—¡Vamos, hermana, atrápame!
—¡Espera, Petrov, no puedo alcanzarte!
Ambos pequeños reían mientras corrían por un gran jardín verde en plena primavera.
—¡Oh no, no hay salida! - exclamó el pequeño varón, de nombre Petrov, acorralado por una cerca de madera.
—Te he atrapado, Petrov Schmitt. Entrégate a la ley, por las buenas. -Su hermana lo acompañaba dramatizando el momento.
—¡Jamás lo haré!
—Entonces será por las malas.
La pequeña Galia, formó un arma imaginaria con sus manos y jaló el gatillo. Petrov, como siempre, dramático, se dejó caer al suelo con un gesto exagerado. Galia soltó una carcajada.
—Estos niños con tanta imaginación… —la madre de ambos apareció, acercándose a ambos, con su vestido floreado, sonriente—. A ver, conservemos este momento.
Ese instante quedó atrapado en una fotografía, que años después, la castaña sostenía entre sus manos. La sonrisa de Petrov, su hermano mayor y mejor compañía, seguía ahí, congelada, aunque él ahora vivía lejos, en Washington D. C.
Guardó la foto y tomó las llaves del auto para dirigirse a su trabajo. Realizó el trayecto habitual; calles transitadas, gente con prisa y los claxon de fondo.
Se aparcó y entró a aquel gran edificio en tonos cálidos, donde se ubicaba una de las oficinas del FBI, ya dentro, el bullicio de la oficina logró envolverla. Papeles de un lado a otro, teléfonos sonando, teclados golpeados con apuro.
—Señorita Schmitt, el agente Danniels la espera en su oficina. —La voz de un becario la sacó de sus pensamientos.
—Voy enseguida, gracias. -Mencionó para después esbozar una sonrisa ligera.
Aunque, como de costumbre, antes que cualquier cosa, se dió un momento para dirigirse al área de cafeteras y servirse un poco.
Con café en mano, la castaña atravesó los cubículos hasta ver al agente Danniels tras el vidrio de su oficina, seguido tocó la puerta suavemente.
—¿Puedo pasar? —lanzó la pregunta al mismo tiempo que asomaba su cabeza y parte de su torso a través de la puerta.
—Galia, buenos días. Claro, entra. —Un hombre moreno, algo canoso y de gran porte, se enderezó en su silla y le indicó que tomara asiento.
—Gracias. Me dijeron que necesitaba hablar conmigo.
—Así es —dijo Danniels acomodándose en el respaldo de su silla—. Sé que te hemos tenido un poco fuera de acción últimamente. -Lanzó de la nada. - asignándote tareas de rutina… pero aún así, siempre entregas tu trabajo con excelencia y la mejor actitud.
—Gracias, agente, hago lo que puedo —respondió Galia, un tanto desconcertada por aquel preámbulo.
—No se trata solo de “hacer lo que puedes” —sonrió con sinceridad—. Se trata de que lo haces bien. Y no soy el único que lo nota.
Galia lo miró con curiosidad, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—¿Qué quiere decir con eso? - continuò con aquella curiosidad.
Danniels tomó un documento de su escritorio, lo ojeó como si ganara tiempo para elegir las palabras correctas, y finalmente la miró de frente.
—El FBI en Washington nos contactó. Necesitan refuerzos, gente con ideas frescas, con determinación… y, sinceramente, alguien que pueda adaptarse a la presión de un entorno muy distinto al que tenemos aquí. Así que pensamos en ti.
Galia abrió la boca para decir algo, pero no salió palabra alguna.
—Sé que es mucho para procesar —continuó él—. Mudarte, dejar tu vida aquí, tu rutina, incluso tu círculo cercano… No es una decisión menor.
Ella bajó la mirada, jugando con el borde del vaso de café que llevaba en la mano.
—Washington… —murmuró.
—Allá no todo es glamour ni grandes oficinas como en las películas —advirtió Danniels, con tono serio—. Te encontrarás con casos complejos, presión constante, y sí, también con competencia. No quiero endulzar las cosas, Galia. Pero también sé que tienes el temple necesario para enfrentarlo.
Galia levantó la vista, y la emoción empezó a asomarse en su rostro.
—¿De verdad cree que puedo con algo así?
—No lo creo, lo sé —dijo él, sin titubear—. Por eso te propuse.
Un silencio breve se instaló en la oficina, roto solo por el zumbido lejano de los teléfonos al otro lado del vidrio.
Danniels se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre el escritorio.
—No tienes que responder ahora. Oficialmente tienes tres días para pensarlo.
Galia soltó una risa nerviosa, llevándose las manos a la cabeza.
—¡¿En serio?! ¿Washington? —exclamó incrédula, su silencio, más que una duda, iba cargado de emoción y sorpresa—. Es… es lo que siempre soñé desde que entré a la academia.
Danniels arqueó una ceja, divertido.
—Entonces, ¿eso es un sí?
—¡Por supuesto que sí! —contestó sin dudar, la emoción desbordándose en su voz.
Él dejó escapar una risa suave, genuina.
—Perfecto. Entonces empieza a empacar. En tres días tendrás un vuelo directo, y un departamento esperándote cerca de las oficinas. El fin de semana será tuyo, pero el lunes estarás en tu nuevo puesto.
Salió de su oficina eufórica. Terminó sus pendientes lo más rápido posible. Todo el día aquella gran noticia dió vueltas en su cabeza, solo quería llegar a casa y hacer la llamada que llevaba todo ese tiempo esperando.
Al caer la noche, Galia regresó a su departamento. Apenas dejó la chaqueta en el respaldo del sillón, tomó el teléfono con manos ansiosas y marcó el número que tanto deseaba. Tres timbres…
—¿Galia? ¿Todo bien? —respondieron al otro lado de la línea, una voz grave, con música rock de fondo.
—Claro —contestó ella, sonriendo de inmediato—. ¿O acaso no puedo llamar a mi hermano solo porque sí?
—Puedes hacerlo —replicó él, divertido—, pero sé que no es solo porque sí.
Ella rió. La conocía demasiado bien.
—Está bien, me atrapaste Petrov. ¡Tengo noticias!
—¿Qué clase de noticias, pequeña? —su voz sonó cargada de curiosidad.
Galia guardó un segundo de silencio, disfrutando del suspenso. Luego lo soltó con dramatismo: