El resto del sábado transcurrió para Clare como si estuviera caminando bajo el agua. El trabajo en la pastelería, que solía ser su refugio, se volvió una tarea mecánica y pesada. Cada vez que la campanilla de la puerta sonaba, su corazón daba un salto, esperando ver a Jack entrar con una explicación lógica, pero el sheriff no volvió a aparecer.
Mabel y las demás intentaron consolarla con frases hechas y miradas cargadas de compasión, pero Clare les pidió con amabilidad que la dejaran sola. Necesitaba silencio. Sin embargo, en un pueblo como Willow Creek, el silencio es un lujo que dura poco. Cuando cayó la noche, el hambre y la costumbre se impusieron. En Willow Creek existía una ley no escrita: si era sábado por la noche, terminabas en la Parrilla de George.
Era un restaurante amplio, con vigas de madera oscura y un olor a humo de nogal que se te pegaba a la ropa… y al alma. George, un hombre que parecía haber nacido con unas pinzas de parrilla en la mano, servía la mejor carne asada de todo el estado de Tennessee. Aquel lugar era el corazón social del pueblo: mesas largas, risas fuertes y conversaciones que se cruzaban de un extremo a otro del salón.
Clare llegó tarde, con la esperanza de pasar desapercibida. Se puso un abrigo gris y se recogió el cabello de manera descuidada. Al entrar, el calor del local la envolvió de golpe, junto con el murmullo de las risas y el choque constante de los cubiertos. El lugar estaba lleno, como siempre.
—¡Clare! ¡Aquí hay un lugar! —gritó Mabel desde una mesa central, agitando una servilleta en el aire.
Clare suspiró. No había escapatoria. Caminó hacia la mesa de las Damas del Jazmín, procurando no tropezar con las botas de los comensales. Pero antes de llegar, su mirada se detuvo en la barra de madera pulida.
Allí, sentada en uno de los taburetes altos, había una mujer que no encajaba en absoluto entre camisas de cuadros y botas de trabajo. Llevaba un vestido de seda color canela y una chaqueta de cuero fino que gritaba gran ciudad. Era joven, de una belleza serena y elegante, con el cabello castaño perfectamente arreglado. Frente a ella había un mapa del condado y, a sus pies, una pequeña maleta de mano.
Clare sintió un nudo cerrársele en el estómago. Supo, con ese instinto que rara vez falla, que aquella era la mujer de la maleta.
—Es ella —susurró Ruth al oído de Clare apenas esta se sentó—. Se está hospedando en el Mountain View, el hotel de paso a la salida del pueblo. George dice que llegó anoche muy tarde y que Jack mismo la acompañó a registrarse después del accidente del camión.
La carne asada, que siempre había sido su plato favorito, le supo a ceniza solo de pensarlo. Clare observó a la desconocida, preguntándose qué hacía una mujer así en un lugar como Willow Creek y, sobre todo, qué hacía saliendo de la casa del hombre del que ella empezaba a enamorarse.
En ese momento, la mujer se giró buscando a un mesero y sus ojos se cruzaron con los de Clare. Lejos de una mirada fría o altiva, le dedicó una sonrisa amable… casi triste.
—Disculpa —dijo la desconocida, levantándose y acercándose a la mesa con una elegancia natural—. He oído que son de aquí. ¿Alguna sabe si la pastelería de la calle principal abre mañana? Me dijeron que tiene los mejores dulces de la zona y necesito llevar algo para el viaje.
Las cuatro ancianas se quedaron en silencio, mirando a la mujer como si acabara de aterrizar de otro planeta. Clare sintió cómo la sangre le hervía. Dejó el tenedor sobre la mesa y se levantó despacio.
—Yo soy la dueña de la pastelería —dijo, con una voz que se esforzó por mantener firme—. Y mañana cerramos por descanso semanal.
La mujer arqueó una ceja, sorprendida por el tono seco.
—Oh, ya veo. Qué lástima. Me llamo Sarah. Estoy de paso por un asunto personal y Jack… bueno, el sheriff Miller, me habló maravillas de tu local. Dijo que haces magia con la harina.
—Jack habla mucho —respondió Clare, apretando los puños bajo la mesa—. Al parecer, también es muy buen anfitrión para las visitas de última hora.
Sarah captó la tensión de inmediato. Su sonrisa se apagó y una sombra de preocupación cruzó su rostro. Iba a decir algo más cuando la puerta de la Parrilla de George se abrió de golpe.
Jack Miller entró al restaurante, aún con el uniforme, pero sin la chaqueta. Recorrió el lugar con la mirada hasta que encontró al grupo. Al ver a Sarah hablando con Clare y las Damas del Jazmín, su rostro palideció.
—Sarah —dijo Jack, acercándose con rapidez—. Te dije que te llevaría la cena al hotel. No deberías haber venido aquí sola.
El corazón de Clare se partió en dos pedazos exactos. Ahí estaba la confirmación. Jack no solo la conocía; se preocupaba por ella de una forma que iba mucho más allá de la cortesía profesional.
—Solo quería estirar las piernas, Jack —respondió Sarah, apoyando una mano en el brazo del sheriff—. Y quería conocer a la famosa Clare.
Jack miró a Clare con una súplica desesperada en los ojos, pidiéndole en silencio que lo escuchara. Pero el orgullo herido y el dolor de Clare ya se habían convertido en un muro imposible de cruzar.
—Parece que ya nos conocemos todos —dijo Clare, tomando su bolso—. George, ¿me pones la cena para llevar? De repente, este lugar se me hizo muy pequeño para tanta gente.
—Clare, espera —pidió Jack, ignorando las miradas curiosas del restaurante entero—. Sarah está aquí porque necesita ayuda. No es lo que tú crees. Ella…
—No me des explicaciones frente a todo el pueblo, Jack —lo interrumpió Clare, con los ojos húmedos pero la cabeza en alto—. Tuviste todo el día para buscarme y hablar conmigo. Ahora, por favor, déjame ir a casa. Tengo mucha masa que preparar para el lunes, y la masa, a diferencia de las personas, siempre hace lo que se espera de ella.
Clare pasó junto a Jack y Sarah sin mirar atrás. Salió a la noche fría de Willow Creek mientras el murmullo del restaurante retomaba su curso normal. Caminó hacia la pastelería sintiendo que cada paso la alejaba un poco más del sueño que había empezado a construir.
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Editado: 27.02.2026