El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del palacio, iluminando los pasillos decorados con tapices que contaban historias de héroes y emperadores. Ryū caminaba junto a Hikaru hacia el salón del consejo, con la mente cargada de preocupación. La coronación de su hermano había terminado, pero la tensión no desaparecía; al contrario, parecía crecer.
—Hermana… —dijo Hikaru, con voz insegura—. ¿Por qué me miran así los consejeros? ¿He hecho algo mal?
Ryū apretó suavemente su mano, intentando transmitirle calma.
—No, Hikaru —respondió—. Ellos solo… están acostumbrados a mover las piezas a su manera. No te preocupes por ellos.
Al llegar al salón, los consejeros la esperaban con expresiones solemnes y rígidas. El consejero principal dio un paso adelante, con voz firme:
—Princesa Ryū, entendemos su preocupación por su hermano. Pero debe comprender que su papel en el reino ahora está limitado. Su matrimonio arreglado con el príncipe Kaito es una decisión definitiva que no puede ser ignorada.
Ryū frunció el ceño, sintiendo cómo la rabia y el desprecio por aquel acuerdo impuesto se mezclaban con la impotencia.
—¡No aceptaré un matrimonio con alguien que no amo! —exclamó—. Y mucho menos permitiré que esto perjudique a mi hermano.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de autoridad y amenaza implícita. Los consejeros no tenían intención de retroceder.
—Princesa —dijo otro consejero con calma fría—, puede negarse todo lo que quiera, pero los hechos son claros: su matrimonio está arreglado y Hikaru ya es considerado rey. Su desacuerdo no cambiará nada.
Ryū cerró los ojos un momento, respirando hondo. La mirada de Hikaru estaba llena de miedo y confusión; su corazón se encogió al ver a su hermano vulnerable ante los juegos de poder de los adultos.
—Está bien… —susurró finalmente Ryū, con voz cargada de resignación—. Lo aceptaré… pero solo por Hikaru.
Los consejeros asintieron, satisfechos, mientras Ryū se obligaba a sonreír. Por fuera, su gesto parecía de aceptación; por dentro, cada fibra de su ser estaba lista para rebelarse contra el imperio y contra la injusticia de aquel matrimonio.
Hikaru se acercó a ella, aún temblando.
—Hermana… ¿de verdad está bien? —preguntó suavemente.
Ryū lo abrazó, apretándolo con fuerza, sintiendo cómo su decisión la desgarraba.
—Sí… estoy bien —mintió con convicción—. Pero recuerda, Hikaru… siempre te protegeré. Pase lo que pase, no estás solo.
Afuera, los jardines brillaban bajo la luz del sol, ajenos a la intriga que se gestaba en los pasillos del palacio. Ryū sabía que este era solo el comienzo, y que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.