Odiaba el hospital. Odiaba el silencio pesado, los pasillos fríos y ese olor a desinfectante que parecía quedarse pegado a la piel. Pero más que eso, odiaba sentirme impotente.
Cuando los padres de Eli me llamaron para preguntar si sabía dónde estaba, supe de inmediato que algo andaba mal. Eli nunca desaparecería así, sin avisar. No era ella. El simple hecho de imaginarla sola, asustada, me revolvió el estómago.
No lo pensé demasiado. Salí a la calle y pregunté a todos los vecinos, recorrí cada esquina, y cuanto más tiempo pasaba sin encontrarla, más vulnerable me sentía. ¿Cómo podía haberse esfumado en tan poco tiempo? Mis pasos me llevaron hasta la feria, y ahí, entre risas apagadas y luces casi muertas por la hora, la frustración me golpeó de lleno.
Y entonces la vi.
En un callejón oscuro, encogida como una niña indefensa, con la cabeza entre las rodillas y los hombros temblando. La imagen me rompió algo por dentro. No pregunté nada, no podía. Solo me acerqué y la abracé. Ella estaba demasiado frágil, demasiado rota, y me dolía verla así, tan distinta a la chica que siempre me lleva la contra, que pelea conmigo, que se ríe de mis estupideces o que me reta con la mirada.
Cuando por fin se calmó, levantó los ojos hacia mí. Me sostuvo la mirada más de lo normal, descaradamente, como si quisiera leerme por dentro… y yo, torpe como siempre, solo atiné a decirle que camináramos. No sabía qué hacer, pero quería sacarla de ahí, alejarla de ese callejón como si eso bastara para protegerla.
Y justo entonces apareció él.
Joseph.
Ese amigo inoportuno, o mejor dicho, ese idiota que siempre aparece cuando menos lo espero. Su madre debió contarle algo, no lo sé. Pero ahí estaba, abrazando a Eli como si nada, como si fuera lo más normal del mundo. Y peor aún, frente a mí, en mi cara. ¿De verdad tenían que abrazarse así? ¿Era normal entre ellos, o había algo más que yo no quería ver?
Tragué saliva y traté de disimular, pero tuve que cambiar la expresión de mi rostro. No podía permitir que notaran lo que estaba sintiendo.
Cuando dijo que también nos acompañaría al hospital, lo único que pensé fue: ¿Demonios, qué hace aquí? ¿Tenía que aparecer justo ahora?
De pronto, sonó el celular de Eli. Ese tono inconfundible, esa melodía que siempre usaba. Alcancé a ver de reojo el nombre en la pantalla: mamá. Y sin pensarlo, lo arrebaté de sus manos. No sé qué fue más fuerte: los nervios, el miedo de que todo se saliera de control, o el simple hecho de que no soportaba que Joseph tomara el mando.
—Sí, señora, soy Daniel… yo la llevo al hospital, no se preocupe —dije, casi gritando a propósito, como si necesitara que Joseph me escuchara bien.
Cuando colgué, me sentí ridículo por un segundo. ¿Quién demonios me creía yo para decidir eso? Pero al mismo tiempo… no iba a dejar que él se pusiera de héroe delante de Eli y su familia.
Lo peor fue que, al final, ella terminó subiendo al auto de Joseph Con él. Y ahí estaba yo, sentado al lado, tragándome la rabia como un idiota. El descarado hasta mantenía la calma, como si todo estuviera bajo control, como si siempre fuera “él” quien debía estar ahí. Se nota que eres envidioso
Cuando por fin llegamos al hospital, dejamos a Eli con sus padres. Yo ya me sentía un poco más tranquilo, al menos hasta que lo escuché.
—Acompáñame —dijo Joseph, con esa voz que parecía más una orden que una petición.
Mi primera reacción fue soltarlo de inmediato:
—No soy tu perro guardián, ¿no?
Lo pensé, lo repetí en mi cabeza, casi lo dije en voz alta. Pero al final… lo seguí. No sé si por curiosidad, por instinto o porque en el fondo no quería que pareciera que estaba huyendo de él.
—Estaba sola… llorando. ¿Sabes cómo la encontré? —me soltó de golpe, como si quisiera clavarme esa culpa.
Le devolví la mirada sin pestañear.
—Por eso fui yo quien la encontró primero.
Frunció el ceño.
—Llegué tarde, parece.
—No —dije, acercándome un paso más—. Llegaste después de mí, y eso no me gusta.
Un silencio pesado cayó entre los dos. No necesitábamos gritar para que quedara claro: ninguno quería ceder.
—No es así como se hacen las cosas —dije finalmente, con voz baja, casi un gruñido.
Joseph arqueó una ceja, como si estuviera midiendo cada palabra que decía.
—Y tú no eres quién para decidirlo.
Ahí estaba. Esa mirada, ese desafío. Eli no es un objeto osea , que él también tenía derecho a estar cerca… y eso me encendía la sangre.
Me crucé de brazos para no hacer una estupidez.
—No es una competencia, Joseph.
Él sonrió apenas, con esa maldita calma que me sacaba de quicio.
—Para ti, tal vez no.
Cuando me di la vuelta, decidí que no valía la pena seguir discutiendo. Menos en un momento así. No quería gastar mis últimas fuerzas en pelear con Joseph; además, Eli no era un objeto para disputarse. Ella misma decidiría con quién estar… aunque, siendo sincero, esa idea tampoco me dejaba tranquilo.
Lo único que escuché de fondo fue su voz diciendo que se iba. No le di importancia. Estaba cansado, no había dormido nada desde la feria, y lo único que quería era sentarme un rato.
La vi ahí, en la habitación, en esa silla incómoda, con el celular entre las manos. Me dio un poco de risa; parecía como una niña pequeña que no sabía qué hacer sin que sus padres la guiaran. Y aun así, tenía esa forma de estar que me hacía quedarme cerca.
Sin pensar demasiado, me senté a su lado. Solo le dije, medio seco:
—Joseph ya se fue.
Ella me miró con preocupación, como si pudiera ver a través de mí. Y esa mirada me molestó más de lo que debería. ¿Por qué me miraba así? ¿Por qué no podía simplemente dejar de fruncir el ceño y quedarse tranquila?
En mi cabeza solo resonaba: “Demonios, ¿por qué no cambias de cara, Eli?”
No dije nada más. En cambio, me encogí de hombros y terminé apoyándome sobre ella. Y ahí, sin planearlo, me quedé dormido. No recuerdo la última vez que descansé tan bien.