Entre harina y mantequilla, el amor me llegó.

El ultimatúm de las damas de Jardin

El lunes por la mañana en Willow Creek amaneció frío. Clare se levantó antes de que saliera el sol. Había dormido poco. Se había quedado en la cocina amasando pan hasta pasada la medianoche y luego no logró descansar bien. Tenía los ojos hinchados y dolor en los brazos. Se lavó la cara con agua fría, se recogió el cabello y bajó a abrir la pastelería.

A las siete en punto levantó la persiana. El olor a pan recién hecho y café comenzó a salir hacia la calle principal. Encendió las luces del mostrador y acomodó los bollos de canela en una bandeja nueva. Se puso el delantal limpio que reservaba para los lunes y respiró hondo antes de girar el cartel a “Abierto”.

Sabía que ese día no sería normal.

El primero en entrar fue el señor Collins, como cada lunes. Pidió dos panes y un café. Clare notó que la miraba más de lo habitual. Él dudó antes de hablar.

—Hace frío hoy —dijo al final.

—Sí —respondió ella.

Pagó y se fue sin mencionar nada más.

Después entraron dos mujeres jóvenes que casi nunca venían tan temprano. Hablaron en voz baja mientras miraban las vitrinas. Cuando Clare se acercó, dejaron de murmurar.

—Dos tartaletas de manzana, por favor —dijo una.

Clare las atendió con calma. No preguntó nada. No hizo comentarios. No iba a dar explicaciones que nadie le había pedido de frente.

A las ocho y media, las Damas del Jazmín entraron juntas. No llevaban sus bolsos habituales ni sus sonrisas suaves. Se colocaron frente al mostrador.

—Buenos días —dijo Clare.

—Buenos días, querida —respondió Mabel.

Clare sirvió cuatro cafés sin que se lo pidieran. Las mujeres no tocaron las tazas.

—No venimos a desayunar —dijo Ruth.

Clare apoyó ambas manos sobre el mostrador.

—Les pedí que no hicieran nada.

—Y no hemos hecho nada todavía —respondió Dorothy.

—Todavía —repitió Clare.

Mabel dio un paso al frente.

—Vamos a ir a la comisaría. No vamos a armar un escándalo. Solo vamos a pedir explicaciones.

—No quiero explicaciones —dijo Clare.

—Tú no quieres. Pero nosotras sí —respondió Ruth.

Clare bajó la voz.

—Si él quiere decir algo, vendrá y lo dirá. Si no viene, ya sabré lo que significa.

Mabel la miró con firmeza.

—A veces las personas no hablan porque no pueden. No siempre es porque no quieran.

—Eso no cambia cómo me hizo sentir —respondió Clare.

Hubo un breve silencio.

—Volveremos luego —dijo Mabel.

Las cuatro salieron de la pastelería sin tocar el café.

Clare se quedó mirando la puerta unos segundos. Luego volvió a atender clientes. La mañana avanzó con normalidad aparente. La gente compraba, pagaba y salía. Algunos hacían preguntas indirectas. Otros solo observaban.

A las diez y cuarto, la campana de la puerta sonó otra vez. Esta vez no era un cliente. Era el joven oficial Pete.

—Buenos días, señorita Clare —dijo.

—Buenos días, Pete.

—El Sheriff no está en la oficina en este momento.

Clare no respondió de inmediato.

—No he preguntado por él —dijo al final.

Pete se aclaró la garganta.

—Lo sé. Solo quería decirle que esta mañana hay más movimiento de lo normal en el pueblo. Si nota algo extraño, avísenos.

—¿Algo extraño como qué?

—Cualquier cosa fuera de lo habitual.

Clare asintió.

—Si veo algo, avisaré.

Pete dudó antes de salir.

—El Sheriff está ocupado con un asunto importante —añadió.

Clare lo miró.

—Imagino que sí.

Pete se fue.

Clare continuó trabajando. Preparó una tarta de manzana con cuidado. Sus manos temblaban un poco, pero logró terminarla sin errores graves. A las once menos diez, vio por la ventana que las Damas del Jazmín caminaban hacia la comisaría.

No quiso mirar más.

La comisaría era pequeña y ordenada. Pete regresó antes que ellas y avisó a Jack de su llegada.

Jack estaba en su oficina revisando documentos. Tenía varias carpetas abiertas sobre el escritorio. Había dormido poco. Se pasó una mano por el rostro cuando Pete anunció la visita.

—Déjalas pasar —dijo.

Las cuatro mujeres entraron sin sonreír.

—Buenos días —dijo Jack, poniéndose de pie.

—No lo son —respondió Mabel.

Jack volvió a sentarse.

—Imagino el motivo de su visita.

—Entonces será más sencillo —dijo Ruth.

Mabel apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Queremos saber qué está pasando.

Jack guardó silencio unos segundos.

—No puedo hablar de eso.

—Sí puedes —respondió Dorothy—. Solo no quieres.

—No es eso —dijo Jack.

—¿Entonces qué es? —preguntó Ruth.

Jack miró hacia la puerta cerrada.

—Hay un asunto en curso. Si doy información equivocada o incompleta, puedo poner a alguien en peligro.

—¿A quién? —preguntó Mabel.

—No puedo decirlo.

—¿A la mujer que salió de tu casa al amanecer? —insistió Ruth.

Jack apretó la mandíbula.

—No voy a discutir detalles personales.

—No estamos hablando de detalles personales —dijo Mabel—. Estamos hablando de la reputación de una muchacha que está siendo señalada en el pueblo.

—No he dicho nada contra ella.

—Pero tu silencio habla —respondió Dorothy.

Jack respiró hondo.

—Lo sé.

—¿Hay algo indebido entre tú y esa mujer? —preguntó Ruth directamente.

—No —respondió Jack sin dudar.

Las cuatro se miraron entre sí.

—¿Entonces por qué estaba en tu casa? —preguntó Mabel.

—Porque necesitaba un lugar seguro por unas horas.

—¿De qué? —preguntó Dorothy.

—No puedo explicarlo.

—Eso no es suficiente —dijo Ruth.

Jack se inclinó hacia adelante.

—Si confían en mí como Sheriff, deben aceptar que a veces no puedo dar explicaciones inmediatas.

—No estamos hablando del Sheriff —respondió Mabel—. Estamos hablando de Jack Miller.

—Son la misma persona —dijo él.

—No para Clare —respondió Dorothy.




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