El padre de Dimitris, que había permanecido en un silencio absoluto observando todo el drama con atención desde la cabecera de la mesa, golpeó con fuerza su bastón con empuñadura de plata contra el suelo de mármol. El sonido resonó como un trueno en el comedor silencioso, haciendo que todos se enderezaran en sus sillas, asustados.
—¡Basta ya de esta estupidez! —rugió el viejo patriarca, su voz recuperando la fuerza de antaño, mirando fijamente y con desprecio a Helena y Chelsy—. Salgan de este comedor ahora mismo. Me avergüenza profundamente su comportamiento, son una deshonra para este apellido.
Las primas se levantaron a toda prisa, pálidas y temblando de miedo, y abandonaron el salón sin atreverse a decir una palabra. El viejo suspiró profundamente, pareciendo perder parte de esa rigidez y arrogancia que lo había caracterizado durante toda su vida. Miró al pequeño Leo, quien lo observaba con curiosidad genuina con sus enormes ojos oscuros, idénticos a los suyos propios cuando era joven y aún tenía ilusiones.
El patriarca giró lentamente la cabeza para mirar a Alessa. Vio la dignidad inquebrantable en su postura, la falta absoluta de miedo en sus ojos castaños y la forma en que Dimitris la protegía con su propio cuerpo, no por obligación ni deber, sino por un amor puro, devoto y profundo. El viejo entendió en ese segundo, con una claridad dolorosa, que había estado completamente equivocado durante los últimos cinco años. Había estado ciego ante la verdadera fuerza.
Editado: 09.07.2026