezar a sonreír de nuevo. Si le soltamos esto ahora, se le va a caer el mundo encima.

—Pero Dorothy, tarde o temprano se va a enterar —replicó Ruth en un susurro que, para los estándares de una habitación pequeña, era casi un grito—. Willow Creek es un pueblo de dos calles. La gente tiene ojos. Y lo que yo vi no fue una alucinación por falta de azúcar.

Clare se quedó petrificada detrás de la vitrina. Su mano, que sostenía una pinza de metal, empezó a temblar ligeramente. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué era eso tan terrible que "la gente" ya sabía?

—Yo digo que hay que esperar —intervino Mabel, la voz de la razón, aunque esta vez sonaba dudosa—. Tal vez haya una explicación lógica. Jack no es de esos. Es un Miller. Los Miller son fieles como los perros perdigueros.

—Mabel, yo la vi —insistió Ruth, golpeando suavemente la mesa con el puño—. Eran las seis de la mañana. Yo estaba sacando al perro para que hiciera sus cosas frente a la casa de Jack, y ella salió por la puerta delantera. Llevaba una maleta pequeña y una gabardina que no era de aquí. Se veía... elegante. Y Jack estaba en el umbral, despidiéndola.

Clare sintió como si alguien le hubiera echado un cubo de agua con hielo por la espalda. El aire de la pastelería, que siempre olía a gloria, se volvió de repente pesado y difícil de tragar. ¿Una mujer saliendo de casa de Jack a las seis de la mañana? ¿Después de que él la dejara en el parque con la excusa de un accidente?

Sintió una mezcla de náuseas y una furia fría que empezó a burbujear en su estómago. Siempre había sido la chica patosa, la que se caía, la que no encajaba. Y por un momento, Jack Miller le había hecho creer que era especial. Resultaba que el "Sheriff perfecto" tenía secretos que no cabían en una caja de galletas.

Clare soltó las pinzas de metal, que golpearon el suelo con un estruendo que hizo que las cuatro ancianas saltaran en sus asientos. Salió de detrás del mostrador con paso firme, ignorando el hecho de que casi se tropieza con un taburete. Se plantó frente a la mesa de las señoras, con los brazos cruzados y la mirada encendida.

—¡Basta ya! —ordenó Clare. Su voz no tembló, lo cual la sorprendió incluso a ella misma—. Os he oído. He oído cada palabra sobre maletas, gabardinas y la casa de Jack.

Las Damas del Jazmín se quedaron mudas. Mabel abrió la boca como un pez fuera del agua, y Dorothy intentó esconderse detrás de su taza de té.

—Clare, querida... estábamos hablando de... de una serie de televisión —intentó improvisar Ruth, con una sonrisa que era más falsa que un billete de madera.

—No me mintáis —dijo Clare, inclinándose sobre la mesa—. Habéis estado aquí todas las mañanas desde que mi madre murió. Me habéis empujado a salir con Jack, me habéis dado lecciones de baile y habéis planeado mi boda en vuestras cabezas. Ahora, si sabéis algo que me rompa el corazón, tenéis la obligación de decírmelo a la cara. ¡Decidme qué está pasando!

Mabel suspiró y se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz. Miró a sus compañeras y luego a Clare.

—Ruth vio a una mujer salir de casa de Jack esta mañana temprano, Clare. Una mujer joven, muy guapa. Parecía que había pasado la noche allí.

El silencio que siguió fue absoluto. Clare sintió que las paredes de la pastelería se le venían encima. Toda la calidez del viernes por la noche se evaporó. Se imaginó a Jack, el hombre que la había sostenido en sus brazos, compartiendo el desayuno con una desconocida elegante mientras ella horneaba pan sola en la oscuridad.

—Así que eso era —murmuró Clare, sintiendo que las lágrimas luchaban por salir, pero negándose a darles el gusto—. El accidente del camión de troncos. Qué conveniente.

—Clare, no saques conclusiones precipitadas —empezó a decir Dorothy, pero se calló de golpe.

En ese preciso instante, el tintineo de la campana de la puerta anunció un nuevo visitante. Clare no tuvo que girarse para saber quién era. El olor a aire fresco y café que siempre lo acompañaba inundó el local.

Jack Miller entró en la pastelería con su uniforme, pero se veía cansado. Tenía ojeras y la camisa un poco arrugada, como si no hubiera dormido en toda la noche. Al ver a Clare, su rostro se iluminó con esa sonrisa que hasta hacía cinco minutos la hacía derretirse.




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