Dimitris soltó una risa seca, un sonido carente de humor que pareció enfriar la habitación. Se cruzó de brazos, asumiendo una postura de firmeza inquebrantable, mirándolo directamente a los ojos.
—Te equivocas, padre —dijo Dimitris con calma, pero cada palabra tenía el peso del acero—. Yo ya no pertenezco a ese mundo de apariencias y frialdad. Aquí, en esta ciudad, tengo una vida. Tengo una carrera que he construido con mi propio esfuerzo, tengo una esposa a la que amo más que a nada en este mundo y tengo un hijo pequeño que me espera en casa para jugar antes de dormir. Ese es mi verdadero imperio.
El rostro del viejo patriarca se tensó, una vena empezó a latir en su frente y sus ojos oscuros brillaron con una mezcla de ira e incredulidad. No estaba acostumbrado a que lo desafiaran, y mucho menos su propio hijo.
—¿Una esposa? ¿Esa pizzerita? —escupió el viejo, su voz temblando ligeramente por la furia contenida—. Dimitris, estás arruinando tu linaje, tu apellido, por un capricho de juventud. Si no aceptas regresar ahora mismo a Atenas y asumir tu deber como un Angelopoulos, olvídate de todo. Quédate con tu vida mediocre, quédate sin tus lujos y te aseguro, por la memoria de mis antepasados, que jamás volverás a ver un solo centavo de la dinastía.
Dimitris no retrocedió. Al contrario, se inclinó sobre su escritorio, quedando a escasos centímetros del rostro de su padre. De él emanaba esa energía protectora y peligrosa que guardaba solo para defender a los suyos, una intensidad que hizo que el viejo patriarca diera un paso involuntario hacia atrás.
—Quédate con todos tus millones y todos tus lujos, padre —dijo Dimitris, su voz baja y amenazante—. No los necesito. Nunca los necesité. Los Moretti, esa familia que tú desprecias, me apoyaron y me acogieron con amor genuino cuando tú, mi propio padre, me dejaste en la calle sin nada. Y grábate esto en la cabeza: si no eres capaz de aceptar a mi familia tal como es, tú eres el que nunca conocerá a su nieto. La decisión es tuya, y el tiempo corre.
Sin decir una palabra más, Dimitris se enderezó y le señaló la puerta de salida a su padre con un gesto firme de la mano, dejándolo con la palabra en la boca y con una expresión que mezclaba la furia con una extraña y nueva punzada de duda.
Editado: 09.07.2026