Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

Juicio de flores

El silencio que siguió a la partida de la patrulla de Jack no fue el tipo de silencio que trae paz; era un silencio espeso, como una masa que no ha levado y se queda pesada en el fondo del bol. Clare se quedó en la cocina, con las palmas apoyadas sobre la superficie fría de la mesa de mármol. Tenía la mirada clavada en un punto invisible de la pared de azulejos, mientras el eco de la puerta al cerrarse todavía le retumbaba en los oídos.

—Me queda claro que no —se repitió, imitando su propia voz firme.

Se sentía orgullosa de no haber titubeado frente a él, pero ese orgullo era un consuelo bastante pobre comparado con el vacío que le apretaba el pecho. Por un instante, mientras servía esos cafés, había sentido la mirada de Jack quemándole la nuca. Sabía que él quería explicar algo, pero Clare ya no creía en explicaciones de hombres que esconden mujeres en moteles y las despiden al amanecer.

Se quitó el delantal con movimientos automáticos. Las mariposas que las Damas del Jazmín le habían sembrado en la cabeza durante toda la semana se habían asfixiado. Ahora solo quedaba la realidad de Willow Creek: un pueblo pequeño donde todos creen saberlo todo, pero nadie conoce la historia completa. Clare recordó que su madre, Eleanor, siempre le advertía sobre las expectativas. “Clare, el azúcar endulza la vida, pero no sirve para disfrazar el sabor de una fruta podrida”, solía decir.

Subió arrastrando los pies por la escalera de madera que crujía bajo su peso. El apartamento se sentía enorme. Se dejó caer en el sofá floreado que había sido de su abuela y miró por la ventana hacia la calle principal. Willow Creek estaba despertando. La gente caminaba rumbo a la iglesia, con su mejor ropa de domingo, saludándose con sonrisas que hoy a ella le parecían falsas.

A las once de la mañana, unos golpes en la puerta trasera de la pastelería la sacaron de su ensimismamiento. No era cualquier golpe; era el código rítmico que solo usaban las Damas del Jazmín. Clare cerró los ojos y suspiró. No tenía ánimo para enfrentarlas, pero sabía que si no abría, Mabel sería capaz de llamar a los bomberos diciendo que olía a gas con tal de entrar.

Bajó y abrió. Ahí estaban las cuatro, como un pelotón vestido para el servicio dominical. Mabel llevaba un sombrero azul con una pluma que parecía lista para atacar, y Ruth sostenía una fuente de vidrio cubierta con un paño bordado.

—No estamos recibiendo visitas —dijo Clare, intentando cerrar.

—No somos visitas, somos tu familia elegida, y tienes cara de no haber desayunado más que amargura —sentenció Mabel, empujando la puerta con el hombro con una fuerza sorprendente para su edad.

Entraron a la cocina una detrás de la otra. Ruth dejó la fuente sobre la mesa. El olor a pollo frito y pan de maíz llenó el aire, pero a Clare se le revolvió el estómago.

—Vimos la patrulla de Jack salir de aquí hace rato —dijo Dorothy, quitándose los guantes de encaje—. Y vimos a esa… esa mujer en el asiento del copiloto.

—Se llama Sarah —respondió Clare, sentándose en un banco y apoyando la cabeza entre las manos—. Y Jack la va a llevar de vuelta al motel. O a Georgia. O al fin del mundo. No me importa.

—Clare, pajarito —Mabel le puso una mano en el hombro—, sabemos que lo que viste duele. Y nos sentimos responsables por haberte dado alas. Pero Jack Miller no es un hombre con doble vida. Si esa mujer está aquí, debe haber una razón que no tiene nada que ver con traiciones.

Clare alzó la cabeza, con los ojos rojos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué razón justifica que salga de su casa a las seis de la mañana con una maleta? ¿Es una prima lejana? ¿Una vendedora que se quedó sin gasolina? No seamos ingenuas, Mabel. Jack está con ella. Por cómo la miraba, por cómo se aseguraba de que yo no le hablara… es evidente. Tiene una vida en la que yo no existo. Y me duele que me haya usado para distraerse mientras ella no estaba.

Las cuatro intercambiaron miradas preocupadas. Ruth destapó el pollo, pero nadie se sirvió. La tristeza de Clare pesaba en el ambiente.

—Escúchanos bien —dijo Ruth con firmeza—. En Willow Creek hay chismes, sí. Pero también hay memoria. Jack Miller ha sido el sheriff más justo que hemos tenido. Nunca ha dado motivo para hablar, nunca ha roto un corazón. Si hace esto, es por algo importante. Tal vez esa mujer esté en problemas.

—Si estuviera en problemas, lo habría dicho —replicó Clare—. Pero eligió el silencio. Prefirió pedir dos cafés para llevar y sacarla de aquí como si yo fuera un estorbo.

—Jack es un hombre de leyes, Clare —añadió Dorothy con suavidad—. Y a veces la ley exige silencio. Pero nosotras no somos hombres ni leyes. Somos las Damas del Jazmín. Y si hay un secreto en este pueblo, lo vamos a descubrir.

Clare sintió una punzada de alarma.

—No. Ni se les ocurra. No quiero que investiguen nada. No quiero que vayan al motel ni que pregunten en la comisaría. Quiero que me dejen tranquila para olvidar que alguna vez pensé que mi vida podía ser algo más que hornear magdalenas y tropezar conmigo misma.

Mabel cruzó los brazos, y la pluma de su sombrero tembló indignada.

—Demasiado tarde, querida. Ya hablamos con el recepcionista del motel. George, el de la parrilla, también está atento. No vamos a permitir que un Miller manche el nombre del pueblo ni que tú te marchites antes de tiempo. Si Jack es culpable, lo sacaremos a escobazos. Pero si es inocente, vas a tener que tragarte ese orgullo tan Montgomery que tienes.

Clare se puso de pie, sintiendo que la rabia le devolvía fuerzas.

—¡Mi orgullo es lo único que me queda! Ustedes me llenaron la cabeza de ideas románticas. Me hicieron creer que Jack Miller me miraba diferente. Y ahora soy el chisme de la calle principal. “Miren a la pobre Clare, la pastelera torpe, creyendo que el sheriff se fijaría en ella habiendo mujeres como esa”. ¡No quiero su ayuda!

—¡Clare Montgomery, baja la voz! —ordenó Mabel con ese tono que usaba para callar al coro de la iglesia—. No eres el chisme de nadie. Eres la hija de Eleanor, y este pueblo te quiere. Si estamos aquí no es por curiosidad, es por lealtad. Ahora vas a comer un poco de este pollo, vas a subir a tu cuarto y vas a dormir. Mañana es lunes, la pastelería tiene que abrir, y no quiero probar ni un solo pastel que sepa a lágrimas.




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