Un mes después, el gran puerto de Atenas lucía impecable y vibrante bajo el sol brillante del mar Egeo. Se celebraba la ceremonia oficial de traspaso de mando de la naviera Angelopoulos. El patio principal de la inmensa empresa estaba lleno de periodistas de todo el mundo, empresarios internacionales, políticos y amigos que habían viajado desde lejos para presenciar el evento histórico, incluidos Don Moretti (quien lucía un traje nuevo y una sonrisa de orgullo), Chloe y Thanos, quienes celebraban con genuina alegría.
Dimitris subió al podio principal vistiendo un traje impecable que resaltaba su figura imponente, luciendo más seguro y decidido que nunca en su vida. Ya no era el heredero rebelde y asustado; ahora era el nuevo presidente y director ejecutivo de toda la naviera Angelopoulos en Grecia.
—Este imperio naviero no se moverá más por la fría ambición ni por la búsqueda desmedida de poder —declaró Dimitris con su voz ronca, profunda y llena de convicción ante los micrófonos—. A partir de hoy, se moverá con la fuerza inquebrantable de la lealtad, el trabajo duro, la integridad y, sobre todo, la familia. Esos son los verdaderos valores que nos guiarán.
Al bajar del podio entre aplausos, Dimitris caminó directo hacia donde Alessa lo esperaba con el pequeño Leo en brazos, quien aplaudía entusiasmado. El viejo patriarca estaba al lado de ellos, cargando a su nieto con una sonrisa radiante que iluminaba su rostro, como si hubiera rejuvenecido diez años. Dimitris rodeó la cintura de Alessa con sus fuertes brazos, pegándola a su pecho atlético, y le plantó un beso apasionado y largo en los labios, ignorando por completo los flashes de las cámaras de los periodistas.
Habían quemado el viejo Olimpo de la arrogancia y la frialdad, sí, pero sobre sus cenizas, el dios griego y su pizzerita habían construido una nueva dinastía indestructible hecha a base de amor genuino, harina y sangre. El perdón del Olimpo no fue un regalo, fue una conquista del corazón.
FIN
Editado: 09.07.2026