Entre Harina y Orgullo || : El Perdon Del Olimpo

Capítulo 2: La Sombra del Pasado

Una tarde de martes, el sol de poniente se filtraba por las grandes ventanas de la oficina de Dimitris, situada en el último piso del imponente edificio de su firma de abogados. Estaba inmerso en la revisión de un complejo contrato de derecho internacional, con el ceño fruncido por la concentración. El silencio del despacho solo era interrumpido por el leve rasgueo de su pluma sobre el papel y el zumbido distante de la ciudad.

De repente, la puerta doble de roble se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que rompió la calma. Dimitris levantó la vista rápidamente, esperando ver a su secretaria disculpándose por la interrupción, pero se quedó congelado, la pluma suspendida en el aire.

Frente a él, recortado contra la luz del pasillo, estaba una figura que creía haber dejado atrás para siempre. El hombre vestía un traje sastre a la medida, de una lana tan fina que su brillo delataba un costo superior al salario anual de muchos de los empleados del edificio. En su mano derecha, sostenía un bastón con una empuñadura de plata cincelada con la forma de un águila, un símbolo de poder familiar. Era su padre, el patriarca Angelopoulos.

Dimitris no lo había visto ni hablado con él desde el día en que, cinco años atrás, lo había desheredado y echado de la mansión familiar en Atenas por negarse a dejar a Alessa. El viejo lucía más canoso, las líneas de expresión alrededor de sus ojos se habían profundizado, pero esos mismos ojos oscuros seguían destilando la misma autoridad gélida y despiadada de siempre. Se movía con una rigidez que Dimitris no recordaba, apoyándose con más firmeza en su bastón.

—Has crecido, Dimitris —dijo el viejo con su voz arrastrada y aristocrática, paseando la mirada por el pulcro pero modesto despacho de su hijo, con un rastro de desdén que no se molestó en ocultar.

—¿Qué haces aquí, padre? —respondió Dimitris. Su voz, ahora ronca y profunda, resonó con una fuerza que sorprendió incluso al viejo patriarca. Se puso de pie lentamente, su imponente altura y sus hombros anchos llenaron el espacio detrás de su escritorio. Ya no era el chico asustado al que se podía intimidar con una mirada; ahora era un hombre que había construido su propio imperio.

El patriarca avanzó unos pasos, el sonido de su bastón golpeando el suelo de madera.

—Ha llegado el momento de dejar de jugar a los profesionales comunes, Dimitris —sentenció su padre, deteniéndose frente al escritorio y apoyando ambas manos en la empuñadura de plata—. Mi salud ya no es la misma que antes. Los médicos dicen que necesito delegar. Es hora de que regreses a Atenas y tomes las riendas de toda la naviera Angelopoulos en Grecia. El imperio te espera.




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