Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

Café amargo

El domingo amaneció con un sol pálido que no lograba calentar el ambiente. La luz entraba por las ventanas de la pastelería como si pidiera permiso, sin fuerza, sin promesas. Clare se había levantado antes del alba, no para hornear —el cartel de “Cerrado” seguía colgado con firmeza en el cristal—, sino porque el silencio de su apartamento se le había vuelto insoportable. Demasiado amplio. Demasiado lleno de recuerdos que no terminaban de acomodarse.

Se sentía tonta.
Esa era la palabra que martilleaba en su cabeza mientras limpiaba por décima vez un mostrador que ya brillaba. Tonta por haber sonreído de más. Por haber esperado. Por haber dejado que un viernes por la noche pareciera una promesa.

Pasó el trapo con más fuerza de la necesaria, como si pudiera borrar algo que no estaba allí físicamente, pero que le pesaba en el pecho. El olor a café frío y madera encerada le resultaba familiar, seguro… y aun así, esa mañana no conseguía calmarla.

Se sentía tonta por haberse dejado llevar por las fantasías de las Damas del Jazmín. Esas cuatro mujeres, con todo el cariño del mundo, le habían llenado la cabeza de mariposas y finales de película. Ellas creían que le hacían un bien, que la ayudaban a salir del pozo del duelo, que la empujaban suavemente de vuelta a la vida después de la muerte de su madre. Pero ahora, Clare sentía que el golpe contra la realidad había sido mucho más duro precisamente por haber estado volando tan alto.

Porque cuando una se acostumbra a caminar mirando al suelo, una caída duele menos.
Pero ella había mirado al cielo… y ahora el impacto le había sacado el aire.

—Jack Miller no es para ti, Clare —se dijo en voz baja, secando una taza con movimientos bruscos—. Él es el sheriff. El hombre al que todo el mundo respeta. El que siempre llega cuando algo se rompe. Y tú… tú arreglas cosas pequeñas. Pan, pasteles, rutinas.

Dejó la taza en su sitio y tomó otra, repitiendo el gesto como un mantra.
—Y ella… —continuó, sin querer pronunciar el nombre—. Ella es el tipo de mujer que aparece en revistas. Elegante. Segura. Con maletas de cuero caro y una vida que no cabe en un pueblo de dos calles.

En su mente, Clare ya había armado la historia completa. No importaba que no hubiera visto un anillo en la mano de Jack; la forma en que él la protegía, la urgencia con la que la escoltaba, la manera en que se había puesto delante de ella en la parrilla de George… todo gritaba compromiso. Responsabilidad. Algo serio.

Quizá era una relación complicada. Quizá una ex que regresaba con asuntos pendientes. Quizá alguien que siempre había estado allí, esperando el momento adecuado.

Lo que fuera, Clare había sido un paréntesis.

Un respiro entre cosas importantes.

Se apoyó en el mostrador y cerró los ojos un instante. Recordó la noche del parque, la música, el olor a hierba, la manera en que Jack la había sostenido cuando casi cayó. La seguridad de esos brazos. La forma en que había sentido, por primera vez en mucho tiempo, que encajaba en un lugar que no fuera solo suyo.

Y eso fue lo que más le dolió.

No Jack.
No Sarah.
Sino haber pensado que, por una vez, no estaba de más en la escena.

Estaba sumida en esos pensamientos cuando escuchó un golpe suave en la puerta de cristal. Clare ni siquiera levantó la vista. Señaló el cartel de “Cerrado” con un dedo, como si el gesto pudiera atravesar el vidrio. El golpe se repitió, paciente, insistente.

Suspiró con cansancio y alzó la mirada.

Sarah estaba del otro lado.

Clare cerró los ojos un segundo, como si eso pudiera hacerla desaparecer. Luego dejó el paño sobre el mostrador y caminó hacia la puerta. Abrió apenas unos centímetros, lo justo para que entrara el aire frío de la mañana.

—He dicho que estamos cerrados, Sarah —dijo, intentando que su voz no se quebrara.

—Lo sé —respondió ella con suavidad—. Y lo siento de verdad. Pero no podía irme del pueblo sin hablar contigo.

La luz del domingo marcaba ojeras suaves bajo los ojos de Sarah. No parecía la mujer impecable de la noche anterior. Parecía… humana. Cansada.

—Vi cómo nos miraste anoche —continuó—. Vi cómo miraste a Jack. Clare, hay algo que necesitas saber sobre por qué estoy aquí y—

—No necesito saber nada —interrumpió Clare, abriendo la puerta un poco más, pero sin invitarla a entrar—. Jack y yo no somos nada. No tienes que explicarme tu vida ni la suya.

Sarah negó despacio.
—No es eso. Jack es la persona más íntegra que conozco. Y se siente terrible por haberte causado este malentendido. Él solo está intentando hacer lo correcto.

Antes de que Clare pudiera responder, el sonido inconfundible del motor de la patrulla rompió el aire quieto de la mañana. El vehículo se detuvo de golpe frente a la pastelería. Jack bajó casi antes de apagar el motor.

Caminó hacia la entrada con el ceño fruncido. Al ver a Sarah allí, su expresión se endureció de inmediato.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, colocándose entre ellas casi sin darse cuenta—. Te dije que te quedaras en el hotel.

—Solo estaba hablando —respondió Sarah, con un tono que sugería que esa discusión no era nueva.

—No es el momento —cortó Jack.

Luego se giró hacia Clare. Por un instante, sus ojos azules buscaron los de ella con una intensidad que la desarmó por dentro. Había cansancio, urgencia… y algo más. Algo que Clare no quiso nombrar.

—Necesito dos cafés para llevar —dijo Jack finalmente—. Por favor.

Clare asintió sin decir palabra. Se dio la vuelta y caminó hacia la máquina de café. El sonido del molinillo llenó el silencio como una cortina protectora. Se concentró en cada movimiento: medir, presionar, esperar. En el vapor. En el calor. En no pensar.

No escuchó —o fingió no escuchar— las voces bajas a su espalda. No quería saber qué se decían. No quería formar parte de una conversación que no la incluía realmente.




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