Desesperadas al ver que su primer plan había fracasado rotundamente y que solo habían logrado fortalecer el vínculo de la pareja, las primas decidieron jugar su última y más baja carta, una que atacaba lo más sagrado. Durante la cena familiar de esa noche en el inmenso comedor formal, frente al patriarca, los tíos y otros parientes cercanos, Helena soltó un comentario ponzoñoso y lleno de malicia mientras miraba al pequeño Leo, que jugaba inocentemente con una cuchara de plata en su silla alta.
—Debo decir, Dimitris —comenzó Helena con falsa preocupación—, que me sorprende enormemente lo mucho que proteges y quieres a ese niño. Después de todo, con el estilo de vida que ella llevaba en su país antes de conocerte, ¿quién de nosotros nos asegura que realmente lleva la sangre Angelopoulos corriendo por sus venas? No se parece en nada a nuestra familia, es tan... diferente.
El silencio que siguió en el comedor fue sepulcral, interrumpido solo por el tintineo de la cuchara de Leo. Alessa se tensó visiblemente, sintiendo la rabia hervir en su interior, lista para activar su arsenal legal y arrastrar a la prima por el suelo de mármol, pero Dimitris la detuvo con una mano firme y reconfortante sobre la suya.
Dimitris se levantó lentamente de su silla, asumiendo toda su imponente altura y dominando la mesa con su presencia. Miró al pequeño Leo, quien en ese preciso momento frunció el ceño de forma idéntica a su padre cuando estaba concentrado y soltó una pequeña risa pícara, mostrando los mismos rasgos intensos, oscuros y la misma mirada penetrante.
—Tienes que estar muy ciega, Helena, o muy carcomida por la envidia y la amargura para no verlo —sentenció Dimitris con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes—. Mi hijo sacó todo absolutamente igual a mí, desde el carácter firme hasta la mirada. Es un Angelopoulos de pura cepa. Y grábense esto todos: si alguno de ustedes vuelve a poner en duda la integridad de mi esposa o la legitimidad de mi hijo, les juro por mi apellido y por mi honor que usaré todo mi poder como abogado para auditar cada una de las cuentas de sus esposos y las suyas propias, y los dejaré en la más absoluta quiebra. No jueguen conmigo, porque no tienen idea de lo que soy capaz de hacer por defender a mi familia.
Editado: 09.07.2026