El palacio estaba adornado con faroles de seda de colores cálidos y guirnaldas de flores exóticas, mezcla de los estilos de tres grandes imperios. Las risas de los sirvientes y los invitados llenaban los salones, pero en medio de la celebración, los ojos de Ryū no se apartaban de su hermano menor.
Hikaru, con su rostro iluminado por la alegría del cumpleaños, no dejaba de recibir regalos y elogios, completamente ajeno a las tensiones que se movían tras las puertas cerradas del consejo.
—Hermana, mira este dragón que me trajo el maestro de caligrafía —dijo Hikaru, sujetando la figura de madera con entusiasmo.
Ryū le sonrió con ternura, aunque por dentro su corazón estaba pesado. Desde que los consejeros habían arreglado su matrimonio con Kaito, cada momento de felicidad se sentía teñido de advertencias y amenazas silenciosas.
—Es hermoso, Hikaru —respondió Ryū, acariciándole la cabeza—. Guarda siempre tu valor y tu curiosidad. Son más importantes que cualquier corona.
Hikaru la miró, con esa mezcla de confianza y adoración que siempre la hacía sonreír. Pero antes de que pudiera responder, los consejeros entraron al salón con pasos firmes y ceremoniosos.
—Princesa Ryū, príncipe Hikaru —dijo el consejero principal con voz grave—. A partir de hoy, Hikaru es reconocido como rey del imperio.
El murmullo de los invitados se transformó en un silencio tenso. Hikaru parpadeó, confundido, sin comprender del todo lo que escuchaba.
—¡Eso no puede ser! —exclamó Ryū, plantando los pies con firmeza—. ¡Hikaru tiene solo dieciséis años! Él no está preparado para gobernar.
Los consejeros intercambiaron miradas frías.
—La edad no es impedimento cuando la sabiduría del imperio así lo dicta, princesa —replicó uno de ellos—. La decisión ha sido tomada por el bienestar del reino.
Hikaru retrocedió un paso, sus manos temblando ligeramente mientras buscaba refugio detrás de su hermana.
—Hermana… ¿qué significa esto? —susurró, con miedo en los ojos.
Ryū se inclinó, abrazándolo brevemente y apretando sus manos. Su corazón latía con fuerza; no podía permitir que su hermano se sintiera desprotegido.
—Significa que debemos ser fuertes —murmuró—. Ellos pueden pensar que saben lo que hacen, pero yo estaré a tu lado. Siempre.
Pero los consejeros no parecían dispuestos a escuchar súplicas. Cada palabra de Ryū era ignorada, y la ceremonia continuó como si nada hubiera pasado, coronando simbólicamente a Hikaru y marcando un nuevo capítulo que nadie había pedido.
Mientras las velas iluminaban los rostros de los invitados, Ryū se prometió a sí misma que protegería a su hermano a cualquier costo. La batalla política apenas comenzaba, y el primer movimiento ya había sido hecho.